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Por qué zonas sin historial sísmico empiezan a registrar terremotos

Tres investigaciones recientes desafían una certeza de la geología: que los territorios estables no tiemblan. Lo que encontraron obliga a replantear qué regiones están realmente expuestas al peligro

Un sismógrafo registra ondas sísmicas en un papel cuadriculado blanco. Se observa un brazo metálico con una punta que dibuja líneas negras, y círculos rojos concéntricos.
El USGS calcula que el planeta registra en promedio 16 grandes sismos al año, con unos 15 de magnitud entre 7,0 y 7,9 y uno de magnitud 8 o superior (Imagen Ilustrativa Infobae)
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En menos de dos semanas, sismos en Murcia y Granada, en España, en Perú y en Colombia dejaron víctimas, daños y miles de afectados, y volvieron a instalar una duda recurrente en la conversación pública: ¿Hay más terremotos que antes? La pregunta tiene una respuesta que la ciencia construyó en dos tiempos: los registros del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) y la investigación científica más reciente indican que la frecuencia global no cambió, pero sí revelaron que algo cambió: hay fallas que parecen dormidas y no lo están.

El USGS, que lleva registros instrumentales desde 1900, calcula que el planeta sufre en promedio unos 16 grandes terremotos al año, aproximadamente 15 de magnitud entre 7,0 y 7,9, y uno de magnitud 8 o superior.

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La cifra varía de un año a otro —en 2010 se registraron 23, el máximo histórico; en 1989, apenas seis— sin que esa variación refleje ningún cambio real en el comportamiento de la corteza terrestre. Muy Interesante fue uno de los medios que abordó esa fluctuación y la sensación de escalada que genera. Es que la geología no cambió, pero existen matices.

Al 21 de agosto de 2026, el planeta acumula 11 terremotos de magnitud igual o superior a 7,0, según el registro actualizado del USGS: Colombia (7,4), Indonesia (7,7) y Perú (7,2), entre los más recientes. La cifra está dentro del promedio histórico para esa fecha del año: en 2025 el registro total fue de 9 sismos de esa magnitud, y en 2023 llegó a 15, según los datos del organismo.

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Poste de metal con sirena de alarma sísmica y placa azul con logo del IGP en una calle urbana. Edificios, casas y montañas cubiertas por neblina al fondo.
La variación anual en la cantidad de terremotos, como los 23 de 2010 o los seis de 1989, no refleja un cambio real en la corteza terrestre (Imagen Ilustrativa Infobae)

El respaldo científico más citado a esta conclusión proviene de un estudio publicado en 2012 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) por el sismólogo Peter Shearer, de la Scripps Institution of Oceanography, y el estadístico Philip Stark, de la Universidad de California en Berkeley.

Ambos analizaron todos los terremotos de magnitud igual o superior a 7 registrados desde 1900, eliminaron las réplicas de cada suceso principal y aplicaron tres pruebas estadísticas distintas. El resultado fue que la secuencia global de grandes terremotos es indistinguible de un proceso aleatorio, el mismo tipo de distribución matemática que describe cuántas llamadas recibe un servicio de emergencias en una hora cualquiera. Además, no encontraron ningún mecanismo físico plausible que justificara un aumento real de la actividad. Su conclusión fue que el riesgo global de grandes terremotos no es hoy mayor que en el pasado.

14 años después, esa afirmación sigue siendo estadísticamente sólida. Lo que la ciencia más reciente agrega no la contradice, sino que la matiza: tres investigaciones publicadas entre 2025 y 2026 —en Nature Communications, AGU Advances y el Geophysical Journal International— revelaron que ciertas fallas consideradas geológicamente inactivas acumulan, con el tiempo, una resistencia interna que las vuelve capaces de generar sismos cuando una perturbación externa las alcanza. La frecuencia global no cambió; lo que cambió es la comprensión de qué fallas y en qué condiciones pueden sumarse al recuento.

El fenómeno de las “fallas sanadas” en zonas estables

Una de las presunciones más arraigadas en sismología es que las fallas geológicamente estables no generan terremotos por sí solas: su fricción interna aumenta con el deslizamiento, lo que las hace resistentes a la ruptura espontánea. Tres estudios recientes cuestionan esa certeza desde ángulos distintos.

