
“Soy Gerry”, se presenta. Sonríe como restándole importancia a los largos minutos que estuvo esperando. La oficina de Gerardo della Paolera está en el Microcentro: afuera, los gritos y bocinazos dan cuenta del nudo gordiano que es el tránsito de la mañana; adentro, en su despacho, el silencio y un café humeante dicen que otro tiempo es posible.
Gerardo Della Paolera es el director ejecutivo de la Fundación Bunge y Born, que tiene una dedicación especial en educación, ciencia y cultura. A través de estas y otras áreas, la Fundación se ocupa de proyectos que fortalecen el patrimonio cultural y artístico del país, otorga becas a científicos que continúan sus estudios en el extranjero, produce de informes sobre de la situación sanitaria en el país. Es para destacar, también, la creación del imprescindible Archivo María Elena Walsh y el apoyo a los festivales literarios que hace Filba en Santiago del Estero.
En cuanto al ámbito educativo, se puede mencionar el programa “Arte + Cerca”, por el que los estudiantes se vinculaban con obras de arte a través de un juego interactivo; el ciclo Utopía, en donde distintos referentes pensaban el impacto de las tecnologías exponenciales en la enseñanza; el encuentro anual con docentes rurales; etc.
“La Fundación”, dice Della Paolera, “pasó de ser una fundación filantrópica tradicional a una de micro intervenciones. Muchas de esas intervenciones son en el área de educación y muchas en la ruralidad, porque es ahí donde podemos hacer la diferencia”. Estas intervenciones están cruzadas por la tecnología: teniendo en cuenta que la revolución digital de los últimos veinte o veinticinco años supone cambios tal vez más grandes que los de la revolución industrial, la Fundación Bunge y Born, dice Della Paolera, se permite “experimentar cómo evoluciona la educación en las fronteras de las innovaciones tecnológicas y pedagógicas”.

<b>Transformar la educación</b>
“Tenemos una estrategia de guerra de guerrillas”, dice Della Paolera. La forma de conseguir que la Fundación gane influencia con sus proyectos de alto impacto comienza con la tarea de sensibilizar a docentes y políticos. La resistencia está asociada a cierta desconfianza por la tecnología —”los cambios tecnológicos siempre imponen ganadores y perdedores”—, y, entonces, es necesario hacer un trabajo importante para mostrar los beneficios, sin que nadie quede afuera. “En el ámbito de la educación cuesta incorporar las tecnologías exponenciales”, dice, “pero creo que la pandemia, así como fue un desastre sanitario, es una oportunidad única para repensar estos temas”.
¿Qué proyectos educativos son los mascarones de proa de la Fundación Bunge y Born? Della Paolera menciona a tres: Vektor, con el que mejoraron el rendimiento en matemáticas de los estudiantes entrerrianos, Fenomenautas, con el que, junto a un equipo de científicos, se diseñaron laboratorios de realidad virtual de Química para escuelas secundarias, y el Domo Cósmico, que pudieron implementar gracias a que recibieron una donación de un millón y medio de dólares.
“Está comprobado que para la empatía y los interpersonals skills es muy importante el momento del patio”, dice. “Hicimos un convenio con la FADU y con un equipo interdisciplinario con psicopedagogos, sociólogos diseñamos un juego que cubriera habilidades motrices, táctiles, lógicas, pero que sea lúdico”. Actualmente hay cien domos en la provincia de Mendoza, que es la escala que se necesita para hacer una evaluación de impacto.
Esa es otra de las características de los proyectos de la Fundación Bunge y Born: todo se mide y todo se publica. Incluso aquello que no da el resultado esperado. “Publicamos todo porque otra persona te puede decir por qué no funcionó. La idea es ir on the shoulders of giants”. En la web hay una serie de informes que muestran los proyectos en marcha, los finalizados, los estudios que se desprenden de cada uno.

La clase como un teatro
“Si bien nos dedicamos a las ciencias más duras, tenemos el interrogante sobre qué hacer con las humanidades, con la cultura, con las ciencias sociales. Es complejo, porque ahí se anudan disputas políticas. Pero, así como tenemos un andarivel de ciencias exactas, quisiera que tuviéramos un andarivel de las ciencias humanas. Es mi gran objetivo antes de irme, antes de ver qué voy a yo hacer cuando sea grande —Della Paolera tiene 63 años, pero se nota que el comentario no es sólo un chiste—. Hay un endiosamiento de que, para tener éxito en la vida, tenés que saber programación. Yo me preguntó cómo cambió el paradigma de las humanidades con la revolución digital. Es un preguntón. La educación tiene que ser multidimensional, no puede ser unidimensional”.
Entre su vasta trayectoria, fue presidente y rector de The American University of Paris, en Francia, y presidente fundador y rector de la Universidad Torcuato Di Tella, institución en la que sigue dando clases. Además, es profesor en la Universidad de San Andrés y visiting professor en la Central European University de Budapest, Hungría.
—¿Qué aprendizajes del aula se pueden llevar a la Fundación?
—Hace cuarenta años que soy profesor. Creo que, dejando de lado a mi familia y mis chicos, lo más importante que hice en la vida fue enseñar. Aprendí que es importante transmitir y que se aprende más con las preguntas. A veces les digo: “Qué buena pregunta, no tengo idea; te la respondo la próxima”. Aprendí la satisfacción que te produce haber dado una buena clase. Yo trato de que los estudiantes se vayan con algo que les dé curiosidad, que se queden con dudas; todo el mundo duda —salvo los MBAs—. La experiencia de aula te da cómo calibrar y transmitir el conocimiento. En el aula me llevaba dos camisas porque la que usaba quedaba toda mojada. En una clase sos como un actor; a mí todavía me da ansiedad antes de entrar. Yo creo que moverte —moverte con ellos—, caminar, ir, volver, preguntarles algo o que ellos te hagan una pregunta, ver el body language, hacer un chiste: hay un mundo que me lo llevo conmigo. Hay una comprensión en el aula que es única.
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