Memorias familiares de Piero, la canción “Mi viejo” y la banda de sonido de la infancia en Olavarría

Pensamientos random en un viaje en el tiempo luego de la muerte del cantautor italoargentino, dueño de una obra que convirtió la balada en un documento social de notable precisión poética

Hombre de cabello rizado y gafas, vestido con camisa blanca, toca una guitarra acústica frente a un fondo negro.
Piero, autor de "Mi viejo", "Juan Boliche", "Soy pan, soy paz, soy más" y otras tantas canciones que permanecen en la memoria de varias generaciones (Imagen Ilustrativa Infobae)
Guardar

Hay música que no se elige: simplemente llega y se instala en nuestro corazón para siempre. En eso estaba pensando cuando me enteré de la muerte de Piero este miércoles lluvioso (“Buenos Aires, Buenos Aires, humedad”, ya lo dijo Cerati) y los recuerdos se dispararon a una casa humilde en las afueras de Olavarría, mediados de los años 70 y principio de los 80. Una radio prendida todo el día y el tocadiscos -asi lo llamábamos con ternura pueblerina- como puente musical hacia un nuevo mundo por descubrir: hace poco me pasó con la muerte de Ricardo Soulé y la memoria de Vox Dei (aquel disco Cuero caliente que mis viejos le trajeron a mi hermano desde La Plata) y ahora con Piero. Sus canciones ambientaban la cotidianidad de nuestras vidas. Eran canciones sobre gente como nosotros: trabajadores, amigos, familia, tipos anónimos. Piero cantaba lo que se veía en la calle.

Los domingos a la mañana, mi padre Víctor conducía un espacio deportivo en la radio local, LU 32. Cada año, en un ritual de lo habitual pero no por ellos menos emotivo, en el Día del Padre, leía un texto que él mismo había escrito para su viejo (mi abuelo), hablaba de todos los padres y ponía “Mi viejo” como canción de apertura. Ahora, que ya no tenemos a nuestro abuelo ni a nuestro viejo, ese recuerdo siempre nos acompaña a mi hermano y a mí. La canción, bella y profunda en su simpleza tana, decía aquello que mi viejo no sabía decir de otro modo: el amor por encima de la distancia entre dos hombres de pocas palabras, que se querían pero que nunca habían sabido bien cómo acercarse y mucho menos, expresarlo. Así eran ellos, mi abuelo y mi viejo (así somos un poco el resto de los Pintos, que vamos a hacer). He ahí la grandeza de Piero: en 3 minutos 20 segundos, todo ese sentimiento contenido se explicitaba de manera magistral. Viejo, mi querido viejo.

PUBLICIDAD

Por cierto, la explicación del concepto central de esta nota refiere a su asociación creativa con el periodista y escritor José Tcherkaski —con quien comenzó a trabajar a fines de los años 60— y que definió una parte central de su repertorio. Tcherkaski aportó letras atravesadas por la observación social y los personajes cotidianos, mientras Piero les dio música e interpretación. De esa dupla surgieron canciones “Mi viejo”, “Pedro Nadie”, “Juan Boliche”, “Para el pueblo lo que es del pueblo” y “Un hombre común”, retratos de trabajadores, inmigrantes y sectores postergados que llevaron la crónica urbana al formato de la canción popular

Lo que Piero logró con canciones como esa no fue un accidente estético. Fue una decisión artística sostenida: tomar el formato de la balada pop, de probada eficacia radial, y vaciarlo de una superficial pátina romántica para llenarla de crónica sobre los sentimientos. Mi admirado Rubén Blades lo reconoció con precisión cuando era un joven estudiante de Derecho en Panamá: Piero fue el primer artista al que escuchó transformar la balada en un formato urbano con argumento social explícito. Esa observación no fue menor: años después, Blades compuso “Pablo Pueblo”, el equivalente centroamericano de “Pedro Nadie” y “Juan Boliche”.

PUBLICIDAD

Hombre con gorra y camisa a cuadros de pie junto a un alambrado frente a una cancha de fútbol con césped verde
Victor Pintos, mi papá, conductor radial que todos los días del padre abría su programa con la canción "Mi viejo" de Piero

En “Juan Boliche”, construyó algo que va más allá de la crónica de un parroquiano. El bar funciona como el único territorio donde el hombre existe socialmente: afuera no tiene lugar, el sistema lo ha vuelto invisible. La fusión del nombre propio con el nombre del lugar —Juan Boliche— revela el recurso más exacto: el personaje ya no se distingue del espacio que habita, se ha convertido en parte del paisaje y a su vez, contiene multitudes.

Ahora, flashback a los años 80, un poco más acá en el tiempo. “Soy pan, soy paz, soy más” opera en otro registro: el del mantra de una reconstrucción personal y colectiva. Cuando Mercedes Sosa la cantó en el Teatro Ópera en febrero de 1982 -ese disco en vivo siempre me hace llorar porque, sabemos, es más que música-, todavía bajo la dictadura, la canción se volvió un acto de sanación. “Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera”, dice la letra: no era metáfora, sino instrucción. Una sociedad que había aprendido a callar recibía una invitación para hablar.

Esa certeza —la de encontrar la palabra justa para el sentimiento impreciso— es la marca más perdurable de Piero como cantautor e intérprete. Sus canciones no tienen palabras de más. Cada verso llega al hueso por el camino más corto, sin adorno que lo desvíe. Lo que hace un letrista mediocre es describir la emoción; lo que hace Piero es construirla: con imágenes concretas, con personajes que tienen nombre y una vida, con un lenguaje que pertenece a la calle y que sin embargo resiste la lectura atenta. Vuelvo a “Mi viejo”: “Creció con el siglo, con tranvía y vino tinto”: cinco palabras que son capaces de contener una historia de vida. La marca distintiva de un compositor de canciones que supo llegar a nuestros corazones. Buen viaje, tano.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD