“Yo siempre pensé que es una película sobre qué significa estar vivo. Estar vivo es respirar, comer, ir en bicicleta. ¿Hay algo más?”, plantea Isabel Coixet al describir el eje de Tres adioses, su nueva película que pasó por la Semana del Cine Italiano en Buenos Aires y que esta semana se estrenó en salas porteñas. Tres adioses está protagonizada por Alba Rohrwacher en el papel de Marta, una profesora de educación física de un liceo romano. Al inicio de la historia, su pareja Antonio (Elio Germano), un chef, la abandona. Marta empieza entonces a sufrir náuseas que, lejos de ser la somatización de la ruptura, resultan el síntoma de un cáncer avanzado. En paralelo, podría iniciar un vínculo con un compañero del claustro, interpretado por el español Francesco Carril, quien actúa por primera vez en italiano.
La película está basada en dos de los 14 relatos reunidos en Tres cuencos: rituales para un año de crisis, de la escritora y activista italiana Michela Murgia, fallecida en 2023 de un cáncer de riñón. El libro, póstumo y semiautobiográfico, le dio a Coixet el marco para explorar una de sus obsesiones: no tanto cómo morir bien, sino cómo vivir sabiendo que la muerte es inevitable. El resultado es una meditación agridulce sobre los afectos, el tiempo y la pérdida —de una pareja, de una identidad, de un cuerpo que ya no responde— que apuesta por la lucidez y el vitalismo antes que por el drama. “La vida es corta, ahora es la hora, no podemos vivir jodidos por el pasado y angustiados y ansiosos por el futuro. Entre esas dos aguas estamos en el ahora, que es lo único con lo que contamos”, resume la directora.
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Isabel Coixet es licenciada en Historia y nunca pisó una escuela de cine. Empezó a ver películas cuando tenía cinco años: su abuela era taquillera y sus padres la dejaban en el cine mientras trabajaban. Además de su carrera como cineasta, publica columnas de opinión en ABC, diario español, y en su suplemento semanal XLSemanal, desde hace 25 años. Desde hace cinco también conduce un programa de radio. En medio del Festival de San Sebastián, donde ejerce como presidenta del jurado de la sección de películas gastronómicas, Isabel Coixet dialogó con Infobae Cultura y se permitió una broma sobre su presencia en la Zinemaldia: “Dije: a mí ponedme en esto, porque veré cosas que de otra manera no vería. Las otras que van al festival seguro que de alguna manera ya las veré”. Fuera del festival, la directora escribe un nuevo proyecto sin fecha de estreno ni financiación confirmada. “Estoy escribiendo. No sé muy bien cuándo acabaré, pero pronto tengo que acabar esto”, dice. “Voy a acabar de escribir esto y voy a intentar convencer a alguien para que lo financie. Deséame suerte”, agrega sobre la búsqueda de fondos. Consciente del contexto de otras industrias cinematográficas de la región (la argentina, sin ir más lejos), reconoce su posición. “Lo sé, lo sé. Soy muy consciente del privilegio”, responde al ser consultada sobre las dificultades para filmar en Argentina.

—¿Cómo trabajas tus columnas semanales? ¿Cómo llegaste a esa disciplina de entrega semanal?
—Hace veinticinco años que las escribo cada domingo. Las escribo en los trenes, en los aviones, en los aeropuertos, en el metro. Yo tengo dos obligaciones cada lunes, que son escribir la columna y hacer un programa de radio. La columna desde hace veinticinco años. El programa de radio desde hace cinco.
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Intento compartir cosas que me gustan, intento quejarme lo justo, intento protestar por cosas que me horrorizan. La que he escrito hoy, por ejemplo, es sobre unos cines de verano en Córdoba, en el sur de España. Eran cines al aire libre donde la gente mayormente iba a ver películas, y quedaban cuatro en los últimos años. Están en peligro porque la persona que luchó por ellos murió y ahora no está claro quién va a hacer la programación. El ayuntamiento no ayuda, nadie hace nada. He escrito en memoria de esos cines a los que tuve la suerte de ir, para decir que un cine es algo más que un cine. Un cine de verano es un acercamiento de las películas para compartirlas con un barrio, con una ciudadanía, y eso es un valor. Supongo que no me hará caso nadie, pero yo lo he dicho.
—¿Cómo te cae este momento en el que el cine parece estar reconfigurándose por el auge de las plataformas?
—Vengo de un mes en Francia, donde hice una gira por 15 ciudades presentando Tres adioses. En Francia hay tantas configuraciones diferentes de cines: desde el cine cooperativo, donde la persona que está en la taquilla hace el coloquio contigo y esa misma mañana está cocinando para el bistró del cine, hasta multisalas de grandes complejos. A mí no me gusta ver películas en casa. En casa lo que me gusta es leer. A mí me gusta ver películas en el cine.