Dos técnicos de espaldas frente a un conjunto de nueve pantallas. Las pantallas muestran mapas geográficos, gráficos de ondas sísmicas y un logo de onda sísmica.
El estudio de PNAS de Peter Shearer y Philip Stark analizó los terremotos de magnitud 7 o superior desde 1900 y excluyó las réplicas (Imagen Ilustrativa Infobae)

El primero, publicado en octubre de 2025 en Nature Communications, demostró mediante modelos numéricos que las fallas pueden acumular resistencia interna durante miles o millones de años de inactividad tectónica.

Ese proceso, conocido como endurecimiento friccional, eleva la fricción estática de la falla en hasta 0,25 unidades por encima de sus valores normales. Cuando una perturbación externa —como la extracción de gas o la inyección de fluidos— alcanza una falla así, esa resistencia acumulada se libera de golpe, lo que puede desencadenar un terremoto incluso en una falla que la teoría clásica consideraría incapaz de romper.

El modelo fue calibrado con datos del campo de gas de Groningen, en los Países Bajos, donde terremotos de hasta magnitud 3,6 sacudieron una zona de baja sismicidad natural, con daños materiales, evacuaciones forzadas y un conflicto social que se prolongó durante años entre los habitantes afectados y las empresas extractoras.

Según el estudio, la inactividad tectónica de la región —sus fallas llevan entre 30 y 65 millones de años sin moverse— explica por qué la extracción de gas tardó unas tres décadas en producir el primer sismo: ese período sin actividad corresponde exactamente al tiempo que necesitó la presión de poro para vencer la resistencia acumulada por el endurecimiento.

Vista de una calle urbana con una gran grieta en el centro, coches dañados, edificios colapsando y polvo en el aire, indicando un terremoto.
Los registros globales no muestran un aumento real de terremotos, aunque la investigación reciente reveló que ciertas fallas consideradas inactivas pueden acumular fuerza durante millones de años y ceder ante una perturbación mínima (Imagen Ilustrativa Infobae)

El segundo estudio, publicado en mayo de 2026 en AGU Advances por la Universidad de Pensilvania y el Istituto Nazionale di Geofisica e Vulcanologia (INGV), añadió una variable que los modelos previos ignoraban: el agua. Los experimentos de laboratorio mostraron que la presencia de fluidos activa una reacción química que endurece la falla de forma mucho más rápida que el envejecimiento friccional en seco. La falla se comporta como un capacitor: gana cohesión durante el período de reposo y la pierde abruptamente en el momento de la ruptura, liberando más energía de la que predeciría un modelo puramente friccional.

El tercero, publicado en el Geophysical Journal International en diciembre de 2025 por el Korea Institute of Geoscience and Mineral Resources (KIGAM), documentó un caso real en la península de Corea, una región estable a unos 700 kilómetros del límite entre placas. Tras un terremoto de magnitud 3,56 en Gyeryongsan en 2008, los autores identificaron una familia de sismos repetidos que surgió dos años después y persistió de forma irregular hasta 2019.

El dato más revelador fue la variación de la tensión liberada por las fallas vecinas: partió de entre 0,3 y 0,9 megapascales justo después del sismo y escaló hasta 8,6 megapascales en 2021, trece años más tarde, lo que indica un período de recuperación de resistencia sustancialmente más largo que el de cualquier zona de borde de placa. En regiones intraplaca, el endurecimiento puede durar décadas, no los dos o tres años típicos de zonas sísmicamente activas.

La diferencia entre riesgo geológico y registro histórico

Los tres estudios apuntan a una distinción que el debate público sobre los terremotos suele ignorar: la diferencia entre riesgo geológico y registro histórico. Una zona puede tener un historial de sismos escaso o nulo y, aun así, albergar fallas que acumularon resistencia durante millones de años de quietud tectónica. Que no figure en los catálogos no significa que sea inofensiva; significa que sus fallas no han tenido todavía la perturbación que las haga romper.

Sala de monitoreo sísmico. Múltiples pantallas con gráficos de ondas, mapas de actividad y el logo del Instituto Geofísico del Perú. Manos operan consola.
El agrupamiento de terremotos en pocos días, como en Colombia y Granada, puede ocurrir de forma natural y no implica una conexión entre eventos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esta distinción tiene consecuencias prácticas directas. La mayor parte de la infraestructura en regiones consideradas estables —como la Europa central, el interior de Australia o amplias zonas de Norteamérica alejadas del Cinturón de Fuego del Pacífico— se diseñó asumiendo que el pasado sísmico del lugar predice su futuro sísmico. Los estudios de Utrecht, Pensilvania y Corea sugieren que esa equivalencia puede fallar en zonas donde la inactividad fue muy prolongada y donde la actividad humana en el subsuelo introduce las perturbaciones que las fallas necesitaban para ceder.

El USGS y otros organismos de vigilancia reconocen desde hace años que la sismicidad inducida —la provocada por actividades como la extracción de hidrocarburos, la inyección de aguas residuales o el almacenamiento de dióxido de carbono— ha elevado el número de terremotos en zonas históricamente tranquilas de Estados Unidos, particularmente en Oklahoma y Texas. Lo que la nueva generación de estudios aporta es un mecanismo físico que explica por qué esas perturbaciones, relativamente pequeñas en términos de energía, pueden desencadenar sismos de magnitud inesperada: las fallas ya venían cargadas.

El riesgo, zona por zona

Nada de lo anterior equivale a decir que el riesgo sísmico sea uniforme en todo el planeta. Colombia se asienta sobre una de las zonas más activas del mundo: frente a su costa Pacífica, la placa de Nazca se hunde bajo la placa Sudamericana, lo que genera terremotos profundos y de gran magnitud como el del 10 de agosto, que dejó más de 300 muertos, 4.600 heridos y cerca de 120.000 familias damnificadas en 15 departamentos. Granada y Murcia, por su parte, se ubican sobre el sistema de fallas Béticas, la cicatriz geológica de la colisión, todavía activa, entre las placas Africana y Euroasiática. Su sismicidad es moderada, pero real y recurrente.

La pregunta ante una tanda de terremotos en los titulares no es si el mundo tiembla más, sino dos más concretas: si se vive en una zona con riesgo sísmico conocido y, en ese caso, si existe preparación real para enfrentarlo. Esa preparación es, en última instancia, lo que determina cuántas vidas se pierden cuando la tierra se mueve.

Vista panorámica de una ciudad con edificios, calles agrietadas, escombros, palmeras agitadas y un cielo nublado al atardecer.
El riesgo sísmico depende de la geología local, como la subducción de la placa de Nazca en Colombia y las fallas Béticas en Granada y Murcia (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por qué parece que hay más terremotos

Muy Interesante identificó cuatro factores que explican la sensación de escalada sísmica sin que el fenómeno geológico haya cambiado, y que conviven con ellas, sin anular las conclusiones de la ciencia reciente sobre fallas que sí estaban cargadas.

El primero es un sesgo de detección: catálogos como el ComCat del USGS registran cada año más sismos, no porque ocurran más, sino porque la red mundial de estaciones sismológicas se ha ampliado y ahora capta réplicas y microsismos que antes pasaban desapercibidos. Un terremoto de magnitud 3 en pleno océano hace 50 años simplemente no quedaba registrado.

El segundo factor es la expansión demográfica. Más población vive en zonas sísmicamente activas, de modo que un mismo terremoto lo siente y lo reporta un número mucho mayor de personas que hace medio siglo.

El tercero es la hiperconexión mediática: un sismo de magnitud 4 en Murcia, hoy alertas en el teléfono, hilos en redes sociales y cobertura en directo en minutos. El sistema de alertas sísmicas de Android ya opera en 98 países; incluso los teléfonos llevan acelerómetros integrados que funcionan como sismógrafos.

El cuarto es el más contraintuitivo: el efecto de agrupamiento. Un proceso aleatorio, precisamente por serlo, no distribuye los eventos de forma uniforme en el tiempo; genera rachas, huecos y coincidencias que el cerebro humano tiende a interpretar como patrones. Que Colombia y Granada temblaran con pocos días de diferencia —con el saldo humano y material que eso implicó en cada lugar— no implica conexión geológica entre ambos eventos ni anuncia una escalada global; es el tipo de agrupamiento temporal que cualquier proceso aleatorio produce de forma natural, aunque sus consecuencias para quienes los vivieron sean todo menos abstractas.

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