
Pensar la IA en la escuela desde su potencial y no desde la censura; esa es la mirada de Horacio Storni quien es especialista en Política Educativa (FLACSO), docente en la Universidad Pedagógica Nacional y profesor de Enseñanza Media y Superior en Historia (UBA) con más de dos décadas de trayectoria.
Actualmente también es rector de Nueva Escuela Argentina 2000 (NEA 2000), en el barrio porteño de Belgrano, donde llevó a cabo un estudio en 2025 para analizar cómo los estudiantes del secundario (un total de 224) estaban haciendo uso de la inteligencia artificial en sus procesos de aprendizaje y así preparar una estrategia para el aula en diálogo con los docentes.
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En esta entrevista, Storni nos comparte reflexiones sobre el estudio, el impacto de la censura del uso de la tecnología y la importancia de no intentar ir a pie detrás del tren de máxima velocidad que es la IA.
—En una entrevista previa planteó “nunca pensamos en la censura como una opción pedagógicamente válida” a la hora de evaluar el uso de IA entre estudiantes del nivel secundario. Un año después de ese sondeo realizado por NEA 2000, ¿qué cambió en la práctica concreta del aula en cuanto a los chicos y en cuanto a los docentes?
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—Habiendo pasado casi un año, y sabiendo que ya no se trata de una hipótesis sino de una realidad, creo que el uso de IA por parte de adolescentes debe estar fuertemente orientado y controlado. Más que nunca, es fundamental pensar la herramienta como un instrumento para llegar a lugares a los que antes no llegábamos y, definitivamente intentar evitar la “terciarización” del pensamiento crítico, que es en definitiva una de las habilidades más importantes a desarrollar en la escuela secundaria.
—El estudio mostró una brecha enorme entre lengua/sociales (uso masivo) y matemática (uso parejo 50/50) en el uso de IA. ¿Qué le dice esa diferencia sobre cómo entienden los chicos qué es “pensar” en cada disciplina?
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—Tanto por nuestro relevamiento institucional, como a partir de entrevistas y diálogos con adolescentes, observamos que les resulta más “fácil” y “atractivo” usar IA para reemplazar actividades relacionadas con la lectura y la escritura. La IA ha vuelto muy sencilla la reescritura de textos en formatos más superficiales y sencillos. El riesgo de esto es que termine perjudicando la capacidad de los adolescentes de leer, entender y procesar textos de mayor complejidad. Y esto a su vez, limita la expresividad de la persona, su lenguaje y su capacidad de comunicarse con otros de un modo más profundo y complejo.
En el muy corto plazo -la tecnología está avanzando a pasos extremadamente acelerados-, creo que acá tenemos uno de los desafíos más urgentes e inmediatos: trabajar en el desarrollo de un lenguaje propiamente adulto y una alfabetización plena, que no se limite estrictamente a saber leer y escribir, sino a poder expresar ideas complejas. Hoy la IA sin supervisión funciona como un atajo y termina siendo un obstáculo en la enseñanza de este tipo de expresión en la escuela.
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—Se plantea poder diferenciar entre el “uso aumentativo” y la “sustitución de capacidades” en cuanto a la IA y el aprendizaje ¿Cómo se traduce eso en criterios concretos de evaluación, más allá de la detección caso por caso que depende del conocimiento personal del docente?
—Creo que cobra mucha importancia el trabajo dentro del aula por sobre la tarea domiciliaria. El espacio escolar le permite al docente conocer y acompañar el trabajo de cada estudiante y es ahí dónde se pueden propiciar usos de la IA que le permitan al estudiante llegar a lugares a los que antes no podía llegar, por ejemplo habilidades analíticas de mayor alcance, búsqueda de fuentes de investigación fidedignas (y el consecuente desarrollo del pensamiento crítico) o incluso la posibilidad de acceder a ejercitación y corrección en el área de las ciencias exactas, con una inmediatez inusitada.
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Eso sin embargo, supone un desafío ético, centrado principalmente en un deseo genuino de aprender. Si -como usuarios de IA en un proceso de aprendizaje- no partimos de ese gesto profundo de honestidad intelectual, entonces la posibilidad de que la IA no aumente sino sustituya mi propio pensamiento se vuelve una realidad.
—La escuela que dirige decidió no prohibir pero sí exigir “producciones propias, imperfectas, con margen para la mejora”. ¿Cómo fue el proceso para tomar esa decisión en diálogo con los docentes? ¿Cómo se le explica esa lógica a una familia que solo mira la nota final?
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—El diálogo con los docentes de la NEA 2000 no fue algo particularmente problemático. Hoy por hoy, y ya con unos años de uso extendido de la IA, los docentes en nuestra escuela valoran muy positivamente el error como una oportunidad de aprender y crecer. Por el contrario, la producción perfecta de una IA, si no forma parte de una consigna, oculta el propio proceso de cada adolescente, y en ese ocultamiento se vuelve mucho más difícil el acompañamiento. Hoy más que nunca la tarea de nuestros docentes está centrada en acompañar un proceso de aprendizaje y no en la mera validación de un resultado final.
Respecto de las familias, obviamente se vuelve necesario expresar más claramente esta idea. Especialmente en un contexto en el que muchos desean que sus hijos sean “alfabetizados en IA”.
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Acá lo importante es transmitir la idea de que dicho tipo de alfabetización supone un paso previo que -como decía antes- incluye el desarrollo de un pensamiento y un lenguaje propio. De ese modo el estudiante -el ciudadano- podrá hacer un uso verdaderamente crítico de la IA. Si no, el riesgo de que la producción de la IA se convierta en una mera copia descontextualizada aumenta, y el aprendizaje se pierde. Transmitir este mensaje a nuestras familias en la NEA 2000 -el del aprendizaje como un recorrido gradual y que requiere esfuerzo, equivocaciones y correcciones- es ciertamente importante para no caer en la tentación de las producciones superficiales e inmediatas y que -sobre todo- no le pertenecen a nuestros alumnos.
