
Helen Macdonald firmó una de las frases que la editorial imprimió en la contratapa de Una estela salvaje (2023). Dijo, más o menos, que había terminado el libro de Kathryn Schulz con la sensación de que el mundo se había vuelto a hacer. El gesto tiene algo de reconocimiento gremial: dos escritoras que perdieron al padre y decidieron que la manera de sobrevivirlo era escribir un libro raro, mitad memoria y mitad ensayo, que ninguna editorial sensata habría encargado. Los dos ganaron premios grandes, se tradujeron, terminaron en la misma mesa de novedades bajo la misma etiqueta: duelo. La etiqueta es correcta y no sirve para nada. Comparados por el tema, H de halcón y Una estela salvaje son libros gemelos. Comparados por la forma, casi no comparten un supuesto.
Conviene empezar por los padres, porque los padres explican los libros. Alisdair Macdonald fue fotógrafo de prensa: veintiséis años en el Daily Mirror, un viaje a París con Los Beatles en 1963, el beso de Carlos y Diana en el balcón. Murió en Londres, en marzo de 2007, a los sesenta y siete años, de un infarto masivo, mientras fotografiaba edificios dañados por una tormenta. Estaba trabajando. Isaac Schulz nació en Polonia; su familia salió de Europa a comienzos de los años cincuenta y llegó a Estados Unidos después de pasar por Israel y Alemania. Fue abogado en Shaker Heights, un suburbio de Cleveland, y murió en septiembre de 2016, a los setenta y cuatro, después de una década larga de enfermedad. Su hija escribe que no fue una tragedia. Escribe también que murió en paz.
PUBLICIDAD
La diferencia entre el infarto en la calle y la agonía anunciada no es un dato biográfico. Es la decisión estructural de cada libro. A Macdonald el padre se le muere en el medio de una frase, y el libro que sale de ahí es un libro de interrupción: un presente que no cierra, una cronología que avanza a los tumbos, una narradora que no sabe qué día es. Schulz tuvo diez años para prepararse y escribió un libro sobre la sintaxis. Las tres partes de Una estela salvaje se llaman “Perdido”, “Encontrado e “Y”. La tercera es la que importa y la que justifica el proyecto: una teoría de la conjunción, del modo en que las cosas ocurren juntas sin explicarse entre sí. Un libro empieza cuando se rompe el tiempo; el otro, cuando falla la gramática.
Las dos escriben dentro de un género que Joan Didion volvió comercialmente viable en 2005 con El año del pensamiento mágico, y las dos se despegan de él por vías distintas. Didion produjo un informe clínico sobre su propia cabeza: doce meses de autoobservación con la frialdad de la reportera aplicada al propio derrumbe, y una conclusión que no consuela a nadie, porque en ese libro el duelo no enseña nada. Macdonald renuncia a la frialdad y a la autoobservación: delega el yo en un animal y en un muerto ajeno, y cuando vuelve a mirarse lo hace con vergüenza. Schulz conserva la inteligencia analítica de Didion y le saca la desolación. Sostiene que la pérdida corrige la escala con la que uno mira el mundo, que instruye. Es la diferencia entre una escritora que no cree en el consuelo y una que lo necesita, y no tengo claro cuál de las dos posiciones va a envejecer mejor.
PUBLICIDAD

De ahí sale la distancia más grande entre las dos, que es la distancia respecto de la prosa misma. Macdonald desconfía del idioma. Baja a Escocia, paga ochocientas libras por un azor de criadero, lo mete en una caja en el asiento trasero y se encierra en Cambridge con las cortinas cerradas y el teléfono apagado a adiestrar al animal más difícil de la cetrería. Lo hace porque hablar no le sirve. El azor, que se llama Mabel, es una máquina de atención que no requiere palabras: hay que mirarlo durante horas, pesarlo, esperar. Toda la primera mitad del libro consiste en el reemplazo del duelo por una disciplina técnica. Que después Macdonald haya escrito trescientas páginas sobre ese silencio es la contradicción que sostiene el libro entero, y ella la sabe: dice, en las entrevistas, que no le recomienda a nadie adiestrar un azor para elaborar una muerte, que es una idea pésima.
Kathryn Schulz no desconfía nunca del ensayo. Su duelo pasa por la etimología, por las taxonomías de las brigadas de búsqueda y rescate, por la teoría de la búsqueda óptima que desarrolló la Marina norteamericana para encontrar submarinos, por Montaigne, por Woolf, por Elizabeth Bishop. Es una escritora del New Yorker haciendo lo que mejor hace: convertir una experiencia privada en un problema intelectual manejable. Y ahí está su límite: la erudición funciona, en la primera parte del libro, como anestesia. Cada vez que la pérdida se pone insoportable, aparece un dato: la palabra en nórdico antiguo, el planeta descubierto, la estadística. El procedimiento es brillante y también es evasivo, y hace falta llegar a “Y” para que Schulz deje de escudarse detrás de lo que sabe.
PUBLICIDAD
La memoria trabaja en direcciones opuestas en cada libro. Macdonald no puede recordar a su padre. Lo intenta y no le sale: el hombre aparece en escenas breves, casi fotográficas, y desaparece. Lo que hace en cambio es recordar a otro. La mitad de H de halcón es una biografía encubierta de T. H. White, el autor de Camelot, que en 1951 publicó El azor, la crónica de su propio fracaso adiestrando un ave idéntica. Macdonald va a Austin, al Harry Ransom Center, a leer los papeles de White: un hombre atormentado por su sexualidad, criado en la violencia, que quiso domesticar a un animal salvaje para domesticarse a sí mismo y no pudo. La operación es de una audacia enorme. Como no puede acceder a su propio duelo, toma prestado el de un desconocido muerto en 1964. El padre no está en el libro; está el hueco donde debería estar, y ese hueco tiene la forma de otro hombre.
Kathryn Schulz hace exactamente lo contrario: retrata. Isaac Schulz está en cada página de “Perdido”, hablador, culto, insoportable de tan interesante, incapaz de encontrar sus propias llaves. Ese es el hallazgo del libro, el que ya estaba en Losing Streak, el artículo del New Yorker del que salió todo: el hombre que perdió un país, una lengua y una familia entera pasó el resto de la vida perdiendo objetos menores. La broma doméstica, papá otra vez extravió la billetera, se revela como una tesis sobre la continuidad entre las pérdidas grandes y las chicas. Que el vocabulario meta en la misma categoría a un perder a un padre y perder una media que no aparece en el lavarropas le parece a la autora un escándalo lógico, y de ese escándalo saca un libro.
PUBLICIDAD

