
La remoción masiva de barreras fluviales en Europa está transformando paisajes y sistemas ecológicos. En 2025, se desmantelaron 603 presas y obstáculos en 21 países, lo que permitió reconectar más de 3.740 kilómetros de ríos en todo el continente, según datos de la coalición Dam Removal Europe. Esta tendencia responde tanto a la urgencia climática como a la necesidad de recuperar biodiversidad y reducir riesgos asociados a infraestructuras envejecidas.
Los ríos que recuperan su cauce natural experimentan cambios inmediatos. El caso del Hiitolanjoki en Finlandia es ilustrativo: tras la demolición de tres centrales hidroeléctricas, el agua aceleró su curso, disminuyó su temperatura y el salmón regresó a zonas que habían estado inaccesibles para la especie durante más de 100 años. La recuperación de la conectividad fluvial permite que estos ecosistemas funcionen nuevamente como corredores para la fauna y la flora, algo que expertos como Angela Ortigara, de WWF Países Bajos, consideran una acción “con efecto inmediato y beneficio a largo plazo”.
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La eliminación de presas y otros obstáculos responde a factores ambientales, de seguridad y de biodiversidad que impulsaron una reevaluación de las prioridades ambientales en Europa. Un informe del proyecto AMBER estima que existen alrededor de 1,2 millones de barreras —presas, azudes, alcantarillas— fragmentando los ríos europeos. La mayoría fue construida para hidroelectricidad, navegación o agricultura, pero muchas han quedado obsoletas y ahora representan un riesgo ambiental y de seguridad.
La fragmentación altera la temperatura del agua, el hábitat y las emisiones de metano. Cuando un río queda represado, su cauce pierde la protección de la vegetación ribereña y se convierte en un embalse expuesto al sol, lo que incrementa la temperatura del agua y altera el hábitat natural. Además, los embalses favorecen la evaporación y la acumulación de materia orgánica, que se descompone y libera metano, un gas de efecto invernadero. Así lo advierte Pao Fernández-Garrido, del European Open Rivers Programme, que financia la restauración de ecosistemas fluviales.
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La restauración de la conectividad fluvial ayuda a enfrentar fenómenos extremos y, junto con la legislación europea y la presión de científicos y organizaciones ambientales, impulsa medidas para recuperar ecosistemas y mitigar los efectos de la crisis climática. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, 9 de cada 10 desastres naturales en la última década estuvieron vinculados al agua. “Hemos perdido alrededor del 80% de nuestros humedales en el último milenio”, señala la agencia, que subraya el papel de estos ecosistemas como esponjas naturales frente a inundaciones y sequías.

El marco legal que impulsa la remoción
El avance de estas políticas se ve respaldado por la Regulación de Restauración de la Naturaleza de la Unión Europea, vigente desde 2024. Esta norma obliga a restaurar al menos el 20% del territorio terrestre y marino para 2030, e incluye el objetivo de devolver 25.000 kilómetros de ríos a un estado de libre flujo. Es la primera vez que la remoción de barreras y la conectividad fluvial quedan consagradas en la legislación europea.
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La remoción de presas, sin embargo, implica procesos complejos. Los proyectos requieren años de análisis ambientales y negociaciones con propietarios y autoridades locales. Gestionar los sedimentos y estabilizar las riberas para evitar impactos negativos tras la demolición. Una vez retirada la barrera, la recuperación ecológica puede ser sorprendentemente rápida, como ocurrió en Holstenkoski, Finlandia, donde la restauración abrió rutas migratorias para peces a lo largo de 43 kilómetros.
Europa derriba cientos de presas por factores ambientales, de seguridad y de biodiversidad. La obsolescencia de infraestructuras, la amenaza al equilibrio ecológico y el impacto sobre especies en peligro, como el salmón o la anguila europea, han impulsado una revisión profunda de la relación entre sociedad y ríos.
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La restauración de ríos no solo beneficia a los peces migratorios. La conectividad mejora la diversidad de hábitats, favorece insectos, aves y mamíferos, y restablece la dinámica de sedimentos, fundamental para la reproducción de muchas especies. Incluso con la instalación de escalas para peces, la eficacia es limitada: las especies de menor capacidad natatoria suelen quedar excluidas, perpetuando la fragmentación.
Qué países avanzan más rápido
El impacto de estas acciones se extiende a países como Suecia, que lideró las remociones en 2025 con 173 barreras eliminadas, seguida de Finlandia y España. En el sur y sureste de Europa, incluso regiones afectadas por conflictos, como Ucrania, han iniciado proyectos similares. En Estados Unidos, la experiencia de grandes desmantelamientos —como el del río Klamath en California— sirve de referencia para Europa, aunque aquí la mayoría de intervenciones sigue centrada en estructuras de menor tamaño.
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El desafío, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, es ampliar la escala y garantizar que la restauración se mantenga a largo plazo. “El verdadero reto ahora es la implementación estratégica y a gran escala”, afirman desde la institución.
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