—En una reciente entrevista radial habló de “recuperar la autoridad de la escuela”. ¿Qué rol juega específicamente la IA en esa pérdida o recuperación de autoridad? ¿Y cómo es la autoridad del docente frente al algoritmo?
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—En mi opinión, la autoridad de la institución escolar viene siendo cuestionada socialmente desde mucho antes de la aparición de la IA. Sostener nuestro valor, como profesionales de la educación, es un desafío y una necesidad que en nuestro caso sostenemos como comunidad. No pienso a la autoridad como una relación ni autoritaria ni arbitraria, sino como una de confianza de la familia en la escuela a la que le confían la educación de sus hijos.
Este vínculo (el de la confianza) es central para poder pensar una educación sana de nuestros alumnos. Y si bien esto implica compartir una corresponsabilidad (entre la familia y el colegio) en la Nueva Escuela Argentina 2000 creemos que el desafío está en llevar adelante un acompañamiento pedagógico amplio (que incluya lo cognitivo y lo afectivo), observando las trayectorias de cada alumno pero también pidiendo a las familias que confíen en nosotros, en nuestro proyecto, sobre todo cuando aparecen los obstáculos, y los problemas, que son inherentes a las relaciones humanas. Aceptar esto es un paso muy grande en la recuperación de la autoridad de la escuela.
—Con 22 años como docente y ahora como rector, ¿Qué tuvo que desaprender de su propia formación para liderar una escuela en este contexto? ¿Qué espacios de aprendizaje encuentra para su rol? ¿Dialoga con pares?
—Es verdad que vivimos tiempos muy cambiantes. La idea de la educación secundaria como derecho y como nivel obligatorio del sistema educativo no siempre existió de esa manera. Garantizar la educación secundaria a todos los adolescentes es un desafío importante y no contemplado en la antigua formación docente. En ese contexto, encontrar espacios de formación que articulen la búsqueda del aprendizaje y el conocimiento con el acompañamiento emocional en una edad de muchos cambios como lo es la adolescencia, es el desafío profesional más importante hoy por hoy.
A eso se suma la incertidumbre sobre el futuro, que nos obliga a volver a las bases de lo que queremos que un joven sepa hacer al salir a la vida adulta: expresarse, pensar críticamente, ser capaz de analizar información, tener una mirada ética de la sociedad en la que vive, que sea autónomo. Son esos los objetivos que entendemos que son más “universales” y los que deben ir construyéndose a través de un curriculum que podría cambiar, pero que no puede perder de vista esos objetivos finales.
—Como especialista en política educativa, ¿cómo cree que se están formando hoy los docentes para trabajar con IA en el aula? ¿Ve una respuesta sistémica del Estado a este fenómeno, o cada institución está resolviendo esto por su cuenta?
—Observo muchas declaraciones de parte de agentes del Estado, pero a la hora de trabajar en el nivel institucional, noto que cada escuela va resolviendo en función de sus propias experiencias. Hoy en día no veo conveniente ir corriendo a pie detrás de un tren que va a toda velocidad y, en ese sentido, soy partidario de tomar una postura reflexiva más que impulsiva.
En todo caso, si tuviera que hacer una observación sobre el rol del Estado, diría que la provisión de recursos -materiales y económicos- para las escuelas y sus docentes sería muchísimo más valiosa, dada la situación crítica que hoy atraviesa la docencia desde ese punto de vista. Políticas exclusivamente centradas en una tecnología que avanza a pasos agigantados probablemente se vuelvan obsoletas con velocidad. En cambio, garantizar condiciones de trabajo adecuadas permitiría a los equipos de trabajo y los docentes abordar esta realidad mejor preparados.
—Hoy se plantea que atravesamos un nuevo paradigma donde el aprendizaje debe tener lugar a lo largo de la vida; un continúo más allá de los diversos niveles educativos ¿cómo se prepara a un adolescente para esta idea? ¿Cómo se cruza con el impacto de la IA en los procesos de aprendizaje?
—Coincido con la idea de que los procesos de aprendizaje no terminan al finalizar un nivel educativo. Una persona que “aprende” a lo largo de la vida es una persona que crece y que puede vivir en sociedad con plenitud. Creo que una herramienta que tenemos los educadores para contribuir a esta mirada de la sociedad y del mundo es mantener despierta y estimular la curiosidad, el deseo de aprender. No pienso en un contenido escolar puntual, sino en un deseo de “conocer el mundo”.
La adolescencia, esa etapa rebelde de la vida, está marcada por la salida del joven al mundo, por la búsqueda de modelos y referentes fuera de casa. Es ahí donde aparece la escuela y es ahí donde imperiosamente se vuelve modelo, ejemplo. Ejemplo de tolerancia, respeto, honestidad, trabajo, esfuerzo y deseo de aprender, de conocer, de crecer. La curiosidad y el interés por la IA es valiosa en tanto es un instrumento que nos permita llegar a lugares nuevos. Si la pensamos y la usamos así, seguiremos estimulando y desarrollando esa idea de que el aprendizaje es un proceso infinito. Si en cambio la tomamos como un agente que “piensa por mí” nuestras habilidades cognitivas se van a terminar debilitando, y ese “músculo” que es nuestro cerebro perderá su fuerza y se deteriorará ese aprendizaje del que hablás.
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