
Hoy es el Día Mundial de la Obesidad. Desde 1990 se duplicó en adultos y se cuadruplicó en niños y adolescentes. Las alarmas suenan por todos lados. Por eso, es necesario pensar el asunto en profundidad.
Obesidad es el último libro de Virginia Busnelli, donde esta médica especializada en nutrición ofrece una perspectiva multidimensional sobre una de las principales condiciones de salud de la actualidad, enfocándose en una visión integral y centrada en las personas. A lo largo de sus páginas, Busnelli une el conocimiento científico, la historia de la obesidad y su experiencia en el ámbito clínico para brindar herramientas conceptuales tanto a profesionales de la salud como a lectores que deseen profundizar en este problema.
La autora describe los mecanismos biológicos implicados, analiza los últimos avances médicos y aborda los enfoques terapéuticos modernos, permitiendo entender la obesidad más allá del peso corporal. El libro destaca por su claridad expositiva y aborda de manera respetuosa la realidad de quienes conviven con la obesidad, proporcionando recursos útiles para comprender, actualizar y acompañar en el marco de la medicina actual.
Busnelli nació en Luján siendo, en sus propias palabras, “mamá y médica”. Es autora de libros como ¿Es estrés o tu tiroides? y ¿Cuánto te pesa tu peso?. A continuación, un fragmento de Obesidad.

Capítulo1: De Hipócrates a Platón (fragmento)
Para adentrarnos en la historia de la obesidad como concepto médico, debemos remontarnos a la Antigua Grecia, en el siglo V a.C., una época en la que el pensamiento racional comenzó a transformar el mundo y los primeros intentos de sistematizar el conocimiento médico tomaron forma. En este contexto encontramos a Hipócrates, una figura central en la medicina antigua y a menudo considerado el “Padre de la Medicina”.
Hipócrates nació y desarrolló su práctica en la isla de Cos, en el mar Egeo, ubicada en la actual Grecia. Este territorio, junto con otras polis griegas, fue una cuna de conocimiento, donde los primeros filósofos y científicos buscaron entender el mundo a través de la observación y el razonamiento en lugar de atribuir los fenómenos naturales exclusivamente a causas divinas. La medicina hipocrática fue revolucionaria para su tiempo, ya que buscaba explicar las enfermedades como desequilibrios en el cuerpo humano, en lugar de castigos de los dioses.
En su obra, Hipócrates no solo se dedicó a registrar síntomas y tratamientos, sino que también hizo observaciones sobre el cuerpo humano, su constitución y cómo estas influían en la salud de las personas. En una de sus afirmaciones, Hipócrates señaló que “las personas que tienen una tendencia natural a la gordura suelen morir súbitamente y mucho antes que las delgadas”. Esta frase, de apariencia simple, encierra mucho más de lo que parece y nos permite entender cómo ya en esta época comenzaban a esbozarse ideas sobre la salud, el peso corporal y las implicancias de estos factores en la vida y muerte de las personas.
Primero, notemos cómo Hipócrates introduce el término “gordura” para describir una característica física. En un tiempo donde el conocimiento científico era limitado y las herramientas de diagnóstico inexistentes, la obesidad era observada desde una perspectiva meramente externa. A las personas con mayor corpulencia se las veía distinto. Esto supone uno de los primeros registros que asocia la obesidad a una condición médica desfavorable, con un pronóstico preocupante.
Hipócrates no solo hace esta observación, sino que establece una comparación directa: las personas “gordas” tienen una expectativa de vida menor y una tendencia a morir súbitamente, en contraste con las “delgadas”. Aquí nace una diferenciación, una separación conceptual entre cuerpos considerados saludables y cuerpos considerados en riesgo.
Esta visión marca un precedente: introduce una perspectiva de la obesidad basada en la comparación, en la distinción entre tipos de cuerpos y en la asociación de ciertos parámetros físicos con consecuencias de salud negativas. El enfoque, aunque rudimentario, contribuyó a una visión estigmatizante que ha perdurado a lo largo de los siglos. A través de la comparación entre personas gordas y delgadas, se establece una especie de “norma corporal” que, por primera vez, identifica a un grupo como predispuesto a la enfermedad y la muerte súbita. Así, el concepto de “gordura” pasa a ser no solo una característica física, sino un marcador de riesgo, lo cual contribuye a que, con el tiempo, la obesidad sea percibida como un defecto en el individuo.
Es importante entender que, en esa época, las observaciones médicas de Hipócrates y otros pensadores se basaban exclusivamente en la observación directa, sin el respaldo de herramientas diagnósticas modernas ni una comprensión profunda de la fisiología. Sin embargo, debido a la gran influencia de figuras como Hipócrates, sus conclusiones fueron tomadas como verdades, estableciendo un marco que perduraría a través del tiempo. Su perspectiva no solo influyó en sus contemporáneos, sino que se consolidó en el pensamiento médico occidental, dejando una huella en cómo la sociedad entiende la obesidad y la relaciona con una serie de características negativas, tanto físicas como morales.
De esta manera, el estigma en torno a la obesidad no es una construcción moderna; tiene raíces históricas profundas. Este estigma ha sido reforzado y perpetuado a lo largo de los siglos debido a la autoridad de estos primeros médicos, cuya palabra era incuestionable en su tiempo. La idea que establece a la gordura como sinónimo de fragilidad y riesgo se extendió y asentó en el pensamiento médico y popular, creando una visión limitada y prejuiciosa que aún hoy debemos cuestionar y reeducar.
