
Héctor Scotta fue uno de los grandes goleadores que tuvo el fútbol argentino. En 1975, marcó 60 goles en una temporada con la camiseta de San Lorenzo de Almagro, una cifra que permanece como récord y que, casi medio siglo después, nadie pudo igualar. Sin embargo, detrás de aquella marca extraordinaria aparece hoy una realidad mucho más terrenal. “Vivo con lo justo. El fútbol me dio mi casa, que tengo en Martínez, y tengo dos departamentos alquilados. Vivo con esos dos alquileres y con lo que me da San Lorenzo. No tengo de qué quejarme con el club, porque me ayuda mucho”, cuenta el Gringo en diálogo con Infobae.
El exdelantero trabaja en Ciudad Deportiva desde hace varios años y todos los sábados se acerca a Bajo Flores para cumplir con su tarea en el Recreativo. No es una colaboración simbólica ni un cargo honorífico: “Es un laburo, me paga San Lorenzo porque me ayuda mucho igual. De qué me voy a quejar. La verdad que no”, reconoce.
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A pesar de las dificultades económicas, Scotta mantiene intacto su vínculo con el club que marcó su vida. El Santo no fue solamente el lugar donde construyó su leyenda: fue la institución que lo llevó a la Selección y también la que le abrió la puerta de Europa. Por eso le duele el presente futbolístico. “En lo futbolístico, mal. El equipo anda mal, lamentablemente San Lorenzo está mal”, sostiene.

Hace tiempo que Scotta no mira los partidos, no solamente los de San Lorenzo: directamente dejó de mirar fútbol argentino. “Mi señora me dice que ponga fútbol, que mire esto o aquello, pero no se me da. A San Lorenzo lo quiero y lo amo, pero no miro fútbol”, asegura.
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El oriundo de San Justo, Buenos Aires, incluso reconoce que no puede opinar demasiado sobre el trabajo de un entrenador porque no va a la cancha y tampoco sigue los encuentros por televisión. Pero su preocupación existe y está vinculada con algo que conoce como pocos: el gol. Para Scotta, al equipo le faltan delanteros y también situaciones de ataque. “Faltan goleadores, delanteros, muchas cosas. Tampoco se patea de media distancia”, analiza.
Su mirada sobre el fútbol actual está inevitablemente atravesada por el fútbol que él vivió. Recuerda entrenamientos que no terminaban cuando el técnico daba la orden de retirarse. Después de las prácticas, se quedaban una hora más con compañeros como Sergio Villar y el Lobo Rodolfo Fischer, entre otros integrantes de aquel San Lorenzo para tirar centros, ejecutar tiros libres y practicar penales. “Nos quedábamos una hora más después del entrenamiento”, recuerda el goleador.
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En su época, cuenta, había varios jugadores dentro del área esperando un centro. Hoy observa menos desbordes, menos centros y presencia ofensiva. “Ningún marcador de punta desborda. Ningún marcador de punta tira centro, y si tira centro, hay un solo delantero”, señala. Y cuando se refiere a si existe hoy un goleador de su talla, no duda: “No hay. De nuestra época, no sólo yo, sino como Mario Kempes y Gabriel Batistuta hoy no existe un goleador de nuestra talla”, asegura.
Scotta habla de San Lorenzo con el dolor de quien siente que la historia se repite. Recuerda que durante su época también hubo problemas económicos, meses en los que los jugadores cobraban y otros en los que no. Pero, según su mirada, el equipo respondía dentro de la cancha. “Nosotros jugábamos igual, metíamos y corríamos. Ganábamos campeonatos y ganábamos todo eso, y a veces cobrábamos, y en otras no había plata”, recuerda. Por eso, el Gringo cree que la crisis que atraviesa el club no comenzó ahora. También sostiene que alguna vez los distintos sectores políticos de Boedo deberían dejar las diferencias de lado para intentar encontrar una salida. “Sería lindo que todos los partidos políticos de San Lorenzo se junten y que traten de sacar a la institución adelante”, plantea. No sabe cómo terminará la situación, pero conserva una mínima esperanza: “La gente va a sacar a San Lorenzo adelante”.
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Su historia personal con el Ciclón también tiene una página dolorosa: el descenso de 1981. Después de su experiencia en Europa, regresó a Boedo y terminó viviendo uno de los golpes más duros de su carrera. “Venir de exterior, llegar a San Lorenzo e irme al descenso con mi club, fue lo peor que me pasó en mi carrera, y me quería matar”, recuerda.
Sin embargo, el hombre de 76 años marca una diferencia con la actualidad. Para él, aquel descenso fue una circunstancia puntual dentro de un equipo que luego logró recuperarse. Recuerda incluso que gran parte de aquel plantel que descendió fue el mismo que después consiguió volver a Primera. Su relación con el equipo de sus amores, de todos modos, nunca se quebró. “San Lorenzo fue mi vida. Me hizo, me llevó a la Selección Argentina, me vendieron a España, es todo para mí”, resume.
