
(Desde Milán) - Rodeada de niebla hace ya varios días, la Madonnina, áurea estatua de la Virgen María que corona la Catedral de Milán, vigila inmutable el movimiento vacilante de una ciudad que con timidez busca replicar la vitalidad y el dinamismo de la pre-pandemia. “Milano da vivere, da sognare, da godere, Milano da bere” (”Milán para vivir, para soñar, para gozar, Milano para beber”), reza el spot publicitario de Amaro Ramazzotti que el periodismo italiano de los ‘80 empleó para definir la efervescente, acelerada y frívola vida social de la zona.
Cuna del futurismo y capital de la moda italiana, industria veloz por antonomasia, es el flujo constante de energía la quintaesencia del ser milanés.
Con los mismos cielos grises que se asoman entre el cableado infinito del tranvía y el sinfín de edificios amarillos (por elección o por el simple pasar de los años) de siempre, la nueva normalidad milanesa trae consigo un acercamiento dubitativo al cotidiano. Más vacías que de costumbre, sus calles son testigos de un panorama incierto a nivel regulatorio y epidemiológico en el que, como en la rayuela, cada paso en falso pone el mundo en pausa.
Eventos suspendidos, como los desfiles de Emporio Armani y Giorgio Armani en la Semana de la Moda masculina que se llevó a cabo a mediados de enero, o aplazados, como el famoso Salone del Mobile que fue reprogramado para junio, evidencian este frágil equilibrio repleto de contradicciones. Cualquier pretensión de ligereza sucumbe ante el frío invierno milanés y la mirada se deposita en una promesa de días más cálidos y libres.

“En Milán la moda se toma muy en serio y es una ciudad acelerada con un ritmo devorador”, reflexiona Agustín Escalada, un modelo argentino que llegó a Italia para la Semana de la Moda, en diálogo con Infobae. “Desde mi perspectiva se la ve afectada por la situación global: menos clientes haciendo castings, muchas marcas de renombre cancelando sus fechas y otras optando por una modalidad virtual. La oferta laboral se redujo bastante”, suelta Escalada.
Aún así, ralentizada e indecisa, la dimensión de la industria de la moda italiana no deja de ser colosal. “No me imaginé que el primer trabajo que hiciera en Europa fuera en la Fashion Week”, confiesa la modelo Delfina Pérez, “es mi primera vez trabajando fuera de Argentina y superó todas mis expectativas”, agrega.
A lo largo del Quadrilatero della moda, el punto neurálgico del comercio de lujo milanés, las veredas permanecen libres de turistas que dificulten la circulación por acarrear un sinnúmero de bolsas de Prada. Como un espectáculo a cielo abierto, la Vía Montenapoleone, su arteria principal, resplandece por el brillo propio de las vidrieras de las más famosas casas de moda europeas. De tanto en tanto es posible avistar un super auto que la circula con calma mientras en sus ventanas se reflejan los carteles de Louis Vuitton, Fendi y Chanel. La pasticceria Cova, emblema de la zona, se mantiene siempre llena contra todo pronóstico y restricción. No hay forma de alejar a los milaneses del cappuccino y la brioche.

Además de contar con los jugadores de siempre, Milán no deja de ser canvas sobre el que se entreveran lo clásico (si es que Prada y Armani pueden ser considerados clásicos) y la vanguardia del diseño italiano.
Marcas jóvenes como GCDS, The Attico y County of Milan, del argentino Marcelo Burlon, se consolidan como embajadoras de la nueva moda italiana a través del maximalismo, la ironía y el streetwear. Es en en esa dinámica de contrastes que se encuentra el atractivo de la ciudad. Los cafés tradicionales comparten cuadra con franquicias de cadenas de poke (Poke House) o de cocina fusión japonesa-brasileña (Temakinho) y desde el Bosco Verticale, un rascacielos moderno íntegramente cubierto por plantas, es posible divisar la iglesia Santa Maria delle Grazie donde se encuentra “La última cena” de Leonardo da Vinci.
Repleta de atractivos, lo único que se interpone entre la Milán de hoy y la famosa “Milano da bere” son las cambiantes regulaciones y, para un vacunado en el extranjero, el elusivo Green Pass italiano.
Como en una trama kafkiana, el camino hacia el QR que abre todas las puertas va desde una oficina en la que un cartel indica que el trámite se realiza por correo a una respuesta automática que desemboca en un formulario online. Las esperas son largas y las respuestas son escasas pero, finalmente, llega. Como el sol, que luego de una semana de oscuridad, alumbra el Duomo. Y así, en un instante, los bares se inundan con una multitud frenética que espera con ansias la hora del aperitivo.
A un mes de la edición femenina de Milan Fashion Week, la ciudad avanza, paso a paso, con los preparativos. Cada vez más cerca del cielo, como en la rayuela.
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