
El Gobierno está dispuesto a apretar el acelerador para reactivar la economía sin medir las consecuencias. Los anuncios para poner “platita” en los bolsillos se suceden casi a diario y seguirá siendo así hasta las elecciones de noviembre. Pero nada es gratis: la fuerte emisión monetaria presionará sobre los precios y también genera mayor tensión cambiaria.
El camino hasta el 14 de noviembre está jugado: habrá un mayor aumento del gasto para mejorar los ingresos de las familias en el cortísimo plazo. Así se busca obtener un mejor resultado en las elecciones. La mira está puesta en la provincia de Buenos Aires, con el objetivo de dar vuelta el resultado de las PASO, en las que el Gobierno perdió por poco más de 4 puntos.
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Da la impresión que todo vale para alcanzar ese objetivo. Desde anuncios de aumento de las asignaciones familiares, nuevos bonos para planes sociales y jubilados hasta viajes de egresados que pagará el Estado y reparto de electrodomésticos. La “fiesta” de gasto se terminará pagando con más inflación, pero el Gobierno no está ahora dispuesto a medir demasiado las consecuencias.
Diciembre es un mes de fuerte demanda de pesos, fenómeno propio de fin de año, pero luego llegará la “resaca” tras la borrachera monetaria de los últimos meses. No es casualidad que la Argentina haya pasado muchos veranos turbulentos.
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Los inversores (tanto locales como los de Wall Street) manejan dos alternativas principales. El “escenario 1″ plantea la posibilidad de ir corrigiendo los fuertes desequilibrios sin pagar enormes costos. Esto incluye un aumento más acelerado del dólar oficial (de 1% a 3% mensual, en línea con la inflación), reducción de la emisión monetaria, pero sobre todo un acuerdo con el FMI que ayude a “anclar” las expectativas.
Juan Manzur empieza a hacer valer su impronta, mostrando un Gobierno un tanto más predecible. La decisión de reabrir gradualmente las exportaciones de carne y el anuncio de una rebaja del arancel externo común con Brasil van en esa dirección, luego de muchas medidas fallidas del Gobierno en materia de política internacional.
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En el aire
El “escenario 2″ es mucho más dramático. Incluye un fuerte salto del tipo de cambio oficial, con una devaluación brusca ante la imposibilidad del Central de sostener una suba gradual, además una sustancial aceleración de la inflación. Arreglar con el FMI es imprescindible para tratar de evitar esta crisis, pero tampoco es una condición suficiente.
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El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), divulgado por el Central, muestra cómo las expectativas se van deteriorando ante las urgencias del Gobierno. Los economistas y consultores ya calculan una inflación de 48,6% para el 2022, unos 2,5 puntos porcentuales más de lo que esperaba hace apenas un mes. Es decir que el año próximo se aguarda un repunte inferior a 2,5% para el PBI, altísima inflación y un tipo de cambio oficial que crecería cerca de 60%, casi el doble de lo que plantea el ministerio de Economía en su proyecto de presupuesto.
Un triunfo en la provincia de Buenos Aires y dar vuelta algunos distritos que eligen senadores serán las principales batallas para transformar la dura derrota de las PASO en una “derrota digna” o quizás hasta un empate técnico.
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La economía presenta ahora dos caras bien distintas. Una de ellas muestra una interesante reactivación, con recuperación de ventas en el comercio minorista, actividad industrial por encima de los niveles previos a la pandemia y una recuperación gradual del poder adquisitivo. En julio, por ejemplo, el INDEC midió una mejora de los salarios del 6% en promedio, cuando la inflación fue de 3%. Y esta misma tendencia se mantendría en los próximos meses. Según estimaciones privadas, la actividad finalmente terminará con un repunte de entre 7,5% y 8%.
Pero también está la otra cara: un fuerte deterioro social, la pobreza por encima del 40% y 5 millones de argentinos a los que no les alcanza para comer (está abajo de la línea de indigencia. También aparecen las fuertes tensiones cambiarias, con un Banco Central que llega a las elecciones con un escaso nivel de reservas netas y baja capacidad de intervención en el mercado cambiario. Las nuevas restricciones para operar que afectaron a importadores y a inversores que buscan dolarizarse a través de la compra de bonos son parte de medidas desesperadas para dejar de perder reservas.
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Los desequilibrios aumentan día a día. El Gobierno emite pesos sin que se registre un aumento de la demanda ni un crecimiento económico que lo sustente. Y el Banco Central se va quedando sin “municiones” para evitar que aumente la brecha cambiaria. La manta es cada vez más corta y no alcanza para todos los objetivos simultáneamente: se pierden reservas para controlar el dólar, o se preservan pero admitiendo un tipo de cambio más alto. El Gobierno parece haber optado por esta última opción, aunque tampoco tenía demasiado margen para decidir otra cosa.
Martín Guzmán estará esta semana en Washington, participando de la reunión anual del FMI, en medio de las dudas sobre la continuidad de su número uno, Kristalina Georgieva. Los inversores estarán atentos a las señales sobre el contenido de un posible acuerdo y los tiempos para llegar al mismo. El propio ministro de Economía pende de un hilo, aunque su continuidad está atada a la posibilidad de revertir el magro resultado de las elecciones. Hoy lo que lo sostiene es básicamente la falta de un reemplazante potable.
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