Durmieron en un vagón abandonado y terminaron cambiando la historia de la medicina: el gran amor detrás del primer bebé probeta

Lesley y John Brown se conocieron cuando eran muy jóvenes, marcados por el abandono, la pobreza y una vida familiar quebrada. Juntos atravesaron años difíciles, hasta que un diagnóstico de infertilidad los llevó a aceptar un desafío médico que podía cambiar sus vidas para siempre

JOHN Y LESLEY BROWN Louise Brown
La obstrucción de las trompas de Falopio impidió a Lesley Brown concebir de manera natural
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La primera noche que durmieron juntos fue en un vagón de tren abandonado. Lesley y John Brown eran jóvenes, no tenían un peso y estaban perdidamente enamorados. No importaba dónde ni cómo: estarían unidos para siempre.

Ambos provenían de uno de los barrios más humildes de la ciudad industrial de Bristol, en el Reino Unido. Lesley ni siquiera había conocido a su padre. Durante su infancia pasó por los servicios sociales y hogares. A los 14 años ya había dejado el colegio para comenzar a trabajar en una fábrica de ropa.

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En 1964, con 16 años vivía con su abuela. Era una adolescente rebelde que bebía demasiado. En una de esas noches, en un pub, conoció a John, de 21 años.

Él estaba separado. Su mujer lo había abandonado con sus dos hijas por otro hombre. Como John no podía hacerse cargo, a la mayor, Beverly, la terminó adoptando un familiar. La menor, Sharon de 3 años, quedó bajo la tutela de los servicios sociales en un hogar de menores. Un drama que Lesley conocía tan bien.

Lesley y John eran dos personas rotas, emocionalmente destruidas, sin contención y sin dinero. Se entendieron desde el primer segundo. Respirando esa intensidad decidieron que se irían a vivir juntos. Lesley dejó intempestivamente la casa donde estaba conviviendo con su abuela y se escapó con John.

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Esa primera noche se treparon al tren que cambió el curso de sus vidas. Cuando al día siguiente fueron descubiertos, los expulsaron del lugar.

Arrancar de alguna forma

Durante las semanas siguientes la pareja deambuló bebiendo por bares, sin trabajo y sin vivienda estable. Algo tenían que hacer. El romanticismo no pagaba. Siguió una etapa dura: encontrar trabajo, dejar de beber e intentar conseguir un techo donde comenzar una vida estable.

El que primero consiguió empleo fue John: entró como conductor de autobuses y luego fue camionero para British Railways. Lesley giró por distintos puestos. Uno de ellos fue una quesería. Era la encargada de cortar, pesar y envolver los quesos.

Con esfuerzo pudieron alquilar un pequeño sótano en la calle City Road, en el popular barrio de St Paul, en Bristol.

John estaba todavía legalmente casado con su ex y demoró seis años en conseguir los papeles de divorcio. Lesley había experimentado en carne propia el dolor de vivir en orfanatos y quería luchar con John para recuperar a la pequeña Sharon. Teniendo un techo lograron llevarla con ellos. Vivir sin estar unidos legalmente, en esa época, generaba rechazo social, incluso dentro de las clases sociales más bajas. Simularon estar casados y, para el resto, eran una familia de tres.

Eran felices, pero Lesley quería tener hijos, agrandar la familia. El tiempo transcurría y ella no quedaba. Consultó a especialistas y llegó un diagnóstico demoledor: tenía una obstrucción bilateral de las trompas de Falopio. Decidió someterse a una cirugía para intentar desbloquearlas. Le hicieron una salpingostomía bilateral, pero no funcionó. Intentaron otras veces reconstruir esos canales con distintas intervenciones. Lesley no logró embarazarse. El sueño de tener un hijo juntos se volvió una obsesión.

Depresión y la puerta que se abre

La infertilidad le provocaba a Lesley una enorme frustración. El sufrimiento condujo a una depresión severa. John quería ayudarla. Ella era el amor de su vida. Lesley estaba dispuesta a todo. Ya tenían casi trece años de estar juntos, corría el año 1976, cuando llegaron a un ginecólogo llamado Patrick Steptoe.

Este médico trabajaba con el fisiólogo Robert Edwards en algo experimental: pretendían sacar un óvulo del cuerpo de una mujer, fecundarlo en laboratorio y devolver el embrión conseguido al útero materno.

