
¿Qué significa “saber” en una época en que la IA puede responder casi cualquier pregunta en segundos? ¿Qué rol le queda a la escuela cuando las plataformas digitales moldean cada vez más aquello que consumimos y pensamos? Esas son algunas de las preguntas que abordan Silvia Bacher y Tomás Balmaceda en su nuevo libro, titulado Saber o no saber. El sentido de la educación en tiempos de inteligencia artificial (Paidós).
Bacher es comunicadora y experta en alfabetización mediática, representante de América Latina en la Alianza Global de la Unesco para la Alfabetización Mediática e Informacional, y autora de varios libros sobre el tema. Balmaceda es filósofo, profesor de la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet especializado en Filosofía de la Inteligencia Artificial. En esta entrevista, ambos reflexionan sobre los desafíos éticos que plantea la irrupción de la IA en educación, la necesidad de preservar la soberanía cognitiva y el papel de la escuela como un espacio de pensamiento crítico y valoración de la diversidad frente a las lógicas que imponen las plataformas digitales.
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–¿Qué significa “saber” cuando cualquier estudiante puede obtener una respuesta en segundos de una IA? ¿Qué saberes son valiosos hoy?
Silvia Bacher: La respuesta está, de algún modo, en la bajada del título del libro: encontrar el sentido de la educación en tiempos de inteligencia artificial. Durante mucho tiempo, saber fue tener información, tener datos y, a partir de ellos, poder pensar, trabajar y mirar el mundo.
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Con la llegada de los buscadores, las plataformas y, más recientemente, el avance vertiginoso de la inteligencia artificial generativa, todo ese conocimiento se volvió, como suele decir Tomás, una especie de commodity. Entonces la pregunta es: ¿cuál es hoy el sentido de saber? ¿Alcanza con leer lo que aparece en una pantalla o con replicar una respuesta?
No voy a dar una definición, sino una idea: saber es aprender a mirar el mundo para poder participar en él y transformarlo; tiene que ver con ejercer la ciudadanía. La información sigue siendo necesaria, pero debe estar mediada por el pensamiento, por una mirada crítica capaz de ponderar la veracidad, la autoría y la creatividad de aquello que recibe. El desafío está en la capacidad de buscar información, analizarla y utilizarla para intervenir en la realidad.
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Tomás Balmaceda: Tradicionalmente, cuando nos preguntamos si sabemos algo, pensamos en ciertos criterios: que sea verdadero, que podamos justificarlo y que creamos en ello. Son las características clásicas con las que definimos el conocimiento, de Platón en adelante.
Sin embargo, las tres parecen tambalear cuando hablamos de la información que produce la inteligencia artificial. Lo que termina ocurriendo es que, si el conocimiento se vuelve un commodity, también empezamos a “alquilar” el acceso a capacidades cognitivas: resumir, comparar, redactar, traducir o planificar. Accedemos a ellas de manera instantánea, pero solo mientras estamos usando ChatGPT, Gemini o Copilot. Cuando dejamos de utilizarlas, ese acceso desaparece.
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Tener la respuesta a un problema no significa haber comprendido el problema. Es como usar un GPS: puedo llegar a una ciudad, pero eso no implica que la conozca realmente.

–¿Creen que el desafío educativo que plantea la IA es asimilable a la irrupción de tecnologías anteriores, como internet o la televisión? ¿O es más profundo, más estructural?
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Balmaceda: Creo que para saber si estamos ante una revolución vamos a necesitar perspectiva histórica. En el libro evitamos afirmar que esto sea algo completamente inédito o sin precedentes. Estamos acostumbrados a escuchar que cada nueva tecnología es exponencial o revolucionaria, pero todavía no tenemos suficiente distancia para saber si la inteligencia artificial generativa ocupará un lugar comparable al de internet o si será un episodio más dentro de una transformación tecnológica más amplia.
Sí veo, al menos, dos diferencias importantes. La primera es la velocidad de adopción. Llevamos menos de cuatro años conviviendo con la inteligencia artificial generativa y ya ocupa un lugar central en prácticamente todas las conversaciones. Yo viví la llegada de internet, el auge de las criptomonedas o el entusiasmo por el metaverso, y ninguno de esos procesos avanzó tan rápido.
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La segunda diferencia es la profundidad de su impacto. La inteligencia artificial funciona como una especie de navaja suiza: sirve para resumir, comparar, redactar, traducir, planificar o programar. Por eso la discusión no se limita a la escuela. También aparece en el trabajo, en las finanzas, en el arte, en la medicina o incluso en el deporte.
Todo eso me hace pensar que existen razones para sospechar que estamos frente a un cambio de una magnitud diferente. Pero solo el tiempo dirá si lo sobreestimamos o si nos quedamos cortos.
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Bacher: Hay algo que se repite cada vez que llega una nueva tecnología: la escuela recibe herramientas que no fueron diseñadas con fines pedagógicos y debe incorporarlas sin haber participado de su creación y, muchas veces, sin la formación adecuada. Eso ya ocurrió con otras tecnologías y vuelve a ocurrir ahora. Recuerdo que, cuando las videocaseteras y las computadoras aparecieron en las escuelas, muchos docentes les tenían miedo. A veces los equipos quedaban guardados bajo llave porque nadie sabía muy bien cómo utilizarlos o porque les daba miedo romperlos.
Sin embargo, creo que el principal desafío que plantea la inteligencia artificial no es técnico, sino ético. Los problemas vinculados con la búsqueda de información, la verificación o la formulación de preguntas ya existían con internet y los buscadores, aunque ahora se vuelven más complejos. Lo verdaderamente novedoso tiene que ver con la transparencia, la responsabilidad y las decisiones colectivas sobre cómo queremos utilizar estas herramientas.
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Es clave comprender las transformaciones culturales en marcha para poder intervenir sobre ellas. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de quedar paralizados mientras las grandes empresas tecnológicas toman decisiones sobre nuestros datos, nuestros perfiles y nuestros modos de vida.

