
En un reciente artículo publicado en el Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación, Andrés García Barrios analiza las causas detrás del aumento de la actitud anticientífica en la sociedad actual. Según el autor, esta postura se ha intensificado en los últimos años debido a una combinación de factores que afectan la percepción pública de la ciencia y sus divulgadores.
Una de las principales razones del crecimiento de la actitud anticientífica es la expansión de la ciencia en la vida cotidiana, impulsada por el desarrollo de la tecnología y la masificación de la divulgación científica. Esta mayor presencia ha provocado un incremento en las reacciones negativas hacia la ciencia, aunque muchas de las personas que la critican se benefician directamente de sus avances. Este fenómeno no necesariamente responde a un cinismo generalizado, sino más bien a un desajuste en la manera en que se comunica el conocimiento científico y la forma en que la sociedad lo interpreta.
El autor señala que existe una desconexión entre el mensaje científico y el estilo cognitivo de los receptores. Los científicos y divulgadores a menudo no logran explicar de manera accesible y relevante cómo la ciencia define y afecta los aspectos cotidianos de la vida, generando un vacío que puede ser llenado con desconfianza. Además, García Barrios destaca que, cuando los científicos opinan sobre temas fuera de su área de especialidad, se corre el riesgo de invadir terrenos sensibles para otras personas, lo que frecuentemente provoca controversias.

García Barrios subraya la importancia de diferenciar entre lo que la ciencia demuestra objetivamente y las opiniones personales de los científicos, especialmente cuando abordan cuestiones morales o filosóficas. La ciencia se limita a describir hechos y fenómenos, y cuando se interpreta incorrectamente, puede parecer que intenta imponer una visión del mundo que contradice creencias personales o espirituales.
Otro factor relevante es la influencia de la identidad grupal. Muchas actitudes anticientíficas están ligadas a la pertenencia a grupos que rechazan la ciencia, funcionando como un marcador de identidad y pertenencia, similar a la lealtad a un equipo deportivo. Esta dinámica alimenta la polarización y refuerza la resistencia hacia el conocimiento científico.
La desconfianza hacia la ciencia también surge cuando los mensajes provienen de fuentes percibidas como no creíbles. La creciente presencia de fraudes y falsificaciones en el ámbito científico, exacerbada por el desarrollo de la inteligencia artificial, facilita la creación de información falsa difícil de distinguir de la auténtica. Esta crisis de credibilidad impacta negativamente la percepción pública de la ciencia y refuerza la actitud anticientífica.
El artículo concluye con la necesidad de fortalecer la educación y la alfabetización científica para recuperar la confianza en la ciencia. Propone que la comunidad científica comunique de manera más clara sus límites y capacidades, y que se enfoque en una divulgación honesta y accesible. En un mundo cada vez más influenciado por la tecnología y la información, entender y valorar la ciencia resulta fundamental para enfrentar los desafíos del presente y del futuro. La ciencia es un bien común que debemos proteger y promover con humildad y compromiso colectivo.
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