
En su momento, Keir Starmer llegó al gobierno del Reino Unido con una amplia mayoría laborista y cinco “misiones” de gestión, una agenda inspirada en parte por la economista italoestadounidense Mariana Mazzucato. Dos años después, su nuevo libro plantea que una economía orientada al bien común exigiría objetivos colectivos definidos, participación ciudadana y una distribución distinta de los beneficios, los riesgos y el conocimiento. La autora cuestiona que el crecimiento económico pueda ser una misión por sí mismo. La prioridad inicial del gobierno de Starmer, “reactivar el crecimiento económico”, carecería del propósito necesario para encajar en ese modelo: la pregunta central es para qué debería servir ese crecimiento.
Mazzucato sostiene que la economía no debe entenderse como una suma de intereses privados que las políticas públicas solo pueden contener o compensar. Propone concebirla como una serie de proyectos con dirección y finalidad, en los que las finanzas se orienten a metas colectivas y la capacidad creativa de las empresas contribuya al interés público. “El marco del bien común para la economía consiste en alinear objetivos, incentivar la colaboración, fomentar la inteligencia colectiva y garantizar que todos los participantes compartan conocimientos, riesgos y recompensas”, afirma. Esa visión también rechaza la idea, extendida en sectores del movimiento ambientalista, de que el crecimiento económico es incompatible con la respuesta a la crisis climática.
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Cinco principios para una economía orientada al bien común
La brújula propuesta por la autora reúne cinco principios: propósito y dirección; creación conjunta con la ciudadanía; aprendizaje colectivo; distribución de las recompensas; y rendición de cuentas. Mazzucato plantea que esos elementos deben orientar las decisiones públicas y privadas, aunque no como instrucciones que puedan seguirse simultáneamente sin tensiones. La creación conjunta implica que las comunidades participen desde el diseño hasta la revisión de los programas gubernamentales. “Cuando las personas ayudan a definir un problema y a desarrollar e implementar soluciones, las consideran propias en vez de algo impuesto”, explica.
El reparto de recompensas busca que quienes crean valor económico o tienen derechos sobre él reciban parte de los beneficios. La economista incluye a los pueblos indígenas que viven cerca de depósitos de materias primas y a los usuarios de redes sociales cuyos datos alimentan las ganancias de las grandes empresas tecnológicas.
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Esa distribución requeriría una profunda reforma tributaria, con mayor uso de impuestos sobre la riqueza, y condiciones estrictas en los contratos públicos para que trabajadores y contribuyentes reciban una parte justa de los resultados. Mazzucato llama a ese enfoque predistribución: reglas que distribuyen ingresos y beneficios antes de que se consoliden las desigualdades. Como ejemplo, plantea que las empresas beneficiadas por investigaciones sanitarias financiadas con fondos públicos deberían estar obligadas a mantener precios bajos y evitar patentes excesivamente amplias o rígidas, que dificulten la concesión de licencias.
La defensa de un Estado que impulse la innovación ya aparecía en El estado emprendedor, publicado en 2013. En su planteo actual, la economista amplía esa idea y propone abandonar la lógica de reparar “fallas de mercado” o de tratar los problemas sociales y económicos como efectos secundarios inevitables del crecimiento. Ese enfoque, al que denomina una forma de pensar centrada en “llenar vacíos”, reduce la intervención pública a proyectos aislados financiados por contribuyentes. La autora propone, en cambio, definir una dirección económica antes de decidir qué instrumentos estatales, empresariales o financieros se utilizarán.
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El desarrollo del libro recorre la historia del pensamiento económico desde Aristóteles y Adam Smith hasta Amartya Sen. La autora cuestiona tanto las teorías dominantes como los intentos anteriores de incorporar la noción de bien común a la economía. Sus propuestas podrían considerarse utópicas por su distancia respecto de la economía política actual, pero ella incorpora ejemplos concretos, aunque varios son de escala reducida. “Las semillas de la transformación están por todas partes”, sostiene.
Entre esos casos menciona programas de comidas escolares saludables y sostenibles en Suecia, la misión de la Unión Europea para apoyar a las ciudades que buscan la neutralidad climática y el Protocolo de Nagoya, un acuerdo internacional sobre la distribución de beneficios derivados de los recursos genéticos y los conocimientos tradicionales. El gobierno laborista ha adoptado algunas medidas que reflejan parcialmente ese enfoque. Entre ellas figuran la amenaza de legislar para inducir a los fondos de pensiones a invertir más en activos del Reino Unido y la incorporación de requisitos de capacitación para jóvenes en contratos vinculados con energía limpia.
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Mazzucato considera que las economías funcionan mejor cuando persiguen objetivos colectivos amplios, como desarrollar y distribuir una vacuna durante una pandemia o enfrentar la emergencia climática. La pregunta, dice, no debería ser qué falla de mercado se busca corregir, sino hacia qué dirección se quiere conducir la economía.
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