Para la época la idea era ciencia ficción.

Los científicos necesitaban mujeres convencidas de querer participar del experimento. Lesley, de 28 años, estaba desesperada. Le contó lo que intentaban y le propuso participar. Ella aceptó sin dudarlo. Fueron meses yendo y viniendo de Bristol hasta Oldham donde ellos atendían. Unos 300 kilómetros de distancia que recorría sin chistar.

JOHN Y LESLEY BROWN Louise Brown
Robert Edwards obtuvo el Premio Nobel de Fisiología en 2010 por el desarrollo de la fertilización asistida

Lesley sabía que debía mantener todo esto en secreto. No solo porque el ensayo podría fracasar sino también porque si la prensa descubría el experimento, la difusión podría perjudicar a todos y poner serias trabas.

Había un problema adicional y era económico: los científicos trabajaban sin financiación pública porque el Medical Research Council británico había rechazado poner dinero en ese proyecto. El personal que colaboraba no cobraba y había muchos gastos que afrontar. Se les pidió que aportaran unas 750 libras, pero el tema es que Lesley y John no las tenían (hoy la suma sería el equivalente a 7400 dólares).

Para ellos era una fortuna imposible de reunir. Estaban cada vez más acorralados por la realidad.

John solía participar de unas apuestas de fútbol. Y acá es donde el destino hizo su aparición mágica: justo cuando debían comenzar los procedimientos y estaban por abandonar la iniciativa por falta de dinero, John ganó en las apuestas. Obtuvo casi el mismo monto: 800 libras.

El dinero había aparecido de manera sorpresiva cuando más lo precisaban.

Los Brown no parecían una pareja que fuera a cambiar el curso del mundo con una revolución científica, todo lo contrario.

Ocultar el experimento

En noviembre de 1977 la pareja finalmente comenzó con las preliminares del procedimiento experimental que se llamó FIV (fertilización in vitro). Al mismo tiempo, las cosas económicamente iban mejor. Consiguieron mudarse a una casa adosada propia.

Lesley seguía yendo a los consultorios. El 10 de noviembre Steptoe extrajo un óvulo utilizando un laparoscopio. Lo llevaron del quirófano al laboratorio, donde Edwards y su equipo, lo pusieron en contacto con el esperma obtenido de John.

Funcionó. El óvulo fue fecundado. En el microscopio observaron cómo empezaba a dividirse. En las siguientes 48 horas pasó de una célula fecundada a ocho células.

El 12 de noviembre, a las 50 horas de producida la fecundación, trasladaron ese diminuto embrión al útero de Lesley con un catéter muy fino a través de la vagina y del cuello del útero.

Por primera vez, en la historia de la humanidad, la concepción de un ser humano había ocurrido con éxito fuera del cuerpo de una mujer.

A rezar para que prenda. Necesitaban otro milagro.

Sucedió.

El embarazo comenzó su avance como cualquier otro.

Sin embargo, no hubo algarabía, todo se mantuvo en reserva. Era algo novedoso y nadie quería aventurar la palabra éxito. Ni la pareja, ni los médicos. Había temores de que esa intervención de la mano humana dejara algún rastro inesperado. Los especialistas la vigilaban de cerca y le recomendaron prudencia. Nada de ejercicios, nada de deporte o esfuerzos importantes, tenía que cuidarse.

Al tercer mes ya todos estaban más tranquilos, pero decidieron seguir guardando silencio. Era mejor ser precavidos.

Lesley vivía su embarazo con cautela y, también, con gran ilusión. John la cuidaba.

Con el transcurrir de los meses el secreto fue cada vez más difícil de sostener. Al sexto mes el dato de que había un experimento en danza se filtró a los medios. Cuando la prensa amarilla inglesa descubrió que una mujer británica era la primera en el mundo en portar un bebé proveniente de una fecundación en un laboratorio, todo estalló.

A la casa adosada de los Brown comenzaron a llegar periodistas del mundo entero.

JOHN Y LESLEY BROWN Louise Brown
John Brown obtuvo los fondos para el procedimiento médico tras ganar una apuesta de fútbol y gracias a ese golpe de suerte pudieron ser los padres del primer "bebé de probeta"

Nace el milagro

Durante las últimas semanas del embarazo los especialistas decidieron llevar a Lesley a un sitio seguro para evitar el asedio mediático. Aun así los periodistas se disfrazaban de médicos o de empleados para conseguir verla. Era un descalabro absoluto. Tuvieron que actuar con firmeza y recluirse dentro del área de maternidad.

