El libertarianismo como familia intelectual y la disputa por sus límites de doctrina

El ensayo ‘Los individualistas’, de Matt Zwolinski y John Tomasi, ordena la corriente en tres tradiciones y seis rasgos compartidos, pero subraya que la divergencia interpretativa políticamente decisiva

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El libro del día: “Los individualistas”, de Matt Zwolinski y John Tomasi
El libro del día: “Los individualistas”, de Matt Zwolinski y John Tomasi

El ensayo Los individualistas traza, con una ambición doctrinal poco frecuente en la literatura filosófico-política reciente, un mapa del libertarianismo como familia intelectual. Matt Zwolinski, de la Universidad de San Diego, y John Tomasi, de Heterodox Academy, proponen una arquitectura conceptual que parte de seis “marcadores de pertenencia” compartidos por cualquier libertario: derechos de propiedad privada, libertad negativa, individualismo, mercados libres, escepticismo frente a la autoridad y la relevancia normativa del orden espontáneo. La premisa, sin embargo, no es la uniformidad: los autores advierten desde el principio que las diferencias de interpretación dentro de ese marco son la norma, no la excepción.

La segmentación que proponen Zwolinski y Tomasi distingue tres grandes familias. El libertarismo estricto agrupa a figuras como Ayn Rand, Murray Rothbard o Ludwig von Mises, cuya posición sobre el Estado y los derechos individuales no admite gradaciones. Una segunda línea, encabezada por Friedrich Hayek y Richard Epstein, corresponde al liberalismo clásico contemporáneo, menos absolutista en sus conclusiones prácticas. La tercera categoría, la más polémica, es la del “neoliberalismo”, donde los autores sitúan a Wilhelm Röpke, Frank Knight y Milton Friedman: pensadores que defienden la estructura de mercado frente al socialismo pero aceptan un papel estatal más amplio que el que tolerarían los libertarios de la primera fila.

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Un pasaje del libro aborda una pregunta que parece abstracta pero tiene consecuencias. ¿Qué ocurre con una propiedad que fue robada, confiscada o transferida de forma ilegítima hace décadas o siglos? Rothbard defendía que las víctimas —o sus descendientes— tienen derecho a recuperar lo que les fue arrebatado, sin importar cuánto tiempo haya pasado. Bajo esa lógica, las tierras expropiadas a comunidades indígenas en el siglo XIX o los bienes confiscados por regímenes totalitarios en el XX generarían obligaciones de restitución vigentes hoy. Frente a esa postura, una corriente más pragmática argumenta que la reparación solo es exigible cuando el despojo fue reciente y el conflicto aún puede resolverse sin desestabilizar el orden social. El desacuerdo no es menor: define qué tan lejos debe llegar un Estado —o su ausencia— a la hora de corregir las injusticias del pasado.

Murray Newton Rothbard
Murray Rothbard, el arquitecto del anarcocapitalismo: teórico de la propiedad absoluta y de la restitución sin prescripción

El libro recorre también la evolución del libertarianismo en tres olas históricas. Del radicalismo progresista del siglo XIX —donde el movimiento fue vanguardia en la oposición a la esclavitud y en la defensa de doctrinas igualitarias— se pasó al giro conservador del siglo XX, marcado por la aparición de los paleo-libertarios y por alianzas tensionadas con el conservadurismo de Estados Unidos. La fragmentación actual, entre la tendencia paleo, el liberalismo clásico y el anarquismo de mercado, cierra ese ciclo. Para Zwolinski y Tomasi, esa diversidad interna no es accidental: es “intrínseca” al fenómeno libertario.

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La posición del movimiento frente a la migración ilustra esa evolución con nitidez. La fórmula histórica —“libre comercio, libre migración y paz”— marcó un cosmopolitismo programático que va del siglo XIX hasta Hayek. La irrupción de los paleo-libertarios revirtió parcialmente ese consenso al defender la exclusión de inmigrantes en nombre de derechos comunitarios de propiedad, una posición que los autores documentan sin suscribir.

El libro dedica espacio considerable a los llamados Bleeding Heart Libertarians, una corriente que en español podría traducirse como “libertarios de corazón sensible”. Su propuesta es conciliar la defensa máxima de la libertad individual con preocupaciones de justicia social: aceptan, por ejemplo, que un mercado formalmente libre puede reproducir desigualdades graves si arranca desde condiciones de partida muy dispares, y que eso merece algún tipo de corrección.

Ayn Rand  Friedrich Hayek Milton Friedman
Friedrich Hayek, Milton Friedman y Ayn Rand, tres pilares del pensamiento liberal del siglo XX

Para Zwolinski y Tomasi, esta facción representa la renovación teórica más activa del libertarianismo reciente. La obra, con todo, recoge también la objeción que les dirigen sus críticos dentro del propio movimiento: al abrir la puerta a demandas de justicia distributiva, ese enfoque puede multiplicar los reclamos sin ofrecer un criterio claro para resolverlos, diluyendo la coherencia del programa libertario original.

Esta corriente dista mucho de lo que suele verse en la práctica política. Los gobiernos que se proclaman libertarios tienden a identificarse con el ala más dura del espectro —recorte del Estado, desregulación sin matices, rechazo a cualquier lógica redistributiva—, lo que convierte a los Bleeding Heart Libertarians en una rareza más académica que electoral.

Sobre el racismo, Zwolinski y Tomasi registran una paradoja que el movimiento no ha resuelto del todo. El libertarianismo decimonónico fue pionero en la oposición a la esclavitud. Rand y Friedman, en cambio, rechazaron en el siglo XX la prohibición coercitiva de la discriminación privada, lo que abre la pregunta de si persiste un punto ciego en la defensa de los derechos individuales ante el racismo estructural.

Ludwig von Mises
Ludwig von Mises, el fundador de la Escuela Austríaca moderna

En materia de anti-autoritarismo, el libro traza la línea que va desde Gustave de Molinari hasta el anarcocapitalismo de Rothbard y sus herederos contemporáneos, Roderick Long y Gary Chartier, quienes desarrollan variantes de mercado hostiles al corporativismo. En el extremo opuesto del espectro, Tyler Cowen ha defendido mayor capacidad estatal como herramienta de crecimiento económico, lo que ilustra el amplio rango doctrinal que la obra cartografía.

El libro sostiene que el apoyo libertario al mercado no equivale a una defensa irrestricta de las grandes empresas. Para los libertarios de izquierda, el intervencionismo histórico en Estados Unidos sirvió para proteger monopolios y restringir la competencia, un diagnóstico que comparten economistas clásicos menos radicales que ven en la “captura” regulatoria un fenómeno recurrente. Esa distinción es relevante para entender por qué el libertarianismo no se reduce a la defensa del poder corporativo, aunque la confusión persista en buena parte del debate público.

Una omisión que el lector atento registrará es la ausencia de Anthony de Jasay, cuya definición del liberalismo como “presunción a decidir individualmente cualquier asunto que permita una elección comparable a nivel individual y colectivo” habría enriquecido el mapa conceptual que Zwolinski y Tomasi construyen. El eje que los autores proponen —la tensión estructural entre decisión individual y decisión colectiva— es precisamente el terreno donde de Jasay ha trabajado con mayor precisión analítica, y su ausencia deja un hueco en la cartografía.

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