
Enrique Sdrech fue uno de los grandes periodistas de policiales de nuestro país. Trabajó en los diarios Crítica, El Mundo, Clarín y la agencia Télam. Creó la revista Pistas, y las últimas décadas de su vida las dedicó a contar los casos policiales en televisión, tanto en El Trece como en la señal Todo Noticias, en donde tuvo varios programas propios.
También escribió varios libros, como Esta es mi verdad, 37 puñaladas para Oriel Briant, El hombre que murió dos veces, ¿Quién mató a Silvia Angélica Cicconi?, Giubileo un caso abierto y Cabezas. Crimen, mafia y poder (con Norberto Colominas). Murió a los 75 años, el 23 de agosto de 2003.
La periodista, escritora y guionista Florencia Etcheves se formó con el Turco, como lo conocían en los pasillos de Todo Noticias. Fue su productora, su compañera y su amiga durante muchos años. Hoy, a 15 años de su partida, le dedica una carta en la que lo recuerda con mucha emoción, y que acercó a Teleshow.

Enrique Sdrech: El hombre que amaba los mapas
Cecilia Enriqueta Giubileo. Alfredo Enrique Nalib Yabrán. Oriel Briant, la bella profesora de inglés.
Enrique Sdrech, el Turco, solía nombrar a los protagonistas de las historias policiales que lo apasionaban con nombre, segundo nombre, apellido y apodo. Era su manera de marcar la cancha, su forma de decir: "Yo de este caso lo sé todo".
No era una estrategia discursiva, ni un embuste de hombre de mil batallas; el Turco de verdad lo sabía todo.
Era un apasionado del detalle: comida favorita de la víctima, banda musical más escuchada por el asesino, cómo murió, a qué hora, si el día del crimen llovía o si el sol rajaba la tierra. Todo.
El rey del dato anotaba todo en hojas sueltas con una letra chiquita, prolija, casi dibujada y las dejaba en pilitas sobre el infierno de papeles que era su escritorio. La crónica policial argentina reposaba sobre el acrílico negro y también en sus cajones, que muchas veces se desfondaban por el peso.
"Llamá al cerrajero, nena, me quedó la información de los óbitos atrapada en el cajón del medio", solía decir. La nena era yo.
Además de llamar al cerrajero, esperaba pegadita al mueble rogando que cuando el cajón por fin cediera, no saltara alguna de esas fotos de autopsias que el Turco solía analizar con ojo crítico para no errarle a lo que iba a decir al aire.
Entre expediente y expediente, el Turco, tenía una costumbre: mirar Los tres chiflados. Acercaba su silla a uno de los monitores de la redacción y seguía las andanzas bizarras de Moe, Larry y Curly. Y se reía. ¡Cómo se reía! La infancia, como un continente lejano, se le venía de golpe. Y se reía.
Una o dos veces por semana, quienes trabajábamos con él éramos testigos de un ritual que no tenía que ver con la muerte, tenía que ver con la geografía.
El Turco amaba los mapas. Los compraba con división política, de colores, grandes, chicos, medianos. A veces los rescataba de enciclopedias viejas; otras, de las librerías escolares. Sacaba de su maletín de cuero marrón una carpetita de cartón celeste y desplegaba esos mundos sobre su mesa de trabajo. Y se quedaba un buen rato mirando, con los ojos perdidos en lugares lejanos. Con el dedo recorría las montañas europeas, los océanos celestes y el río Misisipi. Le encantaba el Misisipi. Vaya a saber qué es lo que lo atraía de esa maraña de líneas que dibuja en los mapas al río Misisipi. Me gustaría saberlo. Nunca le pregunté.
Sus historias, que llenaban el espacio a borbotones, siempre tenían que ver con los demás. El Turco era un periodista que no sabía contarse a sí mismo. Un buen periodista es eso: contar el universo y excluirse, siempre. Pero también, un buen periodista pregunta. Y yo no le pregunté muchas cosas. Me arrepiento.
Era un tipo de carácter fuerte. Cuando se enojaba, se enojaba de verdad. No había pose de estrella, ni actuación: había enojo. Los berrinches lo llevaban a renunciar una o dos veces por semana. La escena siempre era la misma:
—Renuncio (portazo).
—El Turco renunció.
—Vamos a buscarlo.
Y él se quedaba paradito en el estacionamiento del canal esperando a que lo fuéramos a buscar.
—Dale, Turco. Ya está.
—Estoy muy cansado.
—Dale, vamos que en un rato empieza el programa.
—Bueno, vamos.
Y así. Siempre. En esos caprichos se escondía un mimoso. Era un mimoso gruñón.
Dicen que cuando alguien se muere lo primero que nuestra memoria se lleva es el sonido de esa voz que ya no vamos a volver a escuchar.
Sin embargo, 15 años después, todavía retumba en mis oídos el vozarrón del hombre que amaba los mapas. El hombre que soñaba con el río Misisipi, el hombre que nos contó un país. Porque nada describe tanto a un país como sus muertos, como sus asesinos.
Y me permito este espacio para dedicarle, mirando al cielo, ese saludo con el que cada noche se despedía de la redacción.
Salaam Aleikum, Turco.
Por Florencia Etcheves, especial para Teleshow
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