
El ensayo Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, del historiador francés Johann Chapoutot, examina el nombramiento de Hitler como canciller de Alemania en enero de 1933 para responder una pregunta que desborda el pasado: cómo una democracia avanzada como la República de Weimar fue destruida por decisiones de las élites, un problema que el autor vincula con el auge actual de la ultraderecha en varios países y con la deriva autoritaria de Estados Unidos bajo Donald Trump.
La tesis central del libro, publicado por Alianza, es que el ascenso nazi no fue inevitable. El partido de Hitler no tenía mayoría absoluta, estaba en descenso electoral y el canciller era designado por el presidente, de modo que su llegada al poder fue el resultado de una decisión consciente de dirigentes con poder político, mediático y económico.
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Ese es el punto que el ensayo responde de forma directa: los votantes no llevaron por sí solos a Hitler al Gobierno, fueron miembros de una élite “poderosa e irresponsable” quienes lo auparon porque lo consideraban una herramienta útil contra una hipotética revolución bolchevique y porque tampoco creían en la democracia.

Chapoutot, profesor de la Sorbona y especialista en nacionalsocialismo, ya había publicado La ley de la sangre y La revolución cultural nazi, ambos también en Alianza. En este nuevo ensayo, añade una lectura deliberadamente conectada con el presente, una apuesta que, de acuerdo con el texto fuente, provocó amplio debate en Francia.
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En el epílogo, Chapoutot formula ese puente con una frase citada en el texto fuente: “El lector contemporáneo habrá detectado sin duda algunas reminiscencias entre la actualidad y la Alemania de 1932. Son tantos que enumerarlos resultaría casi tedioso”.
El libro reconstruye una constelación de maniobras políticas, rivalidades personales e intereses de clase. Chapoutot escribe: “Es difícil imaginar lo que acontecimientos tan cataclísmicos como la llegada de los nazis al poder deben a cuchicheos, venganzas personales e intrigas de trastienda, fomentadas por personajes serviles y sin interés, que jugaban a la política de altura, hipnotizados por los oros y los espejos de sus despachos, apostando el destino de los demás”.
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Entre esos actores aparece Alfred Hugenberg, magnate de la prensa alemana en los años veinte y treinta, presentado en el texto fuente como una figura que puso su maquinaria mediática al servicio del impulso ultraderechista. El retrato lo acerca a propietarios contemporáneos de grandes medios, al describirlo como un precursor de millonarios como Rupert Murdoch.

El texto fuente también subraya lo que el libro no puede documentar por completo: la amplitud de la participación empresarial en el auge nazi. Esa zona opaca no responde, según el propio texto, a una ausencia de relevancia sino al hecho de que alguien se ocupó de borrar todos los documentos posibles.
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La reconstrucción histórica parte de un contexto de descomposición política y social. La República de Weimar vivía bajo una violencia endémica ejercida por nazis y comunistas, y la crisis de 1929 había llevado la pobreza a niveles extremos.
A ese cuadro se sumaban la derrota en la Primera Guerra Mundial y la humillación de las condiciones impuestas por los vencedores, factores que alimentaron un nacionalismo desatado y antisemita. En la Alemania de los años treinta, además, muy pocos partidos creían de verdad en la democracia.
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Esa combinación ayuda a explicar por qué el sistema quedó expuesto, pero no exime a quienes tomaron la decisión final. El libro insiste en que la historia pudo seguir otros caminos y no desembocar ni en la Segunda Guerra Mundial, ni en la muerte de millones de personas, ni en el Holocausto.
La lectura de Chapoutot dialoga con otros estudios recientes sobre el mismo periodo, como El fracaso de la República de Weimar, de Volker Ullrich, y The Death of Democracy. Hitler’s Rise to Power, de Benjamin Carter Hett. El rasgo distintivo de Irresponsables es que mantiene la atención sobre el presente sin caer en anacronismos.
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El propio Chapoutot resume esa persistencia histórica con otra cita: “Weimar es una historia tan viva que resucita a los muertos y nunca deja de plantear interrogantes en Alemania, incluso en todas las democracias que se enfrentan a su finitud”. Y añade: “Si la Gran Guerra dejó claro que las civilizaciones son mortales, el final de la República de Weimar demostró que la democracia también es perecedera”.
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