Mientras que Una estela salvaje es un libro de hija, y de hija lesbiana: ganó el Lambda en la categoría de memoria lésbica, y su segunda parte cuenta la entrada de C., la escritora Casey Cep, hija de granjeros, cristiana practicante, en una familia de refugiados judíos de Ohio. El padre alcanzó a verlo. Esa filiación, con toda su fricción cultural, es el material del libro. H de halcón va en la dirección exactamente inversa: el duelo, tal como Macdonald lo narra, deshace el género y después deshace la especie. La narradora deja de ser mujer, deja de ser hija, deja de ser humana; se vuelve el azor, que es lo único que no llora. La autora, que es no binaria y usa los pronombres “ella” y “elle”, salió públicamente después de publicar el libro, pero el libro ya estaba escrito desde ese lugar. Leerlo como una historia de padre e hija es leer contra el texto. Es una historia sobre alguien que perdió a su padre y aprovechó para perder también el resto de las categorías.
Lo que sí comparten es la herencia, y no en el sentido sentimental. Los dos padres transmitieron un modo de mirar. Alisdair enseñó a su hija a esperar: el oficio del fotógrafo de prensa es la paciencia, quedarse parado horas hasta que el instante se produce. Helen usa esa paciencia con un animal. Isaac le enseñó a la suya el apetito, la curiosidad indiscriminada, la convicción de que todo merece que se lo averigüe. Kathryn usa esa curiosidad para investigar la muerte de su padre como si fuera un tema. Las dos heredaron un instrumento óptico y las dos terminaron apuntándolo al hombre que se lo había dado. Ese, y no la pérdida en abstracto, es el parentesco real entre los libros.
PUBLICIDAD
Si hay que elegir, elijo el de Helen Macdonald, con reservas. Es el más peligroso de los dos: no ofrece consuelo, no cierra, y la última parte que trata del regreso a la cordura, la vuelta al mundo humano está narrada antes que ganada, como si la autora se hubiera cansado de su propio abismo. Schulz nunca se descontrola y por eso nunca decepciona; también por eso, en “Perdido”, roza la conferencia. Pero “Y” es la pieza de pensamiento más original que produjo cualquiera de las dos, y lo que hace es sencillo y difícil: sostener que la felicidad privada y el desastre general ocurren juntos, sin jerarquía, sin que uno redima al otro. No es una idea consoladora. Es una idea exacta. Un detalle para terminar. Isaac Schulz se pasó la vida perdiendo cosas y después se perdió él. Alisdair Macdonald se pasó la vida fijando instantes y después desapareció en uno. Los dos oficios están en los libros de sus hijas como una firma que ellas no eligieron poner.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
El misterio de los espantos de Ornella Pocetti, en el MACBA
La artista porteña debuta individualmente con “Curada de espanto”, una muestra que reúne su obra reciente, mientras otras piezas tienen ‘cameos’ en la serie de Netflix “Moria”

Al reabrirse los archivos del pasado, una familia se enfrenta al oscuro pasado nazi de otra
Una mujer que obtuvo el expediente criminal de su abuela, una colaboradora, se ofreció a compartirlo con una familia judía que había sido traicionada. Luego se echó atrás y surgió una nueva disputa

Entrenar de madrugada entre llanto y dietas estrictas: la cara oculta de la industria musical más redituable del mundo
‘K-Pop Idols’ promete explicar el fenómeno musical coreano de alcance global. Lo más potente surge cuando se enfoca en el entrenamiento y el control de las agencias-factoría

Liadan Ni Chuinn, la autora irlandesa que nadie sabe quién es pero está triunfando
Publica bajo seudónimo, evita presentaciones y solo responde por correo. Mientras, su primer su libro de relatos, "Todos siguen aquí", suma premios y elogios

Gabriel Rolón abre un ciclo de charlas en el Día del Lector
El encuentro inaugural será el lunes 24 de agosto a las 15:00, se emitirá en vivo por YouTube, tendrá moderación de Ignacio Iraola y permitirá que la audiencia envíe consultas durante la transmisión


