
Quince mil soldados volviendo a casa: derrotados, amputados, ciegos. Tras la batalla de Clidio del año 1014 donde el Imperio bizantino aplastó al Primer Imperio búlgaro, el emperador Basilio II decidió quitarle los ojos a todos. Pero a un hombre de cada cien le arrancó solo un ojo: los tuertos guiarán a los demás de regreso. Los esperaba el emperador búlgaro Samuel y el pueblo entero. Esta es la historia que cuenta El ejército ciego de David Toscana, con la que ganó el Premio Alfaguara de Novela de este año.
“En la ciudad se sintió más miedo que cuando esperaban un ejército invasor. Cerraron las puertas a cal y canto. ¿Eran ciegos o muertos? Transcurrieron noches silenciosas. Al fin los divisaron desde las torres. Ya vienen. La gente quería subir a las murallas. Mirar a aquellos desgraciados. Estaba prohibido", se lee en este libro que desde enero está en todas las librerías. ”Samuel subió a la torre oriental y desde ahí vio a su ejército ciego. Ordenó a los arqueros que no dispararan. Ordenó que abrieran las puertas“.
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“No cuento la historia de los ciegos, sino la leyenda de los ciegos”, dice ahora, del otro lado del teléfono. David Toscana llegó a Buenos Aires por Montevideo. Se tomó el Buquebús cuando estaba cayendo la tarde y a eso de las 20:30 ya estaba en el hotel. Al otro día, su encierro laboral: la burocracia de las entrevistas, como esta. Se tomó su tiempo. Ese día no fue a la Feria del Libro. Y si bien no la conocía, pateó esa odisea para adelante: ya habría tiempo de caminar los pasillos alfombrados del shopping literario.

Sus pies están acostumbrados a las calles de España, Polonia y México. Vive un poco en cada lado. México es su patria, nació en Monterrey, el suave corcoveo de su acento lo delata. Polonia, porque está casado con una polaca: pasa gran tiempo en Cracovia. Y España, porque su mundo de relaciones públicas literarias transcurre en Madrid: “una ciudad de muchos bares, mucho vino; me gusta mucho”. Va y viene. Un poco en cada lado. Pero ahora no, ahora está en Argentina. Vino a presentar El ejército ciego.
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“Comencé escribiendo sobre Monterrey y la región. Poco antes de irme, ya tenía alguna novela que ocurría en la Prusia Oriental. Después escribí sobre Varsovia, he escrito sobre Jerusalén, ahora escribo sobre Bulgaria. En vez de esta idea de ‘pinta tu aldea y pintarás el mundo’, me gusta más bien pintar el mundo para pintar mi aldea”, dice del otro lado del teléfono. Búlgara es la historia que reconstruye en El ejército ciego. “Me topo con la historia leyendo sobre la historia bizantina”, dice y echa a rodar la memoria.
“Al principio estaba interesado en la historia hasta que me di cuenta que no había nada, que era un terreno completamente virgen. Después de leer a un historiador polaco que decía que esto no era material para historiador, sino para novelista, me fui interesando en novelar la historia”, dice el autor de libros como El peso de vivir en la tierra, Olegaroy y La ciudad que el diablo se llevó, quien supo ganar, además del Alfaguara, el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa y el Premio Xavier Villaurutia.
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”Así como no hay ningún historiador que te diga qué pasó con los ciegos, tampoco hay historiadores que te digan que esto es mentira, que nunca ocurrió. En Bulgaria esto es una verdad tallada en piedra y cada niño búlgaro que va a la escuela aprende la historia de los quince mil ciegos“, comenta, y continúa: “Cualquier búlgaro que lea la novela sabrá que las cosas no fueron como yo las cuento. Entonces, sin existir esto, al final no cuento la historia de los ciegos, sino la leyenda de los ciegos”.
El ejército ciego pone el acento en lo estrictamente literario: la ficción. Si la cultura no siempre se apoya en la verdad —de hecho, la ficción es otra cosa, pero tampoco es mentira—, ¿cuál es el valor de las leyendas? ¿La forma más pura e intangible en que las sociedades se narran a sí mismas? “La leyenda siempre parte de un hecho real que se va deformando mientras se relata. La falta de escritura hace que de voz en voz se vaya cambiando, exagerando, torciendo”, comenta el autor mexicano.
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La escena de los quince mil ciegos volviendo a casa es muy poderosa. La novela la narra desde varios tonos, incluyendo humor y horror. “Si queremos ir a la historia, tenemos que imaginar gente que tiene hambre, que están enfermos, que se les infectan los ojos, que el pueblo no los quiere por derrotados, porque están en guerra y con los recursos muy limitados entonces se vuelven un estorbo. Si queremos ser realistas, tenemos una historia muy patética encima de la tragedia. Pero a mí me interesaba otra cosa”.

—Siempre es interesante ver cómo los lectores toman una historia, que en apariencia es atemporal, como esta, sobre todo de ficción, y la traen al presente. Cada contexto es diferente, con lo cual cada lectura también. ¿Pensabas, cuando la escribías, cómo iba a ser leída?
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—No mucho. Hay una trampa que funciona en la literatura: si no piensas, entonces sí tiene el efecto. En cambio, si piensas, sucede lo contrario. Y lo que me refiero con esto es que si yo me concentro en tratar de narrarte una historia que ocurrió hace más de mil años con personajes de hace mil años, con ciegos de hace mil años, entonces si lleva fuerza lo que tú narras, los lectores van a empezar a interpretar desde su presente o desde su experiencia. Alguien tal vez piensa en que Basilio II puede ser una especie de Trump, porque es su experiencia del presente. O como me ha dicho un argentino: ‘Ustedes conocieron otras formas de crueldad hace algunos años con las dictaduras’. Entonces la lectura no necesariamente es del presente, pero sí es de la experiencia del lector. En ese sentido, la novela también es un proceso de descubrimiento, tanto para el autor como para el lector: aspectos de la ceguera, la vida de hace mil años, las guerras. Nos pasa a todos cuando leemos una obra literaria: el autor nos invita a un mundo que antes no habíamos visto. Y uso aquí, por costumbre, el verbo ver cuando tendría que decir ahorita percibir.
—En ese descubrir mundos aparece una mirada política de la literatura. Están los que ven la lectura como refugio de la hostilidad del mundo, pero también están los que la entienden como una herramienta para enfrentar esa hostilidad. ¿Estás en alguna de estas dos casillas?
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—Sí, me gusta más la segunda. Las novelas, aunque sean ficciones, no son un escape de la realidad. Es más bien ponerte a cuestionar un montón de cosas, profundizar y usarlas como tabla de medir. No me atrevo a mencionar la palabra espejo porque no está reflejando exactamente las cosas, pero hay una forma de medir las cosas para considerarlas, reconsiderarlas, cuestionarlas. Y al final, aunque te cuente una historia en la novela, atrapas que los temas tienen que ver con la soledad, con el fracaso, con la guerra, con la violencia, con la venganza. Entonces, cuando metes estos temas generales en cualquier novela es cuando te da esta posibilidad de reflexionar, ver la vida de distinto modo y no escapar de la realidad, sino, tal vez, entenderla mejor. Es famosísimo el ensayo de Vargas Llosa de La verdad de las mentiras, de cómo las ficciones te cuentan algo verdadero. La novela tiene que ser un objeto filosófico para comprender un montón de cosas. No, no digo que todas las novelas: hay novelas que son así, ligeritas, te hacen pasar el tiempo y no te dejan mucho. Pero creo que las novelas que recordamos, los clásicos que leemos y releemos, son los que nos ayudan a interpretar la vida y a filosofar, porque la filosofía es hacerte una serie de preguntas acerca de la existencia, de todos estos elementos que componen lo que llamamos condición humana.
—Hoy es bastante común pensar a la literatura en términos de nostalgia, de un mundo analógico, en papel, con tiempo para leer, etcétera, etcétera. Pero noto en tus palabras algo más ligado a la esperanza, en el sentido de que la literatura quizás pueda alumbrar nuevas posibilidades de mundo...
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—Sí. Es obvio que le he dedicado la vida a la literatura porque he encontrado algo maravilloso en ella. Primero, muchos años como lector y ahora como lector y escritor. Entonces, para mí la literatura tiene que estar en el centro de toda educación, de toda formación del ser humano. Y más allá de las herramientas básicas de la vida, muchos la entienden como una de las artes. No solo como una herramienta para formar, para crear instrumentos mentales como el lenguaje, la memoria, el pensamiento crítico y tantas cosas, por lo que tendría que estar en una escuela. Pero hay algo que desde la antigüedad maravillaba acerca de la literatura, por eso le llamábamos una de las bellas artes: es su belleza, su intensidad. No me quiero poner cursi, pero yo a veces lloro leyendo. Y no lloro porque me cuenten algo triste, sino porque hay mucha intensidad, hay mucha belleza. Lo que los griegos llamaban lo sublime. Yo te hablo de uno de mis amores y a veces uno no sabe explicar por qué ama lo que ama. Pero vaya que es apasionante meterte en este mundo.
La entrada, los horarios, los días
Entrada: El precio de la entrada a la Feria del Libro de Buenos Aires es de $8.000 pesos de lunes a jueves y de $12.000, los viernes, sábados y domingos.
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Con esa entrada, el visitante recibirá un chequelibro con el que podrá obteber descuentos en librerías cuando termine la Feria.
Ingreso gratis: De lunes a jueves desde las 20.
Fecha: La Feria continúa hasta el 11 de mayo.
Horarios: De lunes a viernes de 14 a 22. Sábados, domingos y feriados, de 13 a 22.
Dónde: En La Rural, Av. Sarmiento 2704; Av. Cerviño 4476 y Av. Santa Fe (Plaza Italia), C. A. B. A.
Fotos y video: gentileza prensa de Antonio Lorente y Edelvives.
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