
Los bosques del Amazonas guardan más del 60% de toda la materia vegetal del planeta, pero ese carbono no se queda para siempre en los árboles.
Un estudio que fue publicado en la revista Nature Climate Change demostró que el aire más seco y las tormentas eléctricas aceleran la muerte de árboles y reducen el tiempo que el carbono permanece en esos bosques.
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El trabajo calculó que, hacia finales de este siglo, ese tiempo podría acortarse entre un 3% y un 15%, según cuántos gases contaminantes siga emitiendo la humanidad.
Cuando los árboles mueren antes, el carbono que guardaban vuelve a la atmósfera más rápido y el calentamiento global se intensifica.
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La investigación fue liderada por Donghai Wu y Xiangtao Xu, del Jardín Botánico del Sur de China y la Academia China de Ciencias, junto a investigadores de la Universidad Cornell, la Universidad de California en Berkeley, Estados Unidos, y el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE).
El Amazonas pierde su carbono antes de lo previsto

La tasa de renovación de biomasa mide cuántos años tarda un bosque en reemplazar sus árboles muertos; cuanto más corto ese tiempo, menos carbono acumula el bosque.
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Los modelos climáticos globales trataban ese valor como una constante igual para todos los bosques tropicales, lo que generaba errores al proyectar el futuro del clima.
Los inventarios forestales en la Amazonía cubrían menos de una millonésima parte de su superficie, una muestra demasiado pequeña para entender lo que ocurre en todo el territorio.
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Esa falta de datos impedía explicar por qué algunas zonas acumulan mucho carbono y otras lo pierden rápido.

Los estudios anteriores asumían que los bosques maduros estaban en equilibrio: cada árbol que moría era reemplazado por uno nuevo.
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La investigación mostró que eso no ocurre en el Amazonas actual, donde la mortalidad de árboles viene aumentando.
El objetivo fue construir un mapa detallado de la tasa de renovación de biomasa en toda la Amazonía sin intervención humana e identificar qué factores del clima y del suelo la controlan.
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Tormentas, sequía y el reloj del carbono amazónico

Para medir la mortalidad de biomasa en toda la Amazonía, los investigadores usaron imágenes del satélite MODIS, que capta cambios en la vegetación desde el espacio, combinadas con datos de 57 parcelas de inventario forestal en tierra.
El modelo logró predecir con precisión la mortalidad de biomasa al compararlo con mediciones reales en campo, y los resultados coincidieron de manera muy sólida cuando se usaron promedios de varios años. Con esos datos y el producto de biomasa de la Agencia Espacial Europea (ESA-CCI), el equipo construyó un mapa con resolución de un kilómetro cuadrado para toda la Amazonía intacta.
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Los tiempos de renovación oscilaron entre 24 y 80 años, con una mediana de 51 años; el noreste amazónico mostró los valores más altos y el centro y norte, los más bajos.

Para entender qué factores explican esas diferencias, los investigadores aplicaron un modelo de aprendizaje automático llamado XGBoost, una herramienta estadística que detecta relaciones complejas entre variables.
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El análisis mostró que las tormentas eléctricas intensas resultaron ser el factor climático con mayor influencia sobre la velocidad de renovación de biomasa, por encima de la sequedad del aire y los extremos de lluvia.
La sequedad del aire también tuvo un efecto claro: a mayor sequedad, los árboles mueren antes y el carbono se libera más rápido hacia la atmósfera.

Los investigadores determinaron que ese factor reduce el tiempo de renovación de biomasa entre 5 y 10 años en el noroeste y sureste del Amazonas.
Las proyecciones al año 2100 se hicieron bajo dos escenarios: el SSP 126, con bajas emisiones, y el SSP 585, con altas emisiones como las actuales.
Bajo el escenario optimista la renovación se aceleraría un 3%; bajo el peor escenario, un 15%, con el centro y norte amazónico entre las zonas más afectadas.
Los investigadores reconocieron que el modelo no contempla la posibilidad de que los árboles se adapten a las nuevas condiciones climáticas, ni los efectos combinados de la sequía y las tormentas actuando al mismo tiempo.
Señalaron además que las proyecciones futuras de la energía disponible para formar tormentas aún presentan incertidumbres en los modelos climáticos globales.

El equipo recomendó incorporar el efecto de las tormentas y la sequedad atmosférica en los modelos que simulan el clima futuro del planeta.
La investigación señaló también la necesidad de estudiar mejor cómo el viento y los rayos afectan a los bosques templados y subtropicales, que al igual que el Amazonas quedan expuestos con frecuencia a tormentas eléctricas intensas.
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