A los 16 años, Dante Spinetta ya tenía dos discos publicados y la certeza de que el camino musical era irreversible. Su relato en el programa Otro día Perdido con Mario Pergolini revela el impacto que la música y la figura de su padre, Luis Alberto Spinetta, tuvieron en su formación.
Desde pequeño, Dante sintió una atracción particular por otros rumbos artísticos. “Siempre tuve una afección muy grande por el ritmo, Como que eso fue lo primero que me atrapó, pero mi viejo me ponía una viola siempre ahí al lado, hasta que un día la agarré”, recordó sobre sus inicios. La guitarra, presente casi como un mandato silencioso, finalmente se transformó en extensión de sus manos.
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El tema de la escuela surgió pronto en la conversación. Pergolini fue directo: “Bueno, tu papá dijo que vos no terminaste el secundario”. Dante respondió con un escueto “No”, y la charla se volcó a la anécdota familiar. Según la versión popular, Luis Alberto habría dicho: “Dejás el colegio porque te quiero ver tocando la guitarra todos los días. Apenas dejás de tocar la guitarra, te devuelvo al colegio”.

Dante, sin embargo, aclaró el tono de la advertencia: “Fue un poquito más violento. Me dijo: ‘Si no te veo tocando la guitarra todo el día, patada en el culo, al colegio no’. Así directamente”. La relación entre padre e hijo se tejía entre la exigencia y el impulso creativo, en un equilibrio inusual.
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No era una rebeldía escolar sin causa. “Yo tenía dieciséis y ya tenía dos discos en la calle. Yo a esa edad ya estaba laburando muy fuerte. Por ejemplo, iba de Die Schule o de Cemento al colegio. Llegaba y me dormía toda la clase literal en el banco”, contó sobre aquellas afiebradas noches de los 90.
La doble vida entre los escenarios y el pupitre resultaba insostenible. “No quiero venir más acá, no quiero venir más acá”, reflejaba ese sentir adolescente. La decisión de dejar el colegio no fue un capricho: “De alguna manera ya laburaba y tenía todo un camino. Entonces lo de mi viejo fue como decir ‘te quiero ver todo el día con la viola’. Yo prometí, cumplí, tocaba seis, ocho horas por día”.
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El esfuerzo tuvo consecuencias físicas. “Tuve tendinitis, toda la movida. Me tuvieron que llevar al médico, me dolía”, confesó. La intensidad del entrenamiento llegó a provocarle el llamado “brazo de guitarrista”, una dolencia similar al “codo de tenista”, según bromearon en el estudio.
Más allá del instrumento, ese periodo marcó el inicio de una búsqueda integral en la música. “Aprender a producir, a hacer otras cosas, ¿no? A hacer beats, a la producción, a manejar más instrumentos, tocar el bajo, el teclado un poco”, detalló Dante. En este sentido, el disco Chaco, que