Los colores de lo que somos y que el tiempo no borra ni cambia

Del Discóbolo de Mirón al collage de Juanito Laguna, del Unku Inca a los murales de Quinquela Martín, cada pueblo deja una firma que ningún disfraz disimula y ninguna frontera borra

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Juanito va a la fábrica - Antonio Berni Juanito Laguna
El arte transmite el origen de los pueblos y sostienen símbolos que se repiten en la memoria colectiva

Entre el hilo, el hierro o la piedra, la contundencia de nuestras bases se puede intentar esquivar, pero siempre permanece. Más allá del lugar que habitemos, nuestro origen siempre será el mismo. Desde Grecia y Roma, hace 2500 años, la cultura habla en su arquitectura y en sus formas. El esfuerzo y el mérito de los primeros escultores se imprimió en el mármol, pero su eco se observa hoy en el cemento moderno, actual y cotidiano. De esa perpetuidad, donde héroes o ciudadanos ilustres fijaban su ubicación en la polis, llegamos hoy a la “efímera perpetuidad” de una selfie. Los tiempos han cambiado, pero algunos deseos y pasiones no; el andar nos describe donde quiera que vayamos.

En la gestación griega nacen el teatro y la comedia. En esos rituales, entre risas y tragedias, comenzaron a habitar múltiples variantes de perfiles y condiciones humanas. En las escenas, las máscaras reflejaban al poder y al pueblo. Los personajes y sus magníficos roles resultaban creíbles, y muchos, con la excusa del realismo crudo, llegaban a extremos abominables donde las muertes también daban función. Hace exactamente 2500 años, el mármol de Grecia inmortalizó esas búsquedas de pertenencia. Obras como el Discóbolo de Mirón, hacia el año 450 a.C., no solo retrataban la anatomía de un atleta, sino que fijaban el ideal de la polis: el esfuerzo y los resultados de una comunidad que se pensaba a sí misma a través del equilibrio, el cuerpo y la razón. Y fue allí, en esos entretenimientos grupales y no elitistas, donde la percepción y representación masiva y comunitaria comenzó a rodar. De ello es testigo el Mosaico romano de las Máscaras de la Tragedia y la Comedia; los actores se envolvían en un ropaje temporal para encarnar sus roles y, cuando el manto caía, cada uno volvía a su realidad.

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Discóbolo de Mirón
El Discóbolo de Mirón fijó en la Grecia clásica el ideal de la polis a través del equilibrio, el cuerpo y la razón (Foto: The Royal Photographic Society Collection / Victoria and Albert Museum, London)

Desde aquel teatro clásico, los mantos invisibles tuvieron un protagonismo descomunal. El mismo hombre era rey o mendigo según el escenario, su capa, su máscara o su egocéntrica necesidad. Hoy, el drama de la vida real, sin importar su magnitud, también sale a escena. Otros son los arquetipos: humoristas, políticos, actores, deportistas, líderes de fe o ciudadanos comunes, pero todos, desde Aristóteles hasta la fecha, sostenemos bases similares entre sombras que solo cambian de época pero mantienen sus formas. Son otros los festivales y la evolución, en parte, nos permite elegir. Miles de años después, las catarsis de Dionisio continúan latentes y de manifiesto, pero ya no requieren escenarios, teatros ni un horario puntual.

El viaje de la identidad humana no es una línea recta de pura herencia; es también una tensión constante entre el origen y el deseo de figurar. Existe un mal contemporáneo, silencioso pero profundamente arraigado, que afecta los vínculos sociales: el enorme derroche de energía que las personas realizan para simular una identidad ficticia. A menudo, empujados por la necesidad de encajar, los individuos se envuelven en un manto invisible y transparente, y diseñan personajes a la medida en circuitos determinados. Hay un esfuerzo desmedido por pertenecer a escenarios iluminados, por elevar el rango propio a cualquier costo. En esa carrera se cambian las apariencias, se impostan los gestos, se modula la voz y se funciona bajo el libreto de un rol que, más temprano que tarde, terminará resultando ajeno. Es un desgaste existencial profundo: el intento de habitar un disfraz que no pertenece. Por la noche, descansan los disfraces del día.

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La raíz de un pueblo es una fuerza de la física cultural. Intentar huir del origen o pretender anularlo es un truco con fecha de vencimiento. La herencia, tarde o temprano, emerge; aunque sea en un brote breve, en un modismo, en una reacción o en la memoria del cuerpo. Nadie puede ser extranjero de sí mismo para siempre.

Desde ritmos primitivos, también en la danza, el folklore y la música nos atraviesan puntos invisibles, y la expresión del movimiento nos recordará quiénes somos. Notas, colores y símbolos se guardan en la memoria, se respetan, se repiten y, en esa transmisión, les damos continuidad. Será difícil desmarcarse, pero es posible simular; cambiaremos los atuendos, la melodía o el baile, pero el tambor que da pulso al origen, como huella inevitable, siempre continuará.

Unku inca
El Unku Inca define la pertenencia, el linaje y la identidad frente a la homogeneización urbana

En la misma resistencia, con fuerza, las manos sostienen la geometría de los guardianes americanos. El Unku Inca de Tocapus, una túnica textil del siglo XV, es un libro hecho de hilos. Su patrón y sus pigmentos, extraídos de la tierra, son símbolos de linaje y pertenencia. Su geografía describe un pueblo y a sus caminantes. Siglos más tarde, esa misma necesidad de pintar el propio origen frente al avance de la homogeneización gris de las grandes urbes se manifiesta en las obras de Benito Quinquela Martín, en el siglo XX. Filomena Prima o sus murales en el barrio de La Boca muestran colores estridentes en barcos y chapas. No se trató de un capricho estético, sino de un acto de defensa del lugar, de sus inmigrantes y de la dignidad de una clase trabajadora que dejó su firma en la arquitectura en las cercanías de un puerto.

En sintonía con esa mirada, la pintura de nuestro siglo continuó interpelando la realidad a través de la enorme obra de Antonio Berni. A través de su icónica saga de Juanito Laguna, Berni utilizó la técnica del collage e incorporó los mismos materiales de desecho de los suburbios para representar la dura realidad y la inquebrantable dignidad de las periferias urbanas. Su obra es un espejo contemporáneo de nuestra identidad, la esencia construida con los retazos que se resisten al olvido. Como ejemplo imperecedero de ese sentimiento, la historia devuelve a los héroes reales en el campo de combate: en la Batalla de Vuelta de Obligado de 1845, soldados en flagrante inferioridad de condiciones que no soltaron sus escudos, sus colores ni su bandera frente a las potencias extranjeras. Al encadenar el río, defendieron la soberanía con sus cuerpos y sus banderas. Esa demostración de identidad es el patrimonio íntimo e innegociable de la esencia propia del ser, su patria e identidad. Héroes reales, sin capa.

Desde otro enfoque, crecer, migrar y asimilar nuevas culturas es parte de una cosecha actual que engloba y mueve. La conectividad permitió estas nuevas realidades y la identidad ya no es estrictamente territorial. Los verdaderos valores de los pueblos radican en la defensa genuina de su lugar original. No solo de la tierra que habitan; son las costumbres aprendidas y vueltas a predicar las que reivindican y contagian la cultura, recuerdan la historia y elevan a sus héroes cotidianos. Aquellos que en la oscuridad de las crisis no sueltan sus convicciones.

Todo se esculpe, teje y canta cada día en el andar. Las acciones delatan y exponen la salud social. Continentes, países, pueblos y hasta el equipo local llevan su pertenencia en un escudo, lo elevan y lo defienden más allá de cualquier adversidad. Somos seres en comunidad. En el propio o en un nuevo sitio, cada marca será valiosa e inevitablemente original. Actos masivos nos encuentran sin preguntar y cada uno reconocerá su bandera, aunque la intente ocultar. Como las antiguas columnas, la historia se sostiene fuerte en la modernidad, sin revisar distancias o verticalidad, pues no hay valor más importante que caminar despojados de mantos ficticios, con buenos valores y honestidad total. Somos la historia que nos precede, impresa en la vida que llevamos hoy, donde quiera que estemos.

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