–Hay una brecha grande entre la cultura escolar y la cultura digital, signada por la atención dispersa, el entretenimiento y la inmediatez. ¿La escuela debe adaptarse a la lógica digital para estar “a tono” con la época? ¿O es un espacio de resistencia a las dinámicas que imponen las plataformas?
Balmaceda: La lógica de las plataformas y de la inteligencia artificial generativa está asociada a la eficiencia, la optimización y la permanencia. Son sistemas diseñados para mantenernos conectados, para anticipar nuestras necesidades y para que pasemos cada vez más tiempo dentro de ellos. Pero esas no son lógicas propias del aula.
Nadie pensaría una escuela en términos de eficiencia máxima o de retención permanente de usuarios. Por el contrario, la educación requiere tiempo, reflexión y elaboración. Durante siglos asociamos la inteligencia con la capacidad de pensar, de detenerse, de considerar alternativas. Hoy, en cambio, la inmediatez parece haberse convertido en un valor en sí mismo.
Creo que la escuela tiene un papel natural como espacio de resistencia frente a estas dinámicas. No en el sentido de rechazar la tecnología, sino de ofrecer un ámbito donde sea posible pensar más despacio, cuestionar las respuestas automáticas y construir criterios propios en lugar de aceptar de manera acrítica lo que una plataforma nos devuelve.
Bacher: Y también como un espacio de resistencia a la homogeneización. Las plataformas en general, y la inteligencia artificial generativa en particular, tienden a empujarnos hacia ciertos comportamientos, consumos y formas de pensar. La escuela, en cambio, debería ser el lugar de la diversidad.
La gran riqueza de la humanidad es la diversidad de culturas, de lenguas, de generaciones, de experiencias y de miradas. Por eso la tarea de la escuela pasa por fortalecer la subjetividad, la capacidad de actuar, la escucha y el reconocimiento del otro. En un contexto de creciente polarización, donde muchas veces todo parece reducirse a posiciones binarias, la escuela tiene que seguir siendo un espacio para el encuentro con la diferencia.
Estamos atravesando un momento de transición. La inteligencia artificial aparece cada vez más integrada en buscadores, aplicaciones de mensajería, correos electrónicos y muchas otras herramientas que usamos todos los días. Pero todavía estamos a tiempo de reflexionar críticamente sobre ese proceso y de evitar una fascinación acrítica frente a respuestas que muchas veces ni siquiera solicitamos.

–En el libro marcan la importancia de la soberanía cognitiva. ¿Qué implica hoy ese concepto, en un entorno digital que suele decidir por nosotros a qué le prestamos atención? ¿Cómo puede contribuir la escuela a fortalecer la capacidad de elegir?
Balmaceda: Podemos definir la soberanía cognitiva como la capacidad de decidir cuándo delegar y cuándo no delegar nuestros procesos mentales. Implica utilizar herramientas tecnológicas sin volvernos dependientes de ellas. No se trata de rechazar la tecnología, sino de conservar la capacidad de formular preguntas propias, evaluar respuestas, detectar errores y construir criterios.
Una persona con soberanía cognitiva puede usar inteligencia artificial todos los días y, aun así, seguir siendo autora y responsable de su propio pensamiento.
Y esa soberanía no es únicamente individual. Para desarrollarla necesitamos instituciones que la sostengan: escuelas que fomenten el pensamiento crítico, universidades capaces de revisar sus programas y prácticas, empresas que diseñen herramientas no orientadas a generar dependencia y Estados que garanticen condiciones de transparencia y regulación. La autonomía nunca es una tarea puramente privada; es, en gran medida, una construcción social.

