
Se lucía con el florín: era un gran esgrimista. Para Leopoldo Lugones, la pluma, la espada y la palabra eran sus armas. Gran autor de principios del siglo XX, Lugones fue el principal responsable de que el Martín Fierro se haya considerado como el poema nacional. Ese “manual de autoayuda para gauchos civilizados”, como alguna vez dijo Carlos Gamerro, fue el instrumento pedagógico para los inmigrantes que llegaban a la Nación que se estaba formando. El poema de José Hernández les mostraba cómo debía ser un hombre —manso— para ser argentino.
Como escritor, periodista, historiador y docente, Lugones pertenece a la tradición de intelectuales que participaban activamente en política. Tenía 24 años cuando conoció al por entonces presidente Julio Argentino Roca, de quien más tarde intentaría escribir una biografía. En su derrotero político fue masón, tuvo un brevísimo paso por el socialismo, fue conservador y nacionalista. En numerosas fotos de la década del treinta se lo ve en actos oficiales justo al presidente Agustín P. Justo.
Es muy conocido el discurso con el que defendió las intervenciones del ejército en el sistema político: “Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”. Para Lugones, la única manera de dar batalla a la anarquía y el socialismo era a través del uso de la fuerza. “El pacifismo no es más que el culto del miedo”, continuaba aquel texto, “o una añagaza de la conquista roja, que a su vez lo define como un prejuicio burgués. La gloria y la dignidad son hijas gemelas del riesgo; y en el propio descanso del verdadero varón yergue su oreja el león dormido”.

Lugones leyó “La hora de la espada” en Lima en 1924, cuando se cumplían cien años de la batalla de Ayacucho, pero el texto se mantuvo retumbando con tanta fuerza que muchos —equivocadamente— todavía hoy creen que lo dijo días antes del golpe de Estado que volteó a Hipólito Yrigoyen en 1930.
En su prolífico rol de escritor publicó alrededor de treinta libros: desde estudios biográficos sobre Sarmiento y Florentino Ameghino hasta volúmenes de poesía, narrativa, ensayo. Se puede mencionar, entre otros títulos: La guerra gaucha —que poco después de su muerte fue llevada al cine por Lucas de Mare—, Las fuerzas extrañas, El payador, El problema feminista, Lunario sentimental, Odas seculares, El libro de los paisajes, etc.
En 1924 recibió el Premio Nacional de las Letras y cuatro años fundó la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) junto con Horacio Quiroga, Ricardo Rojas y Jorge Luis Borges, entre otros. Lugones fue el primer presidente de la SADE. Después de su muerte en 1938, la SADE declaró el 13 de junio —día de su nacimiento— como el día del escritor argentino.

El primer escritor de la república
En cada época, los jóvenes autores se han hecho lugar a fuerza de talento y duelo dialéctico. No alcanza con una sola condición: ambas son necesarias. Borges, por supuesto, las tenía a las dos. En aquellos años todos sabían que Lugones la figura contra la cual había que medirse, y hacia él Borges dirigió sus comentarios cargados de malevolencia.
A veces, lo hacía en tertulias con otros escritores. Leía fragmentos de poemas sin decir de quién era y luego de que el resto las criticara por torpes o vanas, revelaba que eran de Lugones. Lo mismo cuando escribía artículos para revistas literarias. Cultor del verso libre, se reía de las rimas banales y forzadas de Lugones.
Un pasaje del Romancero, de Lugones: “Ilusión que las alas tiende / en un frágil moño de tul / y al corazón sensible prende / su insidioso alfiler azul”. Decía Borges en El tamaño de mi esperanza: “Esta cuarteta indecidora, pavota y frívola, es un resumen del Romancero. El pecado del libro está en el no ser; en el ser casi libro en blanco, molestamente espolvoreado de lirios, moños, sedas, rosas y fuentes y otras consecuencias vistosas de la jardinería y la sastrería; de los talleres de corte y confección, mejor dicho”.

Se dice que Lugones, harto de la insolencia de Borges lo quiso retar a duelo. Tan decidido estaba a matarlo a Borges. A ver si ese, tan acostumbrado a las estocadas verbales, podía arreglárselas con las de un sable. Y si no: un duelo con revólveres. Lugones estaba completamente decidido: furioso. El duelo puede sonar un poco anacrónico, porque ya antes del comienzo del siglo había caído desuso, todavía quedaban algunas rémoras. De hecho, el último duelo en el país fue en 1968 —pero esa es otra historia—.
Y, sin embargo, antes de que pasara a mayores, desistió. Borges no era un hombre temeroso —hay anécdotas de Ulyses Petit de Murat que lo muestran como alguien que no se achica ante las ofensas de los malevos—, pero sí muy corto de vista. Así fue cómo finalmente lo convencieron a Lugones: antes que un duelo, habría sido una ejecución.
En cambio, Lugones se vengó de otra manera y logró postergar la consagración de Borges por algún tiempo. Justo en el mismo mes en que Borges publicó El tamaño de mi esperanza, salió también Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes. Y Lugones, ya no como un referente de la esgrima sino del ajedrez, escribió para La Nación un largo elogio a Güiraldes con lo que le dio un lugar de preminencia a un escritor prometedor y gentil, y a la vez desactivó la amenaza borgiana.
Reflexiones en la puerta de su despacho
Muchos años después, un Borges consagrado y el director de la Biblioteca Nacional, puso fin a la disputa. Un sueño con Lugones le sirvió para recordarlo con el afecto del discípulo y dedicarle el prólogo de El hacedor:
“Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría”.
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