
El Hub de Innovación y Emprendimiento Eduardo Garza T. es el segundo gran edificio que el Tecnológico de Monterrey inaugura en el DistritoTec, el polo de conocimiento que viene construyendo sobre la avenida Eugenio Garza Sada. El primero fue Expedition Femsa, inaugurado en diciembre de 2024: un edificio orientado a la investigación científica de alto nivel, con laboratorios especializados y algunos de los investigadores más reconocidos del mundo en sus instalaciones.
El Hub viene a completar esa ecuación. Si Expedition apunta al conocimiento, el Hub apunta al mercado. “El enfoque del Expedition Femsa es generar conocimiento, desarrollo tecnológico e investigación para resolver los grandes problemas de la humanidad”, explica Blanca Flores, directora del Expedition Femsa. “Este segundo edificio viene a complementar esas capacidades, ahora con un enfoque más hacia las startups. Cómo hacemos que la idea llegue rápido al mercado.”
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El Hub aspira a ser el espacio de referencia en América Latina para startups de base científico-tecnológica en biotecnología, manufactura avanzada e inteligencia artificial. Forma parte del DistritoTec y de la red del Global Institute on Innovation Districts, y proyecta generar más de mil empleos directos en sus primeros cinco años de operación. El contexto no es menor: según datos de Reuters de mayo de 2025, la inversión en startups de América Latina creció 26% en 2024, alcanzando los 4.200 millones de dólares. México figura entre los mercados que traccionaron ese repunte.
El edificio tiene cuatro pisos y está organizado alrededor de cuatro pilares que sus responsables llaman recreación, inspiración, creación y conexión. La arquitectura —obra del estudio Sasaki, el mismo que diseñó Expedition y el campus Ciudad de México del Tec— es abierta y deliberadamente permeable: los pasillos permiten ver lo que ocurre en cada nivel, las puertas del taller de prototipos se abren hacia la plaza exterior, hay terrazas en distintos pisos y una vista desde el cuarto nivel que todos los que la mencionan describen como una de las mejores del edificio.
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Antes de entrar, está la Plaza Innovación. Es un espacio exterior abierto al público general —no solo a la comunidad del Tec— que busca extender la vida del edificio hacia la calle. Hay árboles, lugares para sentarse, y sobre uno de sus laterales, el primer socio comercial del Hub: un local especializado en fermentados. Pero no es solo un restaurante. Sus instalaciones funcionarán también como laboratorio para los alumnos. Esa superposición —comer y hacer ciencia en el mismo espacio— anuncia bastante bien lo que el edificio propone.
En el lobby está el Master Stage: un auditorio de varios pisos de altura con una pantalla que ocupa toda una pared y capacidad para doscientas personas. Junto a él, la Galería Experimental. Son los dos espacios de inspiración del Hub: el primero para escuchar casos de éxito e ideas que ayuden a seguir avanzando; el segundo para ver qué se está produciendo.
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La primera exposición de la galería se llama Catálisis, una red de actores para la innovación y fue curada por la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño del Tec. Parte de la teoría del actor-red del filósofo Bruno Latour: personas, instituciones, tecnologías y materiales entran en relación para producir conocimiento. Cada proyecto que se exhibe es la prueba de que algo así ocurrió.
Hay un simulador médico cardiovascular para repensar la cirugía de implante de válvula aórtica. Objetos fabricados con celulosa bacteriana a partir de residuos orgánicos, presentados en Zona Maco. Un prototipo de ventana inteligente que funciona como panel solar. Y El betabel que quiso ser carne: la proteína vegetal del betabel, trabajada molecularmente hasta imitar la carne, servida en un plato de cerámica de alta temperatura diseñado específicamente para ese platillo. Una colaboración entre un laboratorio del Tec y Koli, uno de los restaurantes más reconocidos de la gastronomía regiomontana.
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Pero el más llamativo de la muestra es el que desarrolló Joaquín Barriendos, artista e investigador invitado a través de una convocatoria del campus Guadalajara: una máquina que convierte índices de contaminación del agua en poemas. Se toma agua contaminada, se trata con la enzima de un hongo que consume el material orgánico, y sensores miden los cambios en los parámetros durante el proceso. Esos datos son enviados en tiempo real a una inteligencia artificial que lee textos sobre ecología, cambio climático e hidrología y genera un haiku. “El agua, en lugar de ser simplemente un recurso, se vuelve un agente creativo que escribe poesía”, explica Barriendos. “La idea es que veamos el agua de una manera diferente, con capacidades para hablar sobre el cambio climático.”

El corazón del edificio es la zona de creación: dos espacios que concentran las capacidades físicas del Hub. El Prototyping Lab tiene impresoras 3D, una máquina láser, equipos para trabajar fibra de carbono, una cabina de pintura y dos hangares —mesas de trabajo amplias con conectividad y capacidad para decenas de personas— donde se realizarán hackatones, jornadas de trabajo colaborativo y actividades de prototipado. “Cuando necesitas armar las piezas, pegarlas, revisar, acá lo hacés”, dice una responsable del espacio, con la informalidad de alguien que ya lo usó.
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El Bioworkshop cuenta con equipamiento para tres áreas: cultivo de células vegetales, cultivo de células de mamífero y microbiología. Hay básculas de precisión para cantidades muy pequeñas, termocicladores, espectrofotómetros, desecadores y —lo más valioso según quienes lo operan— un biorreactor, una máquina capaz de medir parámetros como oxígeno y pH para determinar si un experimento está listo para escalar a nivel industrial. “Son equipos que son muy difíciles de conseguir para los emprendedores”, señala una de las coordinadoras del espacio.
Para acceder hay que postularse. Los proyectos son evaluados por su potencial innovador, la etapa en que se encuentran y los requisitos de bioseguridad. El Instituto de Emprendimiento del Tec —el “software” del edificio, como lo llaman sus responsables— acompaña a los emprendedores con programas de incubación, aceleración y formación. Esos programas son gratuitos y están disponibles también en línea. La infraestructura tiene costo, pero los precios son competitivos.
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Una aclaración que los responsables subrayan varias veces: el Tec no toma acciones en los proyectos. Firma acuerdos de confidencialidad y ofrece acompañamiento, pero la propiedad del emprendimiento queda en manos de sus creadores.

El cuarto piso alberga el Coworking Space y los Garages: dieciocho oficinas disponibles para startups en etapas más avanzadas. También hay salas de reuniones y una terraza, el Roof Garden, abierta al público y con, según todos los que la mencionan, una vista considerable.
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En ese mismo piso funcionará el área de aliados: el espacio donde estarán presentes fondos de inversión, incubadoras y aceleradoras que buscan proyectos. “Somos los casamenteros”, dice una de las responsables con una sonrisa. “Ofrecemos el espacio para que se conozcan. La relación la construyen ellos.”
Durante el recorrido, un periodista pregunta si este espacio tiene que ver con la idea del aprendizaje a lo largo de la vida, el upskilling y el reskilling que el Tec viene promoviendo en distintos foros.
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“Hay ExaTecs graduados hace tres o cuatro años que ya usan el edificio”, responde una responsable. “Buscan un espacio que ya no sea tan estudiantil, que esté más cerca del mercado.”
El Hub, en ese sentido, no es solo para quien todavía estudia. Es para quien ya estudió y tiene algo que hacer. El edificio fue donado por un exalumno del Tec, lo que no resulta menor: en su origen lleva la misma lógica que intenta propagar hacia afuera.
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