John y Sharon (quien ya tenía 17 años) contaron que, si hubiera sido varón, al bebé le hubieran puesto Patrick, por agradecimiento al doctor Steptoe. Pero ya sabían que muy probablemente sería mujer.

El 25 de julio de 1978, a las 23.47, en el Hospital Royal de Oldham, nació por cesárea Louise Joy Brown. Joy fue el segundo nombre elegido: significa alegría en inglés. La beba lloró rápido, era saludable y pesó 2,6 kilos. ¡Era totalmente normal a pesar de la intervención en su concepción! No habían ocurrido malformaciones ni se habían presentado problemas. Steptoe le dijo a John feliz: “Es una niña maravillosa”.

A las seis semanas se emitió una película de televisión sobre ellos. Todo avanzaba con mucha velocidad.

Había llegado al mundo la primera bebé concebida mediante fertilización in vitro.

Una bebé probeta. Se utilizaba ese término porque la fantasía era que la fecundación había ocurrido dentro de un tubo de ensayo. En realidad, los científicos explicaron que el cultivo celular se colocó sobre una placa de laboratorio.

Polémicas mundiales

Mientras los Brown vivían su mayor felicidad, el mundo se enroscó en varias polémicas.

La familia había generado una revolución inesperada.

Los diarios titularon “el bebé del siglo”, “la bebé probeta”, “la bebé milagro”, “los doctores que hacen bebés”.

Nadie entendía bien qué significaba haber creado un embrión humano fuera del cuerpo de una mujer. Comenzaron, entonces, los cuestionamientos religiosos y filosóficos. Todos opinaban y se preguntaban todo tipo de cuestiones. ¿Dónde comienza la vida? ¿Es natural crear un embrión en un laboratorio? ¿Qué ocurre con todos los embriones que no llegan a implantarse?

Nadie pensaba igual. Algunos mostraban cautela, otros rechazaban la práctica. ¿Qué pasaría con esa beba cuando fuera creciendo? ¿Qué consecuencias podría acarrear la manipulación tan temprana en laboratorio?

Había desconcierto y resistencia al cambio. Debates encendidos sobre hasta dónde la ciencia debía inmiscuirse en la biología humana.

Importantes sectores religiosos la rechazaron. De hecho, casi cinco décadas después, la fertilización in vitro sigue siendo para la Iglesia Católica algo moralmente ilícito porque ocurre fuera del acto conyugal. Además, cuestionan las prácticas de selección de embriones y el descarte de los mismos. Algunas iglesias protestantes y anglicanas aceptan la reproducción asistida, pero tienen reparos sobre la donación de gametos y la subrogación. El judaísmo es, en términos generales, más favorable y si es con el óvulo y el esperma de la pareja es algo aceptado por autoridades rabínicas, aunque existen debates también sobre donantes y gestación subrogada.

Louise Brown no generó un debate, generó miles que fueron apareciendo con el paso de los años y con los siguientes avances. Por ejemplo, ¿qué estatus moral tiene un embrión congelado que no se implanta?, ¿es legítimo seleccionarlos genéticamente?

Pero, por otro lado, los procedimientos FIV se fueron normalizando y generalizando.

Cada tanto la cara de Louise Brown volvía a asomar en los medios. Una chica que había crecido perfectamente, como todos los de su edad.

JOHN Y LESLEY BROWN Louise Brown
Louise Joy Brown nació por cesárea en el Hospital Royal de Oldham en julio de 1978 (Kent Gavin DM)

La familia Brown era feliz, pero sin desearlo habían pasado del anonimato a ser famosos en el mundo entero. Eso era una carga, pero también hubo beneficios. Sus recursos, hasta entonces, habían sido modestos. John, con sus tatuajes y su clásico acento de Bristol, siguió trabajando como camionero y Lesley cuidando a las chicas. Pero, por consejo de los médicos que les habían dicho que la prensa iba a perseguirlos de cualquier manera, habían comenzado a aceptar acuerdos económicos a cambio de entrevistas exclusivas.