–Las respuestas a muchos de estos desafíos pasan por fortalecer las capacidades críticas. Pero ¿alcanza con la alfabetización mediática? ¿Cómo evitar que toda la responsabilidad recaiga sobre los usuarios cuando los problemas también están vinculados con el diseño de las plataformas?
Bacher: Estamos convencidos de que estos desafíos solo pueden abordarse desde construcciones colectivas. Es una de las ideas que atraviesan el libro.
Con frecuencia se responsabiliza a la escuela de problemas que en realidad involucran a toda la sociedad. Se les reprocha a los docentes que no usan determinadas tecnologías, que no saben cómo evaluar con inteligencia artificial. Pero muchas veces esas críticas ignoran que no existieron políticas públicas sostenidas, procesos de formación adecuados ni regulaciones que permitieran a las escuelas asumir esos desafíos en mejores condiciones.
Por eso me parece importante reconocer el enorme trabajo de tantos docentes y escuelas que, aun en contextos adversos, se forman, experimentan y construyen redes. La escuela tiene responsabilidades, por supuesto, pero no puede ser la única responsable. Lo que ocurre dentro de las aulas refleja transformaciones más amplias: cambios en la familia, en el trabajo, en las identidades, en los modos de vincularnos y de acceder a la información.
Al mismo tiempo, la escuela tiene una oportunidad extraordinaria porque sigue siendo uno de los pocos espacios dedicados al encuentro con otros. Frente a dinámicas digitales que muchas veces promueven el aislamiento o la segmentación, la escuela ofrece experiencias de diálogo, convivencia y construcción colectiva.
En ese sentido, la alfabetización mediática e informacional (AMI) resulta especialmente valiosa porque parte de una premisa fundamental: nadie puede desentenderse de estos problemas. La responsabilidad alcanza a las empresas tecnológicas, que deben ser más transparentes respecto de sus algoritmos y del uso de los datos; a los Estados, que tienen que desarrollar políticas y regulaciones adecuadas; a los sistemas educativos; a los medios de comunicación; y también a quienes hoy producen contenidos e información en las redes.

–En este contexto atravesado por la inteligencia artificial y por profundas transformaciones culturales, ¿qué capacidades les parecen fundamentales para ejercer la docencia? ¿Qué caracteriza a un buen docente hoy?
Bacher: Lo primero que diría es que ya no podemos pensar al docente como una figura aislada. Los cambios que requiere la escuela son mucho más viables cuando existe un trabajo institucional, con equipos docentes y directivos que comparten experiencias y construyen respuestas colectivas.
En segundo lugar, aunque parezca una obviedad, un buen docente tiene que conocer profundamente su disciplina. A eso le sumaría la disposición a experimentar y a escuchar. Experimentar con nuevas herramientas, estrategias y formatos. Y escuchar a los estudiantes para comprender cómo viven este tiempo, qué hacen con la IA, qué preguntas tienen.
También me parece fundamental trabajar desde la ética y la transparencia. Poder construir acuerdos claros sobre cuándo, cómo y para qué se utiliza la inteligencia artificial. La pregunta de fondo sigue siendo qué queremos que aprendan los estudiantes: si simplemente queremos que obtengan respuestas o si queremos que desarrollen la capacidad de pensar y actuar sobre la realidad.
La escuela es uno de los pocos espacios donde los chicos pueden experimentar que son capaces de comprender el mundo y transformarlo. Y eso es especialmente importante en una época en la que muchos sienten que no tienen futuro o que sus acciones no pueden cambiar nada.
Balmaceda: Yo lo resumiría en dos palabras: curiosidad y criterio. Curiosidad para explorar estas herramientas sin prejuicios. Creer que la inteligencia artificial resolverá todos los problemas me parece tan problemático como pensar que debería prohibirse por completo. Un buen docente necesita mantener abiertas las preguntas y seguir investigando qué posibilidades ofrecen estas tecnologías y cuáles son sus límites.
Y criterio para decidir cuándo usarlas, cuándo no y con qué propósito. Quien conoce profundamente su disciplina y entiende el sentido de su tarea pedagógica está en mejores condiciones de evaluar qué lugar puede ocupar la inteligencia artificial en el aula. La lógica de la educación no es la misma que la de una empresa tecnológica: entender esa diferencia es una parte central del trabajo docente hoy.
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