
La inmunoterapia ha traído grandes esperanzas al tratamiento del cáncer, en particular por la difusión de casos en los que no quedaban más tratamientos convencionales por probar. Y junto con la ilusión de poder superar una enfermedad tan grave, a la que razonablemente se aferra cualquier persona que recibió el diagnóstico, se presenta también un dilema para los médicos: no hay investigación suficiente que permita entender por qué en algunos casos funciona y en otros no.
Negar la oportunidad es difícil, pero el costo de habilitarla es muy alto. No sólo el económico, que puede ascender a USD 1 millón y muchos seguros de salud se niegan a pagar, sino también el de los efectos secundarios, que a veces incluyen el riesgo de muerte.

"Funcione o no, el peso financiero y emocional que recae en las familias y en los pacientes es enorme", dijo a Stat la médica Vicki Jackson, directora de la unidad de cuidados paliativos del Hospital General de Massachusetts. "Si uno lo intenta y no funciona, habrá agotado los ahorros de toda su vida".
La publicación sobre medicina explicó que por ahora existen pocas guías para determinar si un paciente puede recibir tratamiento inmuno-oncológico, o siquiera realizar el estudio genético que puede echar un poco de luz sobre la posibilidad de que se beneficie de la experimentación. Mucho queda a criterio de los médicos: dependerá de cómo evalúen a cada paciente.
El uso de marcadores genéticos podría ser una herramienta capital, pero por ahora sólo se ha estudiado en ratones. "Mientras tanto, los pacientes y los médicos deben tomar decisiones de vida o muerte en un terreno incierto", según Stat. Y eso sucede a diario.

La inmunoterapia es una nueva clase de tratamiento, que aprovecha el poder del sistema inmunológico de las personas para que ataquen las células cancerosas. Entre los productos se encuentran los inhibidores de los puntos de control del sistema inmunológico (drogas CAR-T), como Keytruda y Opdivo; drogas que trabajan con los receptores de antígenos quiméricos de los linfocitos T (células que constituyen el pilar del sistema inmunológico) como Yescarta y Kymriah, y vacunas basadas en neoantígenos (moléculas específicas de las células tumorales).
Es algo relativamente nuevo en el mercado de la salud y su eficacia sólo se ha comprobado en un puñado de tipos de cánceres, en los cuales a veces funcionaron y a veces no. Todo uso fuera de esas clases testeadas es experimental.
Ephraim Hochberg, especialista en linfoma del Hospital General de Massachusetts, trata a pacientes que quieren recibir el tratamiento de inhibidores de los puntos de control, pero el costo de las drogas CAR-T oscila entre USD 375.000 y USD 475.000. A eso hay que sumarle los gastos del hospital, el tratamiento, los controles.

El examen genético que puede revelar cómo responderá el cuerpo de una persona a la inmunoterapia (que es rutinario para los cánceres de útero y de colon) no se hace por default. "El problema fundamental es que se trata de una prueba costosa", dijo a Stat David Ryan, director del Centro para el Cáncer del Hospital General de Massachusetts. "En estos momentos confiamos en que el oncólogo elija a los pacientes que tienen una probabilidad razonable de respuesta positiva", agregó. Pero aun así los seguros de salud se niegan a pagar, por falta de pruebas empíricas.
Fue el caso de una paciente de la oncóloga Zosia Piotrowska, del Hospital General de Massachusetts. La mujer de 50 años tiene un cáncer de pulmón metastático muy raro, cuya determinación genética implica también receptividad a la inmunoterapia. Pero el seguro médico se negó a pagar un tratamiento de USD 16.000 por mes.

Piotrowska apeló, pero no obtuvo resultados: no hay suficiente apoyo científico, argumentó la empresa aseguradora. "A medida que aprendemos más y más y desarrollamos tratamientos mejores, algunos pacientes se caen en estos vacíos de normativa, aunque comprendemos la biología y tenemos un tratamiento". Su paciente usó sus ahorros, sin saber exactamente si la relación entre el costo y el beneficio la favorecería, pero la mayoría de la gente no tiene esos recursos económicos.
La promulgación de la ley sobre el derecho a intentar, para darles a los pacientes con enfermedades terminales la posibilidad de probar tratamientos experimentales, que todavía no tienen la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), sumó confusión a los médicos, que no saben qué hacer.
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