Antes del parto habían firmado con Associated Newspapers los derechos para contar la historia en Gran Bretaña. Eso les permitió tener fondos para la crianza de su hija. El diario Daily Mail pagó por sus exclusivas 60 mil libras (equivalentes hoy a unos 600 mil dólares). Luego, ese primer año siguieron cobrando por cada entrevista unas 500 libras (hoy equivalentes a unos 5 mil dólares).

La invasión por lo menos contribuía a que vivieran mejor. Era una retribución que valía la pena. Los Brown fueron humildes y precavidos: siguieron con su bajo perfil, en su casa y en su barrio. Compraron camas nuevas, una alfombra, su primer auto y vivieron con más comodidades. El resto del dinero lo guardaron en un fideicomiso para el futuro de sus hijas.

Lesley viajó a contar su historia por Japón, Estados Unidos, Canadá e Irlanda.

La familia se agranda

Cuatro años después, en 1982, Lesley tuvo otra hija con fecundación in vitro a la que llamaron Natalie. Fue el nacimiento número 40 logrado por este medio.

JOHN Y LESLEY BROWN Louise Brown
Louise Brown (10) y su hermana Natalie (6) nacida bajo la misma técnica de fertilización asistida

Tanto Lesley como John temían que Louise creciera pensando que había sido un experimento. Creían que pudiera perjudicarla. Por ello, antes de comenzar la escuela le explicaron con lujo de detalles el deseo que tenían y cómo lo habían logrado. Hasta le mostraron un video de su nacimiento. Querían impedir que se sintiera distinta al resto de sus compañeras o que fuera objeto de bullying. No pasó nada y su vida fue de lo más corriente.

En 1988 murió Patrick Steptoe. Louise tenía diez años. John y Lesley dijeron públicamente que estarían “por siempre en deuda con él” por haberles dado a su hija.

Louise hizo su secundaria en la Hartcliffe Secondary School. Una divertida anécdota de esa época ocurrió cuando ella tenía 13 años. Estaba en clase de ciencias aprendiendo sobre reproducción humana cuando de pronto se topó con su propia foto en el manual. Sus compañeros se rieron divertidos mientras gritaban: ¡¡¡Louise, estás en el libro!!!

Terminado el colegio no estudió una carrera y comenzó a trabajar en Bristol en una oficina de transporte marítimo.

En 2002 Louise conoció a Wesley Mullinder, un joven que trabajaba como portero de un club nocturno. Él no tenía idea de que ella era la archifamosa bebé probeta, pero juntos descubrieron que él había vivido en la casa de enfrente de ella durante toda su infancia.

JOHN Y LESLEY BROWN Louise Brown
Louise Brown, the world's first test tube baby, sits with her children Cameron, 6, and Aiden, 15 weeks, at the Bourne Clinic in Cambridgeshire, after planting a tree in memory of her mother and father who were the first parents to have a child using IVF.

Se casaron en 2004. Diciembre de 2006 fue un mes conmocionante para Louise que tenía 28 años: un día antes de que naciera Cameron John, su primer hijo, murió su padre John con 64 años por culpa de cáncer de pulmón. No llegó a conocer a su nieto por pocas horas.

Cameron fue noticia: la primera persona nacida por FIV había tenido un hijo naturalmente.

En 2013 Louise tuvo a su segundo hijo, Aiden. La pareja siguió viviendo hasta hoy en Bristol.

Lesley murió a la misma edad que su gran amor, 64 años, el 6 de junio de 2012, por complicaciones derivadas de una infección de vesícula biliar. Los sobrevivieron sus tres hijas y cinco nietos.

Robert Edwards, integrante del equipo médico inicial y pionero en FIV, recibió en 2010 el Premio Nobel de Fisiología. Murió en 2013.

En 2018 Louise Brown dejó de trabajar: estaba estresada y atravesando una depresión por las pérdidas afectivas. Para salir a flote comenzó a dar más conferencias y entrevistas vinculadas con la fertilización asistida. Se convirtió en portavoz y embajadora en cuestiones relacionadas con la infertilidad.

A veces, el amor no solo produce caricias, pasión y palabras rosas. A veces, puede producir otras cosas. Como una revolución que cambie el curso de la historia. Lesley y John fueron un motor imprescindible: porque aquella noche, en un tren desbaratado, se encendió la locomotora de la vida. Desde entonces, unos quince millones de personas han llegado al mundo gracias a la fertilización in vitro. Vaya si eso no merece llamarse un “gran amor”.

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