“¿Qué tenían de especial para que tantas personas la miraran?”, dice Mariana Sanguinetti, bisnieta de la fotógrafa Annemarie Heinrich en el comienzo de Annemarie, el documental que dirige y en el que revisa la vida y obra de la autora de algunos de los retratos más reconocidos de la cultura nacional, a través del archivo, testimonios familiares y también de otros referentes del mágico arte de inmortalizar un instante.
Y nunca lo responde directamente, deja que las piezas ilustren el porqué de ese magnetismo, como también a través del metodo de la fotógrafa nacida en Alemania, quien llegó al país siendo una niña junto a su familia escapando del ascenso del nazismo y la irrefrenable Segunda Guerra, y que ingresó en la fotografía porque era un oficio “para el que no se necesitaba entender el idioma”.
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Annemarie, que se presentó en el BAFICI y ahora está disponible en el Malba, entre otras salas (ver detalle al final de esta nota), reconstruye quién fue Heinrich a partir de los pedacitos de la vida de los otros: recuerdos que cobran volumen y se convierten en memoria activa, que se agolpan y van reflectando una historia, hasta ahora, nunca contada: la de una vanguardista, una pionera, una tremenda artista que se encuentra en el imaginario del arte argentino.

“Es el personaje de mi vida”, dice Sara Facio, mientras repasa algunas de las cosas que aprendió de ella, como también lo hacen otros colegas que atestimonian, como Aldo Sessa, Juan Travnik y Juli Weisz.
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En lo estilístico, el docu rompe con lo observacional y se vuelve participativo, con la presencia de Sanguinetti frente a la pantalla, como por ejemplo, en sus entrevistas vía Zoom o un llamado telefónico a Mirtha Legrand, que se vuelve casi imposible, construyendo así una cercanía sobre lo casero, lo hogareño, incluso con un gato curioso que irrumpe en varios momentos, y que se sostiene en la participación de su hermana, Úrsula, quien desde EE.UU. reflexiona sobre “la verdad”, los recuerdos y la memoria, como también hijos y sobrinos, todos fotógrafos, que van tejiendo hitos y anécdotas para dar cuerpo a la fotográfa más allá de la obra.
Y es que el documental busca romper la distancia entre la artista y su trabajo, de la misma manera en que ella “se ganaba la confianza del fotografiado para lograr su mejor toma”, cuenta su hijo Ricardo Sanguinetti, a Infobae Cultura, en una visita al estudio- laboratorio-casa, realizada en el marco del estreno del filme, del que también participaron su hermana Alicia Sanguinetti y todo el staff, Clara Nerone, Clara Tomasini y Sol Britos, que mantiene vivo el legado de Annemarie.
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Entre los testimonios aparecen también el actor Boy Olmi, que había sido fotografiado siendo un niño “por una cuestión de estatus”, ya que la firma de Annemarie gozó de prestigio desde los inicios de su carrera, cuando comenzó a realizar retratos de tapa para la revista Radiolandia —que lograba que la persolanidad se convirtiera “en mito”— y que le consiguió una gran clientela social y, por supuesto, del mundillo del espectáculo, como Graciela Borges, quien comenta que Heinrich era “alguien que te hacía sentir alguien”.
En el docu se ven infinidades de retratados, desde Eva Duarte antes de ser Evita, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Mercedes Sosa, Ástor Piazzolla, Palito Ortega. En fin, décadas de personalidades que la cultura y el showbizz que querían tener la mirada de Annemarie sobre ellos mismos. Ser, de alguna manera, inmortales.
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“Ella tenía una práctica basada en el respeto por las personas frente a la cámara. Esa posición la llevó a rechazar una sesión con Juan Domingo Perón en la Casa de Gobierno. Eva le pidió que fuera a fotografiarlo, pero Annemarie le respondió: ‘Si Perón quiere tener un buen retrato, que venga al estudio’. Por supuesto, el ex presidente no acudió y Eva tampoco. Además, ella se negaba a retratar a políticos, aunque sí quería hacerlo con Alicia Moreau de Justo. Varias veces había intentado y por distintas razones nunca se pudo, hasta que la convocaron, cuando ya tenía 100 años y un deterioro físico importante, pero también lo rechazó. Ella decía que no podía retratarla en esas condiciones. ‘Yo respeto mucho al ser humano’, me dijo. Su método era una práctica muy gentil, no utilizaba la técnica en contra de quien posaba”, comentó su hija, Alicia.

El documental también repasa, pero someramente, que integró la Carpeta de los 10, un grupo formado alrededor de la década del ´50 en el que cada participante colocaba una copia en una carpeta que circulaba entre colegas para recibir comentarios sobre las imágenes, entre los que estaban Hans Mann, Jorge Friedman, Alex Klein, Max Jacoby y Anatole Saderman, quien le dio un consejo que sería esencial en su quehacer: “Para retratar a alguien tenés que amarlo, admirarlo u odiarlo. Pero algo tenés que sentir”.
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“Es más fácil pensar a quién no fotografió que a los que sí. Creo que sólo le faltó Gardel”, dijo su hijo, en el subsuelo del Estudio Heinrich - Sanguinetti, sobre Callao al 1400, que aún se conserva las lámparas, los rieles, las gelatinas, tal cómo las había pensado Annemarie.
Los hijos de Annemarie, que a modo de broma aseguran que fueron paridos “en una cubeta de revelado”, no solo crecieron en el laboratorio y realizaron todo tipo de tareas, sino que también se formaron en Alemania antes de volver a Buenos Aires para trabajar de manera profesional en el estudio.
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“Ella se tomaba el trabajo muy en serio. Era muy exigente consigo mismo y los demás. Podía estar hablando con vos y revisaba cajones de negativos en la casa; si una imagen no le conformaba, decía ‘Esto es una porquería’ y cortaba el negativo antes de arrojarlo a la basura”, recordó su hija.
Una recorrida por el Estudio Heinrich-Sanguinetti
El Estudio reúne entre 130 y 150 mil piezas, y enfrenta el desafío de proteger negativos de distintos soportes, reconstruir su organización original y hacer accesible una producción que todavía permanece, en su gran medida, sin catalogar ni digitalizar.
La colección reúne obra artística, retratos de celebridades y fotografías de clientes realizadas tanto en ese espacio, como en los estudios anteriores que tuvo sobre las avdas Santa Fe y Callao, en formatos que van de las placas de acetato y nitrato, negativos de vidrio, diapositivas, formatos de 35 milímetros, copias de 6x6 y sobres que agrupan infinidad de negativos.
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Annemarie guardó, además, catálogos de sus exposiciones, libros y revistas en los que se publicaron sus imágenes, cartas con otros fotógrafos y copias que ella misma anillaba. También permanecen colecciones de la revista Cinegraf y las famosas tapas de Radiolandia, entre otros documentos.

El último proyecto, explican, es la reedición de Ballet en la Argentina —que se presentará en el Fondo Nacional de las Artes el miércoles 25 de noviembre—, un nuevo volumen que se elaboró a partir de los negativos originales porque el libro prácticamente dejó de circular y el ejemplar de la biblioteca del Teatro Colón no puede manipularse ni fotografiarse por que reúne firmas y dedicatorias de los fotografiados. “Es como un incunable del Teatro”, comentaron.
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La re-publicación mantendrá el diseño del volumen original, aunque no será un facsímil: sino que sumará imágenes digitalizadas en alta resolución, un anexo sobre la producción del libro, documentación vinculada a su realización, que contó con el apoyo del FNA y el programa de Mecenazgo de la ciudad.
El trabajo en el archivo es un bastante quijotesco, hay que decirlo. Se nota, en cada una de las especialistas, un cariño no solo por la artista y su obra, sino además por preservar su legado para la eternidad.
En una cajonera, por ejemplo, se encuentran las copias de los cuadernos que Annemarie realizó, con una selección de cerca de 1.500 negativos vinculados a exposiciones, premios y presentaciones en distintos países, considerado “lo que ella había destacado de su carrera”, dijo Britos, con el que se encuentran trabajando desde hace tres años.

Las anotaciones de la fotógrafa resultan centrales para identificar las imágenes, que incluyen nombres de retratados, títulos, películas, lugares de exhibición y, en algunos casos, datos técnicos como la cámara y el lente utilizados.
“De acá sacamos mucha información, que es lo más fiel que tenemos, que ella armó. Todo lo demás, atribuimos”, explicó Britos sobre esos documentos. Cuando la información no alcanza, el archivo recurre a catálogos para completar los registros de la base de datos.
Estas series son consideradas como “archivo prioritario” y están siendo guardadas en frío, en un congelador de uso exclusivo que permanece a -16 °C, un sistema que busca frenar el deterioro, aunque impide acceder físicamente a los negativos una vez protegidos.
“Es el único archivo fotográfico del país que lo aplica. Fue un trabajo de dos años de investigación de experiencias de Perú, México, Canadá y Estados Unidos, y que se adaptó a los recursos disponibles en Argentina, entre ellos bolsas negra de café para sellar el embalaje”, comentó Tomasini.

El sistema “previene este deterioro, lo mantiene en un estado cero”, explicó la conservadora. Antes de guardarlas en frío, el equipo reemplaza los sobres, limpia cada pieza, conserva los datos disponibles y realiza una digitalización en alta resolución.
La medida además requirió pruebas para revisar el comportamiento del equipo ante cortes de energía, calcular el tiempo disponible para conseguir un grupo electrógeno y asegurar que el procedimiento fuera reversible.
En el archivo, el olor a ácido acético revela el deterioro de parte de algunos negativos y para limitar su avance, se implementa una temperatura que debe mantenerse cerca de 19 °C, con 40 % de humedad, una condición difícil de sostener en Buenos Aires.
“La humedad elevada puede generar canalizaciones, burbujas y otras alteraciones en el material. El ácido desprendido también puede afectar otros documentos, por lo que el archivo mantiene en funcionamiento permanente un humidificador y un purificador de aire. En Buenos Aires, realmente lo que mata es la humedad”, dijo Tomasini.

Por su parte, el circuito de digitalización comienza con una limpieza, el reemplazo de las guardas por materiales libres de ácido y una aclimatación gradual después de retirar los negativos del depósito. “Recién entonces las piezas pasan por un escáner plano profesional, que permite trabajar directamente sobre la superficie sin humedecerla”, contó Nerone.
La copia digital registra incluso los bordes de las placas de cámara de gran formato. Después se realiza la positivación y, cuando corresponde, un retoque “que respeta los encuadres, recortes y ajustes que la fotógrafa había hecho sobre sus imágenes”.
El documental Annemarie no ingresa en el trabajo de conservación que se realiza en el Estudio, pero en ambos casos se transmite una admiración, respeto y una búsqueda por convertir en inmortal a la fotógrafa que convertía en mito a quien pusiese bajo su lente.
*Annemarie, se proyecta los viernes de octubre (desde el 9 inclusive) a las 20, en Malba Cine (Av. Pres. Figueroa Alcorta 3415). En Atlas Patio Bullrich (Av. del Libertador 750) se exhibe el domingo 11 a las 16.40 y el miércoles 14 de octubre a las 19 hs.
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