
El momento de tomar el té, o chai, en Rusia no tiene ni por esbozo la solemnidad del "camino del té" japonés y su fuerte vínculo con la filosofía Zen. A diferencia de otros países, como India, China, Inglaterra, en el imaginario colectivo, Rusia es sinónimo de vodka, el genérico que emplean para designar a cualquier bebida espirituosa y que occidente adjudicó a esta en particular. Para nada se lo vincula, entonces, a la delicada infusión de origen chino, a pesar de que su consumo per capita esté entre los más altos del mundo.
Sin embargo, esta falta de relación está en lo correcto. En Rusia, la delicadeza y la sutileza no son lo que prima en el ritual. Los sabores son fuertes y con carácter. El té es negro y se toma con azúcar: se sirve primero un concentrado en un vaso largo desde una tetera y luego, según la tradición, se lo diluye a gusto con el agua hirviendo del samovar, recipiente de metal famoso por sus apariciones en la pintura y en la literatura. La relevancia que ha portado este fastuoso y masivo aparato en los hogares rusos es ineludible, colocándose como símbolo de estatus y de respetabilidad. Escribe Antón Chéjov en Los Campesinos (1897): "Embargado el samovar, la casa se tornó aún más triste. Había algo de humillante en aquel embargo. Diríase que, con el samovar, se habían llevado el honor de la casa".

Hoy en día, es rara la presencia del samovar en la mesa, aunque no así la del té. La puesta en escena es ornamentada con un zip de vodka, limón o miel y varios dulces, como frutos secos o confitados, galletas y panes. Según la costumbre, se debe beber la infusión con un terrón de azúcar entre los dientes.
En caso de buscarse un acompañamiento salado, los blinis -una especie de panqueque o tortita-, coronados con crema agria y caviar son una de las opciones más populares. Es evidente en esta combinación la dicotomía entre austeridad y opulencia que inunda la cultura rusa: el caviar, costoso debido a la escasez de esturiones de los que proviene, se come sobre una masa preparada con ingredientes para nada extravagantes (huevo, harina, yogur y sal).

La bebida, que ingresó al país entre los siglos XVI y XVII en manos de los mongoles, era, en un principio, accesible solamente a las clases acomodadas. Sin embargo, para el siglo XIX el té ya se había popularizado y se consumía en todos los estratos sociales. El hábito se fomentó fundamentalmente en Moscú, ya que en San Petersburgo, ciudad de influencia europea, se prefería el café.

En la actualidad, el té es la bebida más popular en el país y no se restringe a un horario en particular. Aunque este aspecto pueda rastrearse al resto de las regiones de alto consumo de la infusión, el ritual ruso se aleja de las demás tradiciones debido a que, paradójicamente, no posee ritual alguno. El té es el centro de la escena pero, a la vez, cumple el rol de acompañante, tanto de los diversos platillos con los que se lo estila preparar como de una buena conversación.
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