
En el colegio SGS Loma Verde, de Escobar, las materias no se acumulan: se conectan. No se suman como bloques autónomos, sino que se entrelazan en una trama pedagógica que busca formar personas capaces de pensar con libertad y de actuar con criterio. Y en el último año del nivel secundario, los estudiantes tienen una nueva asignatura: Curaduría. El nombre llama la atención. Su implementación, sin embargo, no sorprende en el proyecto educativo del colegio.
“La curaduría es el arte de la relación”, dice Eugenia Garay Basualdo, docente a cargo del espacio y profesional con más de quince años de experiencia, y autora de La dinámica curatorial en la Argentina. “Quien puede relacionar los saberes que adquirió, quien puede entrelazar ideas, puede construir una mirada sobre el mundo. Ese es, para nosotros, el rol de un curador”. La propuesta se inscribe en una institución donde la formación artística, filosófica y humanística tiene un lugar central desde los primeros años.
SGS Loma Verde es un colegio bilingüe en inglés que también ofrece alemán como segunda lengua extranjera. La orientación del secundario es en Ciencias Sociales, pero esa categoría no alcanza a dar cuenta de la amplitud de la propuesta. Hay clases de violín, ballet, coro, fotografía e historia del arte —dictada en inglés—. Hay ajedrez, filosofía desde jardín de infantes, programación, robótica y una participación sistemática en olimpíadas escolares. A esa base se suma ahora Curaduría, como una forma de integración de los aprendizajes.

La materia se dicta en sexto año. Su objetivo no es formar curadores profesionales, sino proponer un espacio para revisar, organizar y proyectar el recorrido educativo. “Los chicos llegan a una edad en la que tienen que decidir qué estudiar, dónde insertarse. Curaduría les permite mirar todo lo que aprendieron y pensar cómo lo van a usar. Qué les sirve. Qué les interesa. Qué quieren dejar afuera”, explica Eugenia.
Esa reflexión no es meramente conceptual. El trabajo en el aula se organiza a partir de ejercicios concretos: selección de contenidos, armado de proyectos expositivos, construcción de relatos visuales y discursivos. “Lo primero que se hace en una curaduría es seleccionar. Y para seleccionar, hay que justificar. Esas decisiones, cuando se hacen con otros, obligan a argumentar, a escuchar, a negociar”, dice. El grupo trabaja como colectivo curatorial: arma muestras, define ejes, discute criterios.
La posibilidad de llevar esos contenidos al nivel secundario implicó el desafío doble de adaptar conceptos sin perder profundidad y respetar las condiciones pedagógicas propias de la escuela. “No cualquiera puede enseñar curaduría en este nivel. Hay una currícula que respetar, una responsabilidad institucional. Consulté con colegas, ajusté programas, pensé mucho cómo presentar los temas. Y también escuché a los chicos. Ellos te muestran por dónde ir”, cuenta.
La materia no funciona de forma aislada. Fernanda Huber, desde la dirección del colegio, explica que se pensó como una pieza más en una propuesta que busca formar personas con capacidad reflexiva, sensibilidad social y herramientas para habitar el mundo. “Queremos que los estudiantes aprendan a amar el conocimiento. Que tengan curiosidad, que no se queden con una sola versión. Que pregunten. Que construyan su criterio propio”, dice. En ese marco, la curaduría aparece como un espacio para ordenar, resignificar y dar cierre. “No hay otra materia que haga esto”, afirma Fernanda. “Los chicos cursan muchas disciplinas, viven muchas experiencias, pero no siempre tienen el tiempo o el lugar para mirar todo eso junto, para ver cómo se conecta”.

El trabajo con las familias fue parte clave de la implementación. Desde el colegio se organizó una reunión específica para presentar la materia. Eugenia participó del encuentro, explicó los contenidos y respondió preguntas. “Nuestra comunidad ya está habituada a propuestas que se salen de lo convencional”, dice Fernanda. Y sigue: “En general, las reciben con entusiasmo. En este caso, los padres valoraron mucho poder hablar directamente con la especialista”.
La relación con las familias es una dimensión estratégica del proyecto educativo. El equipo de orientación del colegio organiza charlas temáticas, acompaña a los docentes, participa de la vida en el aula. Se abordan cuestiones pedagógicas —cómo se enseña la lectoescritura, cómo se trabaja la frustración— y también se diseñan programas preventivos en articulación con organizaciones externas. La escuela se piensa como comunidad, y las decisiones se toman con un horizonte compartido.
Esa lógica comunitaria también atraviesa la materia de curaduría. El grupo de estudiantes trabaja de manera colaborativa, arma proyectos que integran distintas áreas, propone muestras pensadas para públicos diversos. Una de las actividades previstas es una exposición fotográfica sobre fauna de las Islas Malvinas, con criterios curatoriales adaptados a las edades y niveles de los visitantes. “La curaduría no es solo una técnica. Es una forma de leer el mundo. De poner en relación”, sostiene Eugenia.
El término “innovación” aparece relativamente poco en la conversación. En cambio, lo que sí aparece —y de manera insistente— es la pregunta por el sentido. ¿Para qué enseñamos? ¿Qué herramientas necesitan los estudiantes para habitar el mundo? ¿Cómo acompañar su crecimiento sin imponerles un camino único? La materia de Curaduría no es una novedad decorativa. Es una respuesta pedagógica a esas preguntas. Una herramienta para mirar lo aprendido, para tomar decisiones, para construir un relato propio. Una materia que no solo forma, sino que deja abierta la posibilidad de seguir preguntando.
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