Una poeta. Una mujer poeta. Una mujer poeta Premio Nobel de Literatura. Hacía varios años que Anne Carson —setenta y seis años, de Toronto, Canadá— estaba en la lista de candidatos. Y finalmente la Academia Sueca dijo: sí, ella. Acá, en Argentina, el intenso mundillo de lectores la conoce. Vino a Buenos Aires en los noventa. Acompañó a un amigo en unas jornadas de filosofía en la UBA. En una entrevista con Marcela Ayora para La Nación recordó este detalle: “Todo el tiempo se cortaba la luz”.
La segunda visita, más reciente, y como una “rockstar”, fue en 2018, invitada de lujo del festival literario FILBA. “Fue una presencia central en la historia del festival, muy deseada por el público argentino y por el festival en particular”, dice Amalia Sanz, directora de FILBA, del otro lado del teléfono. Dio una masterclass de traducción, una performance sobre Safo y una entrevista pública, en la que dijo: “Quiero ser un hombre gay como Oscar Wilde”. Estuvo cinco días y siguió su tour literario a Santiago de Chile.
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Ahora son las ocho de la mañana y la poeta Silvina Giaganti se despierta con las primeras notificaciones. Fue ella la encargada de entrevistarla en aquella visita. Los recuerdos de esa noche que se le agolpan en la memoria son ambiguos. “Fue durísimo”, dice y se ríe. “Una entrevista cero canchera. No hubo posibilidad para ser canchera. Tampoco creo que lo sería con nadie. Pero en ese contexto, con un público tan atento y tan enterado de la poesía, menos que menos”, continúa. “Un hueso duro de roer”.

La primera vez que Giaganti leyó a Carson fue en 2015. La editorial argentina Fiordo acaba de publicar una de sus obras fundamentales, Eros el dulce-amargo, con traducción de Mirta Rosenberg y Silvina López Medin. “La leo hace años. Y sigo proponiéndola en talleres o en charlas. Es una escritora que, más allá del Nobel, está presente en mi vida. Después me fui agenciando lo demás que había en español. Con el tiempo se las fue publicando con más asiduidad”, comenta.
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“Me acuerdo que llamó muchísimo la atención el título. Ella toma de los poetas arcaicos y específicamente de Safo, respecto de que el eros, el deseo, es dulce y amargo. No es una dualidad, sino un ir juntos. Hoy al deseo se lo quiere podar de algunas de esas dos características, especialmente de la característica del amargor. Ese libro me pareció alucinante porque lo que trae es una concepción no reglamentarista del deseo. Ahora lo volví a releer para dar unas charlas. Sigo conectada con esa lectura”, cuenta.
“Después leí Autobiografía de rojo, que menciona Buenos Aires. Es la reapropiación de una tragedia y en algún momento ella habla de Buenos Aires. Uno piensa: es improbable que una autora canadiense tan gélida, tan distante, tan ensimismada en su disciplina, nombre Buenos Aires. Pero todos nombran Buenos Aires”, dice. El poema, escrito a partir de su primera visita, dice: “Una pasta de nube azul se desenredó en el cielo rojo / por encima del puerto. Buenos Aires se iba empañando / hacia el amanecer.”
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Aquel diálogo público se produjo el sábado 13 de octubre de 2018, en el Auditorio del Malba, en el marco de FILBA, a las ocho de la noche. “Anne Carson en primera persona” fue el título que elegido. La poeta estaba junto a su colaborador-esposo (“my collaborator-husband person”), Robert Currie, artista visual. La pareja se conoció en Ann Arbor, mientras ella daba clases de Literatura Clásica en la Universidad de Michigan, a principios de los noventa. En Buenos Aires él siempre estuvo cerca.
“Fue una entrevista no macanuda”, y Giaganti vuelve reír. “Carson no estaba muy verborrágica que digamos”. Luego de una hora de conversación llegan los aplausos, salen del escenario y Currie (“en el camerino él estaba pegado a ella. Él era el dicharachero; ella, la entidad inalcanzable”) se acerca a Giaganti. La mira a los ojos y le dice: “¿Cómo te sentiste?“. En ese momento la poeta ya estaba rodeada de fans, agradeciendo, firmando libros. “Yo la conozco a Anne, ella se sintió bárbara”, le dice Currie.
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“Es imprescindible la lectura de Carson”, asegura Sanz. “Sobre todo por su reinvención radical del lenguaje y de las formas literarias con el cruce de géneros. Tiene una libertad formal propia”, agrega. Sobre su personalidad, dice: “Es una figura que está precedida por ese halo de dureza y de frialdad, pero fue muy amable en su trato, y con mucho sentido del humor. Vino muchísimo a Eterna Cadencia a conversar con los libreros, a almorzar. No tiene una personalidad blanda, pero fue muy amable y profesional”.

Detrás de esos modos fríos, la canadiense atesoraba un gran recuerdo. Cuando desde FILBA quisieron invitar a Laurie Anderson, tardó en responderles. Hasta que finalmente contestó que sí. A los organizadores les sorprendió el repentino entusiasmo por venir a este rincón del mundo. Fue la propia Carson, su amiga, quien una tarde en Nueva York —posiblemente en la barra de un bar: con un Iced Shaken Espresso al lado de un Martini— le dijo: “Andá. Si te están invitando, andá. Yo la pasé genial”.
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