
Mi brazo biónico es un gran tema para romper el hielo con las mujeres. Es como si llevara siempre un cachorrito conmigo.
Cuando tenía 15 años, fui atropellado por un tren y tuvieron que amputarme el brazo derecho desde el codo. Durante un tiempo llevé una prótesis mioeléctrica controlada estándar, un dispositivo que detecta los impulsos nerviosos de los músculos del brazo y los traduce en movimiento de la prótesis.
Aparte de tener que acostumbrarme a presentar la mano izquierda en lugar de la derecha para saludar, nunca he intentado ocultar mi discapacidad. En cualquier caso, la prótesis era de color beige-rosado, por lo que tampoco destacaba demasiado.
Pasaron meses hasta que mis compañeros del instituto, a quienes no había contado nada, se dieron cuenta de que llevaba un brazo protésico. Una vez incluso tuve un encuentro sexual fortuito en un estrecho vagón de tren y la chica ni se percató de mi prótesis.
Como aún era muy joven cuando tuve el accidente, a los 30 estaba más que acostumbrado a mi discapacidad. Nunca me había parado a pensar los avances que se habían producido en el campo de la tecnología protésica hasta que un día, en 2016, un amigo técnico ortopédico me puso al día. Entonces me planteé seriamente la posibilidad de mejorar mi prótesis.
Esa mejora llegó en forma de brazo biónico. Primero tuve que probar un prototipo llamado Michelangelo durante una semana. Era mucho más potente y fácil de usar que el que tenía antes y disponía de 14 patrones de agarre distintos, mientras que el anterior solo tenía uno. En mayo de 2016, tras varios meses de prueba, finalmente me implantaron la prótesis de forma permanente. Ahora luzco un brazo robótico que la gente se queda mirando y quiere tocar. Es enorme, está hecho de titanio y hace que parezca el personaje de un cómic de ciencia ficción.

El primer año con mi nuevo brazo ha sido bueno, aunque acostumbrarme a la tecnología ha supuesto todo un desafío. La prótesis no viene con un manual de instrucciones, por lo que te las tienes que apañar para averiguar cómo hacer que funcione.
Sin embargo, con el tiempo se ha convertido en una extensión de mí. Ahora, gracias a él, puedo realizar trabajos manuales precisos con mucha más facilidad. Ya no me cuesta tanto atarme los cordones de los zapatos, por ejemplo, porque los dedos de la mano robótica son mucho más largos y hábiles que los de la antigua. También he descubierto que el brazo tiene una función de agarre automático con un sensor que detecta si estás apunto de dejar caer algo y se ajusta en consecuencia.
Aparte de las funciones prácticas, el brazo es un fantástico entretenimiento para los niños. Muchos flipan cuando lo ven y piensan que soy un robot de verdad. Pero no solo los niños: los médicos también se muestran curiosos cuando me ven.
Hace poco tuve que ir al hospital por una pequeña fractura en la muñeca izquierda y al poco rato estaba rodeado de médicos que querían echar un vistazo al cíborg. Luego empezaron las peticiones para hacerse una foto conmigo.
Lo mismo pasó la vez que fui al Anime Con en Bruselas, a una convención de juegos en Alemania y a una asamblea de parlamentarios en Tirol. He perdido la cuenta de las fotos de desconocidos en las que aparezco en Facebook.
Por otro lado, el brazo es una buena forma de romper el hielo con las mujeres. Es como si llevara siempre conmigo un cachorrito. Cuando practico sexo, me lo dejo puesto. No se me ocurriría quitármelo, porque perdería mucha movilidad. A mis parejas no parece importarles, se centran en el resto del cuerpo. Incluso diría que a dos de las mujeres con las que me acosté les ponía un poco, porque no dejaban de acariciarlo.
La mayoría de las personas que conozco no se sienten incómodas por el brazo y muestran una actitud positiva al respecto. La verdad es que resulta muy obvio quién se siente violento e intenta evitarme. Naturalmente, gran parte de la curiosidad que suscita el brazo es puramente superficial; a la gente le interesa más el brazo robótico que la persona que lo lleva, pero no pasa nada. Yo soy feliz cumpliendo con mi función de introducir un elemento nuevo en la sociedad e intentar frenar los prejuicios de la gente hacia las personas con discapacidad.
Publicado originalmente en VICE.com
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