
La biblioteca fue para mi en un primer momento un lugar imaginario e imaginado. En el marco de lo que se llamaba entonces en la escuela secundaria “Educación cívica”, nuestra profesora nos pidió que escribiéramos una redacción, y nos propuso varios temas, todos los cuales eran totalmente ajenos a mi vida. Uno, sin embargo, despertó mi imaginación: “describir la biblioteca de su barrio”. En verdad, ignoraba si había una, probablemente no en el modesto barrio en que vivíamos en Buenos Aires, y, en cualquier caso, su frecuentación no hubiera formado parte de las costumbres de mi familia. Pero había que entregar un deber, por lo que escribí una redacción en la cual narraba mi errancia entre las estanterías de libros, y mis lecturas, todo imaginado sentada en mi pequeño escritorio, acompañada de mi gata. A la profesora le encantó, pero hasta hoy no sé si entendió que era una ficción.
La biblioteca real era la del liceo francés de Buenos Aires. Muy completa, mucho más allá de las necesidades reales de los alumnos (había por ejemplo libros de Roland Barthes, de Bajtín y muchos otros más), era mi única experiencia de este tipo de instituciones. Estaba dividida en dos: entrando, a la derecha, la parte reservada a los alumnos de primaria; a la izquierda, la de los estudiantes de secundaria. Me había pasado los últimos años de la escuela primaria tratando (sin éxito) de escabullirme a la izquierda (la cultura de libros para chicos no estaba muy desarrollada por entonces, y en casa había suficientes historietas, francesas como Tintin y Astérix, pero también Mafalda y las revistas Skorpio, D’Artagnan y otras).
PUBLICIDAD
Uno de mis mejores recuerdos del comienzo de la secundaria es el primer día en que pude ir y sentarme a leer entre los estantes, sin que las clases vinieran a interrumpirme. La felicidad total, teñida de terror: era el 24 de marzo de 1976, día del golpe de estado que inició la última dictadura cívico-militar, la más sangrienta del país, las clases acababan de empezar, y yo estaba en primer año de la secundaria. Mi padre nos dejó en el liceo temprano como todas las mañanas, como si fuera un día cualquiera (tal vez pensó que estaríamos más en seguridad en el liceo, en tanto territorio francés), pero, por supuesto, no había ni profesores ni alumnos; a los pocos que fuimos nos mandaron a la biblioteca, donde nos recibió una bibliotecaria pálida y balbuceante de miedo. Me quedé ahí leyendo, sin comer ni moverme en todo el día, hasta las 16 y algo, cuando papá vino a buscarnos, como si no pasara nada.

La carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires, el año del retorno de la democracia, no tenía biblioteca sino en teoría. Y esa virtualidad estaba en la otra punta de la ciudad, lo que complicaba las cosas para alguien que trabajaba tiempo completo mientras estudiaba; después, ni siquiera eso, porque empezó la mudanza, y duró varios años. Estaban, claro, los institutos en la calle 25 de Mayo. El de Literatura Argentina lo gestionaba entonces una bibliotecaria de la dictadura, que se negaba a darnos los libros cuyos autores eran, según ella, “terroristas”; y los otros demandaban largas negociaciones y argumentaciones, y a veces lográbamos algo.
PUBLICIDAD
Sin medios para comprar los libros que figuraban en los programas de las diferentes materias, me acostumbré a ir ala biblioteca del diario La Prensa, una sala magnífica del fin del siglo XIX, que tenía la ventaja de estar abierta hasta las 22 horas. Dos recuerdos de ese lugar me quedaron: aquel día en que, en una época de gran hostilidad familiar, mi padre vino a traerme un chocolate; el sentimiento de libertad que sentía al salir, porque podía estudiar gracias a esa biblioteca pública (y a una universidad enteramente gratis).
Fue recién cuando llegué a Francia que entendí lo que es una biblioteca. Mi primera visita de la antigua Biblioteca Nacional francesa fue de una gran violencia: no entendía ni siquiera los trámites que había que hacer, todavía menos cómo encontrar los libros, porque no estaban en los estantes, y tenía la impresión de estar cometiendo un delito por el mero hecho de estar ahí. El catálogo era un misterio para mi, y no creo que la persona que me acompañaba en esta primera visita, que había crecido en Europa, comprendiera la angustia que todo eso me causaba, y el sentimiento de ser excluida que me provocaba. Tardé mucho en volver. Incluso hoy siento una brusca ansiedad cuando llego a una biblioteca que no conozco, un momento de ceguera difícil de sobrepasar, hasta que logro comprender su funcionamiento. La biblioteca que había imaginado cuando escribí aquella composición en el colegio no me rechazaba de ese modo. Las imágenes de esa ficción siguen dándome un sentimiento de calma, y se superponen a las de las bibliotecas “domesticadas” que conocí desde entonces – la nueva Biblioteca Nacional de Francia, la Sterling de Yale, la Bodleian y la Taylor en Oxford, la British Library, la biblioteca de Baviera en Munich, la de Würzburg, la nueva Biblioteca Nacional argentina, y muchas otras sin las cuales no me hubiera convertido en investigadora.
PUBLICIDAD
Hoy, las bibliotecas se han vuelto (¿también?) un lugar al que la gente va para trabajar y no necesariamente para leer libros. En Europa y otros países occidentales, en todo caso. La primera vez que vi esas mesitas cómodas instaladas en todos los pasillos y espacios comunes, equipadas con enchufes, fue en la British Library, en Londres. Me maravilló e intrigó esa nueva forma de asalto a las bibliotecas, que proponen de este modo un espacio que es a la vez público y privado para trabajar, y que han contribuido a acabar con el mito del deseo de leer y de escribir en la privacidad de nuestras propias casas. Pero no es el único uso cada vez más difundido, puesto que las bibliotecas municipales son lugares habitados, vivos, suspendidos entre la tranquilidad de la lectura y las actividades en comunidad. Hay una cerca de Nation, en una callecita, que encarna ese lugar que había imaginado cuando era adolescente.
¿Qué significan estos espacios hoy para nosotres? Si las redes sociales producen la impresión de entablar un diálogo directo con otros interlocutores individuales, cuando en verdad todo o casi todo es público, creando así una continuidad fluida entre los espacios privados y los públicos, el libro, en cambio, nos compromete en una relación privada y personal. Podemos, es verdad, comunicar con otros acerca de nuestras impresiones de lectura, incluso en una biblioteca, pero no durante el tiempo de la lectura en la sala. Es, tal vez, ese contacto con la materia, el papel, la tinta, la imagen de la tapa, que el espacio de la biblioteca sigue favoreciendo, incluso cuando trabajamos en nuestras computadoras. Una disposición mental, cargada de afectos y de imaginarios, que no estamos dispuestos en ningún caso a abandonar.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Santiago Speranza pasó de Wattpad y la autopublicación a triunfar en el thriller juvenil y llenar salas enteras en la Feria del Libro
En diálogo con Infobae, el escritor repasó el recorrido literario, la relación con su público adolescente y los elementos de terror que atraviesan su nueva novela: "Cumple de 15"

Isabel Coixet, directora de cine: “La vida es corta, ahora. No podemos vivir jodidos por el pasado y ansiosos por el futuro”
La directora española reflexiona sobre la premisa que atraviesa ‘Tres adioses’, su nueva película sobre el amor y la enfermedad, estrenada esta semana en Argentina

Qué revela ‘Roy Lichtenstein: Like New’, la primera gran retrospectiva del artista pop en Nueva York en más de tres décadas
Desde el 11 de octubre, el Museo Whitney presenta una exposición dedicada al creador de las célebres reproducciones de cómics con puntos Ben-Day, pensada para acercar su legado a un público joven

‘Grand Theft Auto VI’ genera más expectativa que cualquier película y se perfila como el mayor evento del entretenimiento del año
El 19 de noviembre se estrena la sexta entrega de la saga de videojuegos más vendida de la historia, con ingresos proyectados por encima de los 8.000 millones de dólares