Así, esta introducción histórica nos permite comprender cómo se fue gestando una visión simplista y parcial de la obesidad, basada en conceptos y observaciones antiguas que hoy, con el avance científico, reconocemos como insuficientes. La intención de revisar estas ideas es ofrecer un contexto para entender de dónde provienen ciertos estigmas y creencias y cómo nuestro papel como profesionales radica en desarmar esas nociones y construir un enfoque basado en la evidencia científica y en el respeto hacia las personas que viven con obesidad.
Avanzando en nuestra línea de tiempo histórica, nos encontramos con Platón, otro pensador clave de la Antigua Grecia, también en el siglo V a.C. Como se sabe, Platón fue discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, y su influencia abarca no solo el campo de la filosofía, sino también la política, la ética, la educación y, de manera indirecta, el pensamiento sobre el cuerpo y la salud. Nació en Atenas, una de las ciudades más prósperas y culturalmente avanzadas de la época, donde desarrolló la mayor parte de su obra y su filosofía.
A diferencia de Hipócrates, que se dedicaba al estudio de la salud desde un enfoque clínico y práctico porque, ante todo, era médico, Platón se centró en una búsqueda filosófica de la verdad, tratando de explicar la naturaleza humana y el universo mediante conceptos abstractos. Su método de enseñanza y pensamiento se basaba en la dialéctica y el uso del diálogo como herramienta para explorar ideas complejas. Platón fundó la Academia, la primera institución educativa formal de Occidente, en la que no solo se enseñaba filosofía, sino también matemáticas, ciencias y lo que él consideraba la ética y la moral en relación con la vida cotidiana.
En ese sentido, aunque no era médico, sus ideas influyeron en la forma de pensar sobre el cuerpo, la mente y su relación con el entorno.
En una de sus reflexiones, Platón asoció la corpulencia aumentada con la alimentación abundante y la delgadez con el ejercicio. Esta simple observación se convierte en un antecedente importante en la historia del pensamiento sobre el cuerpo y la salud, ya que establece una relación directa entre ciertos hábitos y las características físicas visibles de las personas.
Así, Platón introduce la idea de que la corpulencia se debe al consumo de alimentos en exceso, mientras que quienes mantienen una contextura delgada se mueven más o practican más ejercicio físico. Esta visión introduce dos conceptos que, hasta el día de hoy, influyen en la percepción social de la obesidad: por un lado, la idea de que la alimentación está íntimamente ligada a la apariencia física y, por otro, la noción de que el movimiento, la actividad física, se relaciona de forma directa con la delgadez y, por ende, con la salud.
Platón establece una especie de dicotomía entre la alimentación y el ejercicio, una relación que sigue siendo central en el discurso actual sobre el peso y la salud, aunque hoy sabemos que las causas de la obesidad son mucho más complejas.
La influencia de Platón no debe subestimarse, ya que sus escritos no solo formaron parte del pensamiento de la época, sino que sus ideas se difundieron ampliamente y, en muchos casos, se interpretaron como verdades absolutas. La concepción simplista de que “el comer mucho conduce a la gordura” y que “el ejercicio lleva a la delgadez” ha marcado durante siglos la manera en que las sociedades perciben y juzgan el cuerpo humano.
En otras palabras, al reducir el peso corporal a una cuestión de hábitos, como la alimentación abundante o el ejercicio, se sientan las bases para un estigma persistente que señala a las personas con mayor corpulencia como responsables de su condición. La observación de Platón fue interpretada con frecuencia como una sentencia: aquellos que son “gordos” lo son por un exceso, por una falta de moderación, mientras que los “delgados” representan la virtud del autocontrol y el esfuerzo físico.
Es importante considerar que, en la Antigua Grecia, estos conceptos se valoraban como virtudes cardinales. Platón, influenciado por esta moral de su tiempo, probablemente consideró que los cuerpos delgados representaban esas virtudes, así como la templanza y la armonía de las formas, también muy valoradas. En cambio, la gordura se asociaba con un defecto, una señal de indulgencia, desmesura o falta de disciplina.
Así, el juicio sobre el cuerpo se convierte en un juicio sobre la moralidad y el carácter de las personas, un aspecto que todavía sigue presente en el estigma moderno hacia la obesidad, que no surgió de un conocimiento médico o científico profundo sobre el metabolismo, las hormonas o la genética, sino más bien de observaciones externas que carecían de bases empíricas, pero que, por la autoridad de figuras como Platón, se fueron convirtiendo en dogmas.
Aunque sorprenda, hoy en día, a pesar de los grandes avances científicos ―han transcurrido más de 20 siglos―, esta relación simplista entre el peso y los hábitos individuales de comer y hacer ejercicio sigue siendo el enfoque principal en la percepción popular de la obesidad. Vemos que en las redes sociales, en los medios de comunicación y en la sociedad en general, persisten mensajes que refuerzan esta idea, como si el peso corporal fuese una consecuencia directa de la voluntad y de las elecciones individuales de las personas.
Esta visión no solo ignora la influencia de factores biológicos, psicológicos y ambientales en la obesidad, sino que también alimenta un estigma que impacta profundamente en las vidas de quienes viven con esta enfermedad.
El propósito de analizar estas raíces históricas es comprender cómo se fue realizando el trazado del estigma y cómo ha sido reforzado a lo largo del tiempo. Así, podemos contextualizar la lucha actual contra las percepciones estigmatizantes y la importancia de promover una visión basada en evidencia científica.
La obesidad, hoy lo sabemos, es un fenómeno complejo y multifactorial que no puede reducirse a una ecuación entre calorías ingeridas y calorías gastadas. Sin embargo, al explorar los orígenes, entendemos por qué el cambio en la percepción pública y en la práctica médica es un desafío.
Como profesionales de la salud, nuestra responsabilidad es desmantelar esos prejuicios históricos y trabajar hacia un enfoque que realmente respete la complejidad de esta enfermedad y, sobre todo, a las personas que viven con ella.
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