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Antes de convertirse en una figura histórica azulgrana, Scotta pasó por Boca Juniors y luego tuvo la oportunidad de dar el salto al fútbol europeo para hacer una diferencia económica. La transferencia a Sevilla llegó después de una gira de la Selección por Rusia, Polonia y Alemania. Cuenta que primero habían hablado con René Houseman, este se negó y entonces finalmente la posibilidad apareció para él. “Vine a hablar con Martín Benito Noel (ex presidente de Boca) y me fui”, sentencia.
El Gringo jugó una temporada en España y luego regresó a su país para jugar en Ferro Carril Oeste. Europa representaba para aquellos futbolistas una manera de hacer la diferencia económica que la liga local de entonces no podía ofrecer. “Todos los jugadores de fútbol nos tratábamos de ir a Europa”, explica. Y ahí aparece otra diferencia con el presente: “Hoy en día, acá se cobra en dólares, pero antes no pasaba porque cobrábamos en pesos”, compara.
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Luego de su paso por el Xeneize, el delantero jugó en el ascenso. Pasó por Deportivo Armenio, All Boys, Nueva Chicago, Villa Dálmine, San Miguel y Estudiantes de Caseros hasta que decidió retirarse con 38 años. “Me operaron de apendicitis y cuando salí de eso, no me dieron ganas de seguir jugando al fútbol. Así que me retiré”, revela.
El retiro, sin embargo, no fue sencillo. Alejarse del fútbol significó extrañar el vestuario, los entrenamientos y, sobre todo, esa sensación de entrar a una cancha. Con el tiempo encontró una forma de recuperar parte de aquello. Padeció un cuadro depresivo severo que lo llevó a estar alejado de las canchas. “La pasé muy mal. Me agarró una depresión muy grande porque desde que era chico jugaba a la pelota. Entonces, nunca estudie ni nada. No me gustaba ir al colegio. No tuve nada y solo pensaba en el fútbol. Me la pasaba jugando en el campito de mi pueblo. Y cuando dejé el fútbol, dije ´ahora que hago´. Me agarró una depresión muy grande”, afirma.
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Para combatir el cuadro depresivo empezó a moverse para no estar tirado en su casa. “Empecé a ir a correr al Hipódromo de San Isidro y luego iba al club 25 de Mayo a jugar a la paleta. Hacía cosas, pero extraña mucho el fútbol”, reconoce el exatacante.
Con el tiempo, Scotta junto a José Yudica comenzó a trabajar en una escuelita de fútbol vinculada a chicos de distintas categorías. Los sábados había partidos durante varias horas y volvió a sentir algo que conocía demasiado bien: el olor del césped. “No era lo mismo, se extrañaba el olor a pasto, se extrañaba todo”, cuenta. Ese regreso desde otro lugar le permitió seguir cerca de los chicos y de la pelota, aunque ya no como protagonista.
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Hoy, en el Recreativo de San Lorenzo, vuelve a encontrarse con nuevas generaciones. Los padres y abuelos que llevan a sus hijos, muchas veces lo reconocen y les cuentan quién es. “¿Sabes quién es este?”, recuerda que les dicen a los niños. Ese reconocimiento, más allá de los números, parece funcionar como un puente entre distintas épocas del club. Scotta comparte allí sus días con otras glorias, entre ellas el Sapito Villar, que actualmente atraviesa problemas de salud y ya no puede concurrir con la misma frecuencia.
Y entonces aparece el récord. Los 60 goles de 1975 siguen ahí, intactos. Scotta cree que la marca continuará vigente porque el fútbol argentino cambió y, según su percepción, ya no aparecen goleadores como los de aquella generación. “Se va a mantener el récord en Argentina, porque goleadores como antes no los hay”, asegura. Cuando se le menciona a Lionel Messi como el único argentino que superó aquella cifra en la temporada 2011 con 91 tantos, entre Barcelona y Selección, acepta la posibilidad con una sonrisa futbolera: “Es el único que pudo romper mi récord”.
A los 60 goles en una temporada, a los títulos, a la Selección, a Sevilla y a toda una carrera que quedó grabada en la historia del fútbol argentino se suma ahora una postal diferente: la de un ídolo que todos los sábados vuelve a San Lorenzo para trabajar. Scotta ya no necesita demostrar quién fue. Su récord habla por él. Pero el Gringo sigue mirando al club desde cerca, preocupado por su presente y aferrado a la esperanza de que algún día vuelva a estar a la altura de la historia que él ayudó a construir. Porque podrá haber dejado el fútbol profesional hace décadas, pero hay algo que nunca dejó: su amor por los colores azulgranas.
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