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Tengo la gran suerte de vivir en un barrio con las salas Verdi, donde hay diez salas y van a abrir dos más. A mí esto de que la gente las pare, vuelva, vaya al baño, se haga el sándwich y vuelva, no. Yo las quiero ver enteras, seguidas, sin teléfono, sin que nadie me moleste. Pero como cineasta también digo: la cosa es que la vean. Hay países donde si no es en una plataforma no la van a ver. Entre que no la vean y que la vean a su ritmo, prefiero que la vean. Ahora, no está pensada así, igual que una novela no está escrita para ser un audiolibro. Es verdad que hay gente, un camionero que tiene que cruzar la pampa, que escuche un audiolibro, me parece bien, pero los demás podemos leer.

—¿Notás una homogeneización en la narrativa audiovisual por el auge de las plataformas?
—Hasta en la presentación de una película o una serie documental ya ves cuando está el sello de ciertas plataformas. Yo veo un dron acercándose a una ciudad y digo: ya sé de qué va esto. Los drones no son para mí. Creo que he utilizado uno solo una vez en mi vida y dije: nunca más.
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—¿Por qué consideras no te afecta esa lógica?
—Yo tengo una gran ventaja: nunca fui a una escuela de cine, soy licenciada en Historia. A mí personalmente no me afecta la homogeneización. Yo no voy a cambiar lo que hago porque alguien de una plataforma o un productor me diga lo que tengo que hacer. Una de las pocas cosas que he ganado en mi vida es poder hacer lo que me da la gana. Hay gente que hace cosas para Netflix y les da esta cosa manicurada, esta fotografía donde todo brilla mucho y todo se explica diecisiete veces, me parece aburridísimo. Pero cuidado, en las películas de autor también hay autores muy apreciados por la crítica que a mí me parecen de una sutileza cero, que hacen películas de tres horas donde al tercer plano ya lo entendiste y te lo vuelven a decir una y otra vez. Seamos también críticos con muchas cosas que se hacen en nombre del arte y que son tan aburridas, banales y poco sutiles como las cosas que se hacen en Netflix.
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—¿Cómo surgió la adaptación de los relatos de Michela Murgia?
—La película está basada en un libro de relatos que se llama Tres cuencos. Con Enrico Audenino, mi coguionista, escogí tres cuentos que me parecía que juntos tenían algo, y que esos personajes, Antonio y Marta, se entrelazaban muy bien. A partir de ahí hicimos la película.
Este libro se publicó cuando Michela Murgia acababa de morir. Cuando me ofrecieron adaptar los cuentos como yo quisiera, me dio mucho respeto. Tardé en decir que sí, tardé en leerlos. Normalmente, aunque sea por curiosidad, enseguida leo lo que me envían, pero esto me producía mucho respeto, porque la figura de ella es muy difícil de explicar fuera de Italia. En Italia es un icono, todo el mundo la ama o la odia, incluso después de muerta la siguen odiando. Era sarda, de Cerdeña, católica, marxista, feminista, con un discurso muy cercano al de Pasolini. Pensé que no era mi lugar, que yo no soy italiana ni tengo raíces italianas, pero luego leí los cuentos y me enamoré de ellos, y pensé: adelante.
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—Se destaca en tu cine el acercamiento íntimo a los personajes. ¿De dónde partís para lograr eso?
—Yo siempre parto de los personajes: de dónde vienen, quiénes son, qué cosas les gustan, dónde viven, cómo se mueven, cómo respiran. Para mí la trama siempre ha sido algo secundario. Cualquier personaje bien construido puede arrastrar una película, puede generar una trama, interés, misterio, secretos. A mí lo único difícil del cine es la financiación. Todo lo demás no sé, llevo viendo películas desde que tengo tres años, he pasado media vida detrás de una cámara, he escuchado más que he hablado. Para mí ir a un restaurante siempre es ver cómo se relaciona la gente entre ellos y con la comida, lo que piden, lo que no piden. Todo esto para mí es la sal de la vida. Me he pasado toda la vida observando a la gente en cualquier circunstancia, en la intimidad, en grupos de dos, de tres, de cuatro, de quinientos. Si alguien está alerta a lo que pasa y a cómo pasa, el porqué ya no lo sé. Los porqués siempre pienso que están muy sobrevalorados.
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—¿Esa construcción de personajes viene de tu relación con la literatura?
—Es verdad que una de mis grandes influencias cinematográficas es la literatura, el haber leído miles de libros y haber visto en mi cabeza esos libros como películas. Tú ves una película cuando leés un libro. Es una película personal, tuya, donde los personajes de Proust a lo mejor tienen rasgos de un cuñado tuyo, pero la estás viendo. Incluso antes de que se inventara el cine, ya había eso en muchísimos narradores. Lees a Edith Wharton, que escribió sus primeros libros antes de que se inventara el cine, y hay elipsis, cortes, maneras en que describe cómo un personaje entra a un salón donde hay un baile, y decís: esta mujer se lo imaginaba como una película antes de que existieran. Encima hice una película que se llama La librería, que si querés referencias literarias, esa película no tiene comparación.
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