
Los reclamos son tan frecuentes como los acuerdos y afinidades. Me atrevo a decir que todas las parejas, aun aquellas que se precian de ser saludables, hacen uso de ellos. Algunos reclamos son notorios, otros se mueven ocultos formando redes de manipulación; otros se resuelven en el mundo interno, disipándose en el dolor o aumentando la ira.
Los reclamos ponen al otro en falta, porque no hizo lo que tenía que hacer o no asumió la responsabilidad esperada. Por este mecanismo de quejarse, de exigir al otro que explique la omisión, las parejas pierden lo más preciado: la equidad, la paridad (que le da el nombre al tipo de unión) y se sumen en el conflicto. Las parejas se vuelven desparejas con cada reclamo, hasta que se convierte en una constante.
Reclamos en la conquista
Si tiempo atrás reclamos eran patrimonio de las parejas constituidas, hoy, con las aplicaciones, es moneda corriente desde las primeras charlas. La infame doble tilde del WhatsApp es la responsable de muchas de estas demandas, casi todas urgentes.
La ansiedad se cuela en cada comunicación, su objetivo no solo es saber del otro (“quiero saber cómo estás”), es pretender que el otro dé una respuesta que ponga en evidencia algún grado de compromiso (”¿el fin de semana salimos, no?). Para quien ruega presencia, la interpretación del silencio, de la doble tilde, de las horas que pasan sin respuesta, es sinónimo de desidia, de abandono, de falta de interés.

Múltiples escenarios posibles comienzan a ocupar la mente de la persona sufriente: “no le intereso, está con otra/otro, no tiene tiempo para mí”, hasta llegar a los clásicos diagnósticos (hoy se diagnostica con tanta liviandad): “Es un narcisista, es una histérica, es un miedoso, etc”.
Obviamente, que este comienzo no augura nada bueno, por lo menos en lo que se refiere al respeto de los tiempos personales. Por lo general, quien reclama tiene un concepto de las relaciones basado en la dependencia, en el “pegoteo”, por lo cual el otro debe darle seguridad para tranquilizar la ansiedad de separación, aunque recién se conozcan.
Qué es la ansiedad de separación
Se denomina así a un estado de intranquilidad, de desasosiego, que puede convertirse en ataques de pánico y pensamientos de ruina e inutilidad, cuando el otro muestra conductas interpretadas como desinterés o falta de atención.
La ansiedad de separación es una constante en sujetos con rasgos de dependencia emocional o con ansiedad social. Existe evidencia de que las mujeres son más afectadas por este tipo de ansiedad y se remonta a experiencias de la infancia, por ejemplo, padres sobreprotectores y proveedores de afecto, siempre influidos por el control.

En cambio, los hombres con ansiedad de separación suelen tener altos índices de ansiedad social y fobias sociales (sentimientos de inferioridad, temor a la crítica externa, comparación con otras personas con más habilidades sociales, etc.).
Las personas afectadas con este tipo de ansiedad sienten malestar cuando el otro no les da seguridad, presencia y afecto, o bien sienten que la profecía de ser el peor candidato, el no querido, se cumple.
Nagging, reclamos y regaños crónicos
Cuando la demanda hacia el otro se vuelve crónica se habla de nagging (persistente, insistente, gruñón), es decir, una relación despareja en la que uno pide, reprocha, insiste) y el otro obedece. Muchas relaciones tienen este modelo de unión, a veces internalizado, sin cuestionamientos, como muchas conductas cotidianas (“Llevá a los chicos al colegio y decile a la maestra que no sea tan severa con nuestro hijo”); en otras se niega el efecto nocivo por otro más aceptable: “Como yo soy despistada, él me hace acordar lo que tengo que hacer”. Este roer diario, rutinario, genera un círculo vicioso de incomunicación. Si el otro se rebela será dato suficiente para la victimización de quien reclama (“Te enojás porque te digo la verdad, es por tu bien”).

¿Qué hacer?
Los reclamos son causa de conflictos vinculares y se presentan desde el inicio de la relación. Detectarlos a tiempo impide que crezcan y se instalen:
- El vínculo es la unión de por lo menos dos personas, cada una con su historia y forma de ser, por lo tanto, esa diferencia es generadora de cambios adaptativos hasta que la pareja se “acomoda” en un estilo de unión. Por ninguna causa hay que dejar que determinen un modelo de relación rígido.
- La autonomía de las partes es regla; si bien todo vínculo requiere compromiso afectivo y tiempo para estar juntos, de ninguna manera tienen que ser el resultado de un reclamo; el deseo de hacerlo debe ser prioridad.
- No hay que aceptar y mucho menos naturalizar conjeturas de conducta, insistencias o reproches, menos aquellos que son trasmitidos bajo alguna forma de violencia.

- Aprender a reconocer las conductas de manipulación a través de expresiones o comportamientos en apariencia inocentes.
- Dudar de la expresión “Como vos quieras”, porque luego vendrá el reproche, “Me dijiste que eligiera yo un lugar para comer… ¿Y ahora me decís que no fue una buena elección?”
- En el comienzo de la relación, las demandas de atención son un signo de conflictos futuros.
- Todos necesitamos de los demás, los vínculos enriquecen nuestra vida, pero de ninguna manera hay que rogar o insistir la presencia del otro.
- Las personas con antecedentes de ansiedad de separación, así como la presencia de ansiedad y fobias sociales, deberían buscar ayuda terapéutica para tratar las limitaciones que estos síntomas les provocan.
* El doctor Walter Ghedin (MN 74.794) es médico psiquiatra y sexólogo
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