
Ricardo M. tiene 59 años, nació en General Ramírez, Entre Ríos, y es ginecólogo y obstetra. Nos escribe para contarnos su historia de amor sin final feliz. Los hombres, a veces, confiesan con más sinceridad que las mujeres los deslices, las desilusiones y los miedos. Este es el caso. Vamos a enterarnos de la vida de Ricardo, que según cuenta terminó siendo médico por pura casualidad.
Resulta que al terminar el secundario tenía que decidir qué carrera seguir, pero sus padres no tenían un peso para pagarle un departamento en la ciudad donde estudiara. Su mejor amigo había anunciado que haría medicina en Rosario y sus padres le iban a alquilar un departamento allí. Fueron ellos quienes le ofrecieron a Ricardo algo tentador: si estudiaba con su amigo, podrían vivir juntos bajo el mismo techo sin que él tuviera que poner dinero. Esa oferta decidió su vocación y terminó convirtiéndose en la bisagra de sus desvelos amorosos.
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La carrera y la familia
Unos años después, Ricardo aprovechó que un hermano suyo vivía en Buenos Aires y partió a la gran ciudad, temporalmente. Iba de oyente a la facultad y hacía guardias en el hospital de Vicente López. Fue por entonces que conoció a Lucía, la amiga de la amiga de un amigo, una chica que era docente. El amor no se hizo esperar. Se pusieron de novios, terminó de estudiar y decidió quedarse, haciendo la residencia en ginecología, en el Hospital Posadas. Se casaron.
“En tercer año de la residencia Lucía quedó embarazada y nació Julia, mi hija mayor. En un momento me hartó la enloquecida vida porteña. No quería perderme la crianza de mi hija y le propuse a Lucía volver al pueblo de donde era yo. Lucía era muy católica, pura empatía e irradiaba optimismo, todo le venía bien. Desde el minuto uno dijo que sí. Fue increíble porque llegamos y la que se insertó de inmediato fue ella, que no era del lugar. Consiguió trabajo y comenzó a estudiar historia. A mí me costó mucho más que a ella que me abrieran las puertas de los centros médicos”, admite.
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Se convirtieron en un matrimonio reconocido en la localidad y al que le iba bien. Tuvieron un segundo hijo, Ramiro y, luego llegó la tercera, Candela.
La vida pintaba fácil y próspera.
La suerte cambia de bando
“Todo venía perfecto. Mi ascenso como ginecólogo de pueblo fue exponencial. Los dos trabajábamos muchísimo. Éramos felices y nada podía anticipar lo que me estaba por pasar”, relata con una dosis de suspenso.
Fue un día de esos de calor, de una tranquilidad pasmosa y donde no vuela una mosca, que a Ricardo se le voló la vida. Y perdió la cordura.
“Esa tarde apareció una paciente nueva en el consultorio: Laura. Vivía en el pueblo, pero jamás la había visto. Apenas traspasó la puerta me deslumbró. Cara aindiada, muy bella y decidida. Venía enojada con el obstetra anterior porque la había colgado al momento del parto de su primer hijo. Se había sentido abandonada y por eso había pedido turno con otro profesional. En ese momento tenía poco menos de tres meses de embarazo”.
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Ricardo quedó muerto por ella desde el minuto cero. Ella volvió a los controles con puntualidad. Y, también, se veía encandilada con el médico. Ambos sentían una revolución en el estómago cuando llegaba el momento de la cita médica.

“¿Cómo podía ser que me pasara esto con una mujer embarazada?”, se cuestionaba Ricardo, “La emoción que sentía me conmovía. Y ella también sentía cosas, aunque yo no lo sabía todavía. ¡De golpe me había enamorado de una paciente que esperaba un hijo! Es muy difícil de entender y no juzgar. Laura tenía nueve años menos, una mirada impactante y una forma de hablar que evidenciaba su fuerte carácter. No quería que el obstetra volviera a abandonarla y, por supuesto, ¡no lo hice! Desde el primer día me dejó en claro que el embarazo lo iba a manejar ella, no yo. Me hacía gracia lo preguntona que era. Me sentía sumamente cómodo en su presencia. Me fui enamorando sin remedio y no lo negué: enseguida me di cuenta de lo que me estaba pasando. Lo increíble es que, hasta ese momento, yo estaba muy bien con mi mujer. No teníamos problemas, nos queríamos. La pasión por Laura fue algo que irrumpió en mi vida sin pedir autorización a mi mente ni cuerpo”, confiesa.
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Amor interrumpido
El bebé de Laura nació sin problemas y ellos se aguantaron las ganas que asomaban a sus ojos y a sus manos. Sin decir nada, sin dar un paso en falso.
Ricardo tuvo que inducir el parto porque se atrasó el nacimiento. Lo único que le importaba era que todo saliera bien. Se sentía exigido.
Impecable. Incluso tuvo que hablar con el marido de Laura, que nunca la había acompañado a ningún control.
Fue una vez nacido el bebé que él sintió que todo podía acabar. Ya no habría excusas para verse.
“Me dije: bueno, ¿cómo sigue esto?,¿ya está? El bebé había nacido, mi trabajo había terminado. ¿Se acaba esto que estoy sintiendo? Bueno, eso pensé. En unos días me iría de vacaciones con mi familia y se me aclararía la cabeza”, recuerda.
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Fue un mes después del nacimiento que lo que estaba tensando el aire cada vez que estaban juntos, se consumó.
Ricardo volvió de sus vacaciones. Era un domingo al mediodía y estaba en su casa, haciendo el asado, cuando lo llamaron del hospital. La enfermera le dijo que una paciente suya había ido con una infección urinaria. Se llamaba Laura y preguntaba por él. Ricardo largó todo lo que estaba haciendo y partió rumbo al hospital.
“Ese mismo día comenzó nuestra historia de amor. ¡No tenía ninguna infección! Era un cuento que se había inventado para ir a verme. Cuando vi que no había síntomas de ningún cuadro infeccioso, tomé coraje porque era obvio que se había buscado la excusa para encontrarnos. No había casi nadie en los consultorios por ser domingo. Fue incontenible. Di el paso y nos besamos. Comenzamos ese día a vivir una pasión clandestina. Con el correr del tiempo, todos en el pueblo se fueron enterando. Era imposible esconderse tanto. Todos, menos mi mujer, claro. Yo para esta época ya era un médico de cierto renombre y Laura trabajaba en un local de ropa. Nunca le había sido infiel a Lucía, mi mujer, y eso que oportunidades nunca me habían faltado. Era la primera vez y me había enamorado. El marido de Laura se enteró al poco tiempo. Ella, a los nueve meses de estar saliendo a escondidas, se animó a dar el paso: se separó. Fue valiente; yo, en cambio, fui un cobarde. A mi mujer la quería todo el mundo y a mí me habían empezado a ver como el hdp, el turro del pueblo. Me costaba aceptar ese papel”.
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Pasó casi un año y medio más hasta que Ricardo tomó coraje y decidió que debía decir la verdad y separarse de Lucía. Pero no llegó a hacerlo, porque en esos días continuó un poco con su doble vida amorosa y pasó lo que le cambiaría la vida a todos.
“Una noche antes de dar el paso, estábamos en la intimidad, admito que seguía con mi doble vida, y me di cuenta de que había algo raro. Una de sus mamas la tenía inflamada y roja. Soy ginecólogo, es a lo que me dedico. Le pregunté, la revisé y noté que era el inicio de algo serio. Al día siguiente, hicimos más análisis y te la hago corta: mi mujer tenía cáncer de mama inflamatorio, uno que es súper agresivo y se disemina rápidamente. Por cómo estaba todo, su sobrevida podía ser de un año como máximo”, revela.
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La enfermedad que golpeó a su mujer era como una maldición: justo algo relacionado con su profesión, justo cuando le iba a dar la mala noticia de la separación.

Ahora, en esta situación, ya no podría decirle nada.
“Lo primero que pensé es que estaba loco, no podía ser que tuviera eso. ¡Nunca había tenido un caso así! Lo sabía de los libros. Es entre el 1/5 % de los cánceres de mama. Todo lo hicimos muy rápido. Lo que tenía Lucía era inoperable. La llevé a Rosario y a todos los sitios que hizo falta. Consultamos en Europa. Hizo quimioterapia y radioterapia. Pero no funcionó. Enseguida hizo metástasis en los pulmones. Sufrió mucho y solamente vivió unos diez meses más. Fue la etapa más dura de mi vida sabiendo que ella se moría, que me quedaban tres hijos y que no podía ver a Laura. Era un infierno”, relata. “Además, sentía mucha culpa por la especialidad que tengo. Se moría de algo que yo debería haber sabido antes… aunque sé perfectamente que enterarme unos meses antes no hubiese cambiado el pronóstico. Es un cáncer de aparición brusca y que enseguida da metástasis. Ahora hay más tratamientos, pero en aquel entonces no”.
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Con Laura, durante esos meses nefastos, hablaron un poco, pero no se vieron.

La severa mirada del pueblo
“Lucía murió y a los meses reinicié mi relación con Laura de una manera más abierta. En el pueblo, yo ya estaba señalado, era tremendo sentirse así. Ya me habían condenado. La única que siempre me había apoyado era mi madre y fue una de las pocas personas que supo que yo estaba por anunciarle a Lucía que me quería separar”, cuenta Ricardo.
Al principio, no convivieron. Pero con el paso del tiempo terminaron haciéndolo. Se instalaron juntos.
Los hijos de Ricardo ya eran más grandes, pero no aceptaban la relación, la cuestionaban: “Mis hijos seguramente se enteraron de que yo salía con ella por comentarios de la gente del pueblo. Alguien se los debe haber dicho. Ellos nunca me vinieron a encarar. No era que la trataban mal a Laura, pero cuando empezamos a salir mis chicos la ignoraban. La convivencia fue buena al comienzo, pero estábamos un poco encerrados por la mirada del resto sobre nuestra historia. Aun así la vivimos con intensidad y fue una muy linda época. Un poco más adelante en el tiempo, yo la ayudé para que se independizara y pusiera su propio local de ropa. Le fue muy bien. Empezó a tener ingresos y la necesidad de relacionarse con más gente. Yo, en cambio, estaba más retraído y no quería salir tanto. Me había vuelto para adentro, poco conversador. Al revés que ella, que comenzó a tener mucha vida social. Nuestros estados de ánimo no coincidieron. Además, ocurría que Laura era sumamente celosa y yo ¡con la profesión de ginecólogo! Era todo un problema. Ella se molestaba porque las pacientes me saludaban en todos lados. En un pueblo chico hasta en el supermercado me encontraba con mujeres que había atendido. Eso la fastidiaba y me terminó retrayendo mucho, porque salir era para buscar problemas. ¡Eran celos totalmente infundados! Pero bueno, ella creyó que yo la engañaba y decidió separarse”.

Está claro que el comienzo clandestino de su propia historia influía en la percepción de Laura y le disparaba sus miedos a la infidelidad.
Estuvieron 15 años juntos, sin engaños ni trampas. Pero la relación se desgastó y la pasión dio lugar a otra dinámica. La historia se quebró.
Los hijos no perdonan
La mala relación de Laura con los tres hijos de Ricardo también conspiró contra la pareja: “Lo cierto es que mis hijos nunca me perdonaron mi historia con ella. Asociaron siempre el romance con la enfermedad de su madre. Después de que Laura me dejó fue todavía peor. Quedé muy mal anímicamente y tomaba varios remedios. Una semana después, un día de diciembre, choqué con un camión en la ruta. ¡Le c… las fiestas a todos! Estuve un mes en terapia intensiva y, después, casi cuatro meses en un centro de rehabilitación. Tuve que volver a aprender a caminar y a comer. También perdí temporalmente la vista de un ojo y tenía un lado del cuerpo medio paralizado. Por suerte, con empeño, me recuperé bastante bien. Al salir, decidí dejar la profesión y el consultorio. Comencé a hacer auditorías médicas. Después de este accidente mis hijos le tomaron todavía más rabia a Laura. Intentamos retomar la relación, pero no funcionó. Por ella, te aclaro, porque yo la sigo queriendo. Ahora, Laura ya volvió a rearmar su vida y tiene una nueva pareja. Así que ya está, tiempo pasado”.

¿Qué creés que hicieron mal?, es la pregunta.
“Creo que quizá estuve un poco deprimido justo cuando a ella le había empezado a ir bien. No supimos dialogar. Faltó charla. Eso es. Había cambios que deberíamos haber hablado, pero bueno, escribir las noticias con el diario del lunes es fácil. Hago terapia cada quince días y siempre descubro cosas. Me hace muy bien. Te reconozco que siempre me sentí mal por haber engañado a mi mujer, la aparición de Laura fue totalmente disruptiva en mi vida. No era algo que yo buscara. Me enamoré. Hoy estoy solo y este final no me gusta, pero lo acepto. Uno toma decisiones y a bancar las consecuencias. A veces, me pregunto si me hubiera distanciado de mis hijos qué habría pasado. Pero no lo iba a hacer. Para ellos todo fue culpa de Laura. Hasta mi accidente le endilgan. Idolatran a su madre y no hay lugar para otra mujer. Sobre todo por la forma en la que yo quise hacerla entrar, luego de engañar a su madre. Creo que ese mes que estuve en coma mis hijos discutieron con Laura. No sé qué se dijeron, nunca me lo quisieron contar. Yo prefiero no saber. Sigo enamorado de ella. Es más fácil asumirlo que negarlo”.
¿Algún arrepentimiento? Se queda pensando antes de responder: “No. No me arrepiento del amor. De ninguno de mis dos amores que fueron distintos, el de Laura fue muy intenso. Valió la pena haberlos vivido. A los dos. Fui muy amado por las dos mujeres que elegí. Eso no lo pueden decir muchos. ¡Hay gente que nunca experimentó el amor! Yo tuve la suerte de vivirlo dos veces. No me puedo quejar”.
A Ricardo le hubiera gustado envejecer al lado de Laura, pero hay amores que nacen contrariados, palabra precisa que le gustaba usar al querido García Márquez. Sin el olor de las almendras amargas, ni las hojarascas enloquecidas, ni el calor de Macondo, este resultó ser uno de ellos.
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* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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