En el último siglo el hombre fue, sistemáticamente, desarrollando actividades que provocaron la desaparición de numerosas especies de animales de la faz de la tierra. En el peor de los casos, el resultado era el desplazamiento de éstos respecto de sus hábitats naturales.
En la Argentina los efectos fueron increíblemente nocivos. Hoy el ciervo de los pantanos está en riesgo de extinción porque le resulta imposible encontrar ni siquiera un vestigio de su viejo ecosistema en las zonas del Delta argentino en donde el hombre ha destruido humedales para construir casas y barrios privados. Lo mismo le sucede al huemul, perseguido en toda la Patagonia por cazadores inescrupulosos.

Fue así también que el guacamayo rojo desapareció de los Esteros del Iberá, víctima, por su belleza, del comercio ilegal y el mascotismo. Miles de pumas fueron asesinados en inmensas regiones del país en las que el hombre necesitaba "criar tranquilo" sus ovejas. Peor le fue al yaguareté, que resultó desplazado y extinguido en casi todo el territorio natural que gobernaba como predador tope de la cadena trófica.
Afortunadamente en Argentina existen hace un tiempo organizaciones gubernamentales y no gubernamentales comprometidas con la recuperación de muchas de estas especies depredadas.

En la actualidad el huemul está protegido en Parques Nacionales de la Patagonia. El ciervo de los pantanos tiene un programa de recuperación y reinserción natural como también lo tiene el oso hormiguero. Los guacamayos rojos están siendo reinsertados en los Esteros del Iberá después de 100 años de ausencia en la región. Pero el máximo desafío lo siguen detentando los programas de reinserción del máximo felino americano: el yaguareté.
Estos planes de recuperación, por loables que fueran, siempre se manifiestan como insuficientes en cuanto se las confronta con el grado de destrucción que ha generado la actividad humana, empujada por la desidia, el mascotismo, la contaminación, la caza ilegal y el tráfico de animales.

Hay que remarcar que la Argentina, claro está, no es una isla en el océano de la tragedia global: todo el planeta perdió el 60% de sus animales salvajes en los últimos 50 años.
Como en otras partes del mundo, en nuestro país las expectativas están puestas en esas distintas fundaciones y organizaciones ambientalistas que continúan trabajando sin flaquear por la recuperación de la biodiversidad dañada y la reinserción de la fauna autóctona perdida.

El Estado y los programas de conservación de especies de nuestro país deben persistir en el fortalecimiento de políticas de aliento a investigadores, ecologistas, profesionales y, fundamentalmente, voluntarios que contribuyen con su compromiso a reparar lo que el hombre ha destruido en tan solo un siglo.
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