
¿Qué es un padre? Esta una pregunta que no solo se hacen los psicoanalistas –a través de lo que escuchan de sus pacientes–, sino también muchos escritores.
La cuestión del padre es un tema literario fundamental. Desde La Odisea, que en sus cantos habla de un padre errante (Ulises) y un hijo (Telémaco) que espera, hasta La invención de la soledad, de Paul Auster, se constata que, que narrativamente, el padre muerto es el de mayor eficacia simbólica.
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En los últimos años, son cada vez más las novelas sobre la muerte de la madre; sobre el duelo imposible con que compromete. Esta inclinación hacia la madre, sobre todo por parte de escritoras mujeres, parece haber desdibujado el rol de padre. Ya no son tiempos en que las escritoras privilegien el ajuste de cuentas con el deseo del padre.
Un cuento emblemático de este ajuste es El amante de los caballos, que Tess Gallagher publicó en 1981. El párrafo final es de una elocuencia intolerable:
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“…hablé con mi padre como podría hablarse con el océano o con el viento, contándole con aquel manido acompañamiento que también estaban en mí los ritmos de la inmensidad en que estaba a punto de entrar. Y que no estaba solo. Y que yo le permitía irse. Que hasta entonces me había negado a reconocer el infame mundo de los bailarines y los borrachos, de los jugadores y amantes de los caballos, que con toda probabilidad era el mío. Pero a partir de aquella noche me juré entregarme de lleno al primer deseo sucio que se apoderase de mí. Sumergirme en el corazón de mi vida y perderme sin piedad y para siempre.”

¿Qué es un padre? Sin duda no es un ideal. Que un padre pueda ser un deseo sucio y, al mismo tiempo, constitutivo, es algo que escandaliza. En nuestra sociedad, el padre debe ser un ejemplo. Cualquier mácula lo vuelvo sospechoso. Quizá por eso cada vez menos hombres quieren tener hijos.
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El padre es, al menos, dos
Tal vez el núcleo de la dificultad a la hora de hablar del padre es creer en su unidad. ¿Hay “un” padre? ¿No puede ser el padre el velo de otra cosa?
Los psicoanalistas estamos al tanto de que los niños más desprotegidos, cuando el padre real no está disponible para darle cuerpo a alguna prohibición, se inventan una fobia con la cual tenerle miedo, por ejemplo, a un animal.
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Entonces, ¿el padre es para tenerle miedo? Jacques Lacan decía que un padre podía ser digno de amor y respeto, solo si era capaz de transmitir algún índice de la causa de su deseo. A veces el miedo es la suplencia de lo que no se hace llegar de modo mejor.
También el miedo a un padre encubre a veces que, más que ser temible, en el fondo se trata de que no se lo respeta. Y quizá porque tampoco es respetable. Lo cierto es que esto no solo depende del padre, sino de la posición del hijo.
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Estamos acostumbrados a pensar la figura del padre desde el punto de vista del hombre que encarna su función, pero no olvidemos que los padres existen porque sobre todo existen los hijos. Hay padres que son la soga que se hizo con un hilo.
Si no es en el ideal, ¿dónde buscar al padre? En sus síntomas. Una muy bella canción de la banda Pulp (A Little Soul) presenta muy bien esta cuestión:
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Ey hombre
¿Por qué tratas tan mal a tu mujer?
Esa no es la forma de hacerlo
No, no, no
No deberías hacerlo así
Podría mostrarte cómo hacerlo bien
Solía practicar todas las noches con mi esposa
Ahora se fue
Sí, se fue
Ves a tu madre y a mí
Nunca nos llevamos tan bien, ves
Me encantaría ayudarte
Pero todos me dicen que te pareces a mí
Pero por favor, no termines como yo
Te pareces a mí
Pero no eres como yo, lo sé
Tuve una, dos, tres, cuatro dosis de felicidad
Parezco un gran hombre
Pero solo tengo un poco de alma
Solo tengo un alma pequeñita.
Esta canción es la conversación de un padre con su hijo. Podría ser el dark side de otra canción clásica: Father and Son, de Cat Stevens, en la que un padre prepara al hijo para lo que encontrará en la vida. Igualmente, ambas coinciden en un dejo de arrepentimiento.
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La vulgata psicoanalítica suele hablar del padre como norma, en el sentido de que este encarnaría la Ley (del deseo). Cualquier hombre que es padre sabe que ese lugar solo genera incomodidad; alcanza con que reprenda severamente al hijo para que la angustia caiga de su lado y el niño, al rato, esté jugando lo más bien.
La versión imaginaria del padre como legislador es más un anhelo materno, que como todo anhelo también cumple una función: “Ya vas a ver cuando llegue tu padre…” es mucho más un recurso narrativo que una realidad.
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Para contraponerse irónicamente a esta ficción, en cierta oportunidad Lacan parodió el regreso a casa definiendo al padre como “el boludo que trabaja” y que, cuando está frente a los hijos, solo reparte inequidades. Al final, nadie está conforme con su legislación.
El padre no es un ideal, tampoco una norma, sino un tropiezo y, al final de la jornada, una fuente de malentendidos.
Perversiones paternas
En la literatura argentina reciente hay dos retratos de padres que avanzan en la misma línea de lo que propongo.
Por un lado, la gran novela de Mariana Enriquez Cómo desaparecer completamente, de 2004, que narra la vida de Matías Kovac, un joven abusado por su padre, antes de que este se convirtiera a la religión evangélica.
Matías vive en una familia disfuncional, con un hermano mayor que se escapó a vivir a España; una hermana que se disparó y quedó deforme, luego de un incidente con un novio que cayó en un ajuste de cuentas por drogas; un sobrino desamparado y una madre a la que odia profundamente.

En cierta medida, todos se han ido, cada uno vive en su locura, mientras que Matías ve la tele y sufre dolores en el cuerpo que no sabe cómo tramitar. Lee los cuadernos que dejó su hermano, con letras de canciones y frases, pero ese idioma no es el suyo.
Asimismo, su condición de abusado lo deja en una posición inhibida y minusválida respecto de los otros. Abandona el colegio, no sabe cómo relacionarse con una chica, anticipa una compasión que lo humilla.
Lo más notable de la novela está en el momento en que, en busca de una salida, Matías va en busca de su padre y su nueva familia. ¿Por qué va a buscar a quien más daño le causó? La novela plantea una hipótesis incómoda: todos en la familia sabían lo que le ocurría a este joven, pero nadie hacía nada.
Por eso se entiende que el odio mayor de Matías esté destinado a la madre, a la que se podría calificar como “entregadora”. El padre es quien realiza el acto, pero la madre es quien lo permite. A lo largo de la novela, Matías piensa cómo matarla, la describe con los peores términos, deposita en ella una culpa fundamental.
De esta novela puede desprenderse un argumento que en psicoanálisis suele verificarse: la perversión atribuida al padre suele velar el desamparo materno; a veces un padre funciona como la pantalla sobre la que proyectar el abuso materno.
En segundo lugar, la primera novela de Selva Almada: El viento que arrasa, de 2012, en la que se cuenta la historia de un reverendo que viaja por las rutas argentinas con su pequeña hija.
Este es un gran relato para ver el contrapunto entre un padre ideal y su reverso. Por un lado, tenemos a un Padre con mayúscula –dado que se trata de un pastor– y, luego, tenemos al hombre. Un fragmento lo dice de manera explícita:
“Leni tenía sentimientos contradictorios: admiraba profundamente al Reverendo y reprobaba casi todo lo que hacía su padre. Como si no fuesen la misma persona.”

En un primer momento, la hija objeta al padre. Llegan a un parque en el que este había jugado de niño y la hija siente rechazo. El padre había tenido algo que ella no: infancia. Una vida en viaje, en camas de hoteles, de ciudad en ciudad, no es propicia para crecer.
Este último detalle no es anodino. A nadie le puede pasar desapercibido que la escena (un hombre, una menor, una ruta errática) es una cita a Lolita de Vladimir Nabokov. ¿Cuál es la perversión de este padre?
Justamente, encarnar el ideal de la misión. Tener siempre una respuesta para todo: “Es lo que Dios quiere”, como un modo de invocar a un Otro es la garantía para cualquier acto. Aquí la función encubridora del ideal es patente, como lo es en el caso de cualquier padre que –por el bien del hijo– se habilita la intromisión.
Por suerte, Leni encuentra cómo mentirle a este padre (por ejemplo, aunque el walkman tiene un casete de música cristiana, escucha la radio). No obstante, el planteo ya está hecho y es un contrapunto perfecto de la novela de Enriquez.

Más que buscar al padre perverso en aberraciones, mejor situarlo ahí donde parece que mejor cumple con su rol. Nada más perverso, por ejemplo, que el padre que –para que su hijo no esté sucio– le limpia la cola cuando ya tiene más de cinco años. En nombre de la pulcritud, mete mano y desconoce el goce que lo implica.
La sociedad entera siempre buscó a los perversos en situaciones extraordinarias, como si fueran unos pocos, como si la cultura misma no hubiera tenido un giro intrusivo sobre los cuerpos de los niños en diversas prácticas actuales de crianza.
Los nombres de mi padre
Un escritor necesita dos cosas para escribir una novela: una buena historia y la madurez suficiente para contarla.
Esta conjunción de elementos es lo que encontramos en Los nombres de mi padre, de Daniel Saldaña París. La nostalgia de Julio Cortázar, la solidez narrativa de Juan Rulfo y la ficción contrafáctica de Roberto Bolaño.
Un joven busca a su padre –uno que podría ser su padre biológico–, mientras su madre transita una enfermedad grave. La mujer le cuenta retazos de la historia de un amigo de la familia que, en cierto momento, desapareció.
No lo busca en cualquier momento. Viene de separarse de una relación amorosa. Ese camino en busca del padre se mide según el arco del inicio y el cierre de esa pareja:
“Mi relación con Fabiola Politi estaba condenada al fracaso porque yo no tenía la más remota idea de quién era o qué quería. Uno tiene que conocerse un poquito para amar a alguien plenamente, y yo siempre he sido tardío: apenas me estoy empezando a conocer ahora. Venir a Nueva York, buscar a Ángela Carnero, imaginar un padre distinto de aquel que conocí tiene que ver con eso. Para decidir quién soy, necesito fabricarme un origen.”
¿Quién puede tener un origen sin un padre? Toda la novela gira en torno a una frase que se lee en las primeras páginas: “La incógnita: mi propio origen”. Incluso hacia el final leemos que la primera intuición de la búsqueda de ese padre estuvo la noche en que todo empezó con Fabiola: “Historias que había oído distraídamente, casi con fastidio, y que solo en presencia de Fabiola me parecían de pronto interesantes, un mito originario que podía ofrecerle”.
¿Para qué sirve un padre? Para que un niño se convierta en adulto, para que un joven pueda enfrentar el misterio del amor. Desde el principio sabemos que la relación con Fabiola no funcionó, ¿qué es un padre? Una excusa para un duelo. No es curioso que la pareja llegue a su fin cuando un embarazo se pierde.
La intuición de la paternidad es uno de esos acontecimientos que pone a un hombre en un lugar diferente. Por eso muchos varones la rechazan, como si tener hijos fuera una decisión a la que se le puede decir que sí o que no. ¿Para qué se tienen hijos? Para dejar de ser a imagen y semejanza… de la madre:
“…siempre ha sido terca, incapaz de pedir ayuda. Este rasgo suyo me exaspera porque me reconozco en él (y en realidad solo me reconozco en las cosas que me molestan de ella, su forma de evadir cualquier tipo de confrontación, el refugio persistente en la ironía).”
Esta es una buena definición de hijo de una madre: el niño que incorpora todo lo que le molesta del otro como forma trunca de separación. Un hijo es un ser cobarde, también por definición: “A lo mejor cada vez que he creído seguir una corazonada en realidad estaba escapando de algo, cagado de miedo […] he sido un tibio, un pusilánime, que no me he atrevido a todo lo que la entraña me dictaba”. Más adelante, el narrador dice: “Siempre he lidiado con la ansiedad y el miedo entregándome a una actividad con visos de manía”.
¿Dónde se busca un padre? En lo desconocido, como forma de enfrentarse a un temor y a uno mismo. Luego de separarse de su pareja, el joven huye de la ciudad; se escapa a vivir en otro lugar, para coquetear con “la sensación de no tener pasado”. No es huyendo que se hace un duelo. Curiosamente, aquí surge la pista que lo pone en relación a otro prófugo.
Miguel Carnero fue un amigo de la familia, líder extravagante y comprometido en los más estrambóticos proyectos, que un día se fue sin dejar rastro. Dejó a una esposa y a una hija. Alrededor suyo solo hay leyendas. En la disparatada y alucinante reconstrucción de esta historia, importa el dato sobre la muerte del padre de Miguel:
“La muerte de un padre odiado no duele menos que la de uno querido, al contrario: sin esa figura paterna para contenerlo, el odio de Miguel se desparrama por el mundo […]. Miguel es un adolescente inquieto y curioso […] tiene quince años y su padre acaba de morir. (En esto, claro, me siento cercano a Carnero, creo comprenderlo aunque sea un poco: también mi padre, el que me crió, murió cuando yo tenía quince.)”
La muerte del padre de Miguel Carnero le permite desplazar su odio a una masacre que ocurrió en el mismo momento:
“No puede evitar ver una conexión extraña entre el asesinato de su padre y la masacre de estudiantes, ocurridos el mismo día en dos zonas de la ciudad radicalmente distintas, pero pensadas en papel por el mismo señor. Satélite y Tlatelolco. Investiga más sobre ese señor y se entera de que estuvo a cargo, también, de coordinar el proyecto arquitectónico de Ciudad Universitaria. A partir de entonces, Carnero se empieza a tomar más en serio sus estudios: quiere inscribirse en arquitectura en la UNAM.”
A partir de ese momento, como si fuera un deliro psicótico, Carnero se empecina contra los sustitutos de su padre muerto y comienza a escribir artículos que firma con el apellido de su madre. Esta novela es fabulosa para mostrar el derrumbe subjetivo que produce la falta de padre, así como la suplencia paranoide que motiva.
El joven buscaba a un padre y encuentra a un hijo apegado a la madre. ¿Él mismo? Volvamos a una frase junto a su madre enferma: “No me sentía listo para ser huérfano; deseé tener hijos propios para abrazarlos, para transmitirles en ese abrazo el miedo que sentí de golpe”. Entonces, ¿el hijo que no tuvo con una mujer, espera tenerlos con la madre y quedar identificado incestuosamente a la transmisión de un miedo?
El protagonista de esta maravillosa novela es alguien que se busca a sí mismo a través de un padre. Un desorientado, un hijo, un miedoso, como muchos, como todos en algún que otro momento de la vida. No tiene origen, sufre de tener una vida circunstancial:
“Y no una vida entera hacia el futuro, sino también hacia el pasado: en cuanto visito un pueblo, me imagino quién sería de haber nacido ahí, de haber pasado ahí toda mi infancia. Esa versión de mismo que surge de repente en la ensoñación me resulta tan atractiva que me dan ganas de encarnarla, de vivir como si fuera aquel otro.”
¿Qué nos salva de ser otros, de que yo sea otro? ¿Qué nos permite dejar de acumular versiones de uno mismo? Un padre. De nuevo, ¿qué es un padre? Una versión de uno mismo que no se la da uno mismo. Una versión que no surge de la identificación con la madre. Pero, ¿qué sabemos del padre que crió a Camilo (que murió a la misma edad que el de Carnero)?
“Una de las cosas que más claramente recuerdo de él era que le encantaba planear rutas, ayudarme a llegar de un punto A a un punto B de la ciudad en transporte público. A veces yo le preguntaba cómo llegar a cierto lugar, aunque era demasiado chico para ir solo, solamente por el placer que parecía sentir al idear el trayecto. Los ojos de mi papá se iluminaban de inmediato. […] Había un orgullo extraño en ese deambular sedentario; un orgullo que ahora, al recordarlo, me hacía pensar en la paternidad, como si ser padre implicase sentir placer al señalar una ruta que uno jamás seguiría por sí mismo.”
¿“Uno”? ¿El padre o el hijo? Este es el verdadero lugar del padre, ese que transmite un trayecto. No por nada Jacques Lacan se refirió al nombre del padre con la imagen de una “carretera principal” y, para ilustrar lo propio de la filiación, usó la expresión “Tú eres el que me seguirás”.
Esta es la historia de Camilo, un hijo que busca “algo que me haga revaluar mi vida, entender mis decisiones bajo una luz distinta”. Para reencontrar a su padre real (que no se confunde con el progenitor), necesita atravesar la versión imaginaria del padre (Carnero) para simbolizar la muerte, esa en la que podría quedarse melancolizado por presentarse como enfermedad de la madre.
Esta es la historia de un hijo que dejó de ser niño. Esa es la función elemental del padre, inscribir a un hombre en la cadena de las generaciones con la condición de convertirse en un sucesor. La búsqueda del padre es un extenso camino por el que se regresa al punto de partida –al origen–, pero de otra manera.
Quien encuentra a un padre, se encuentra a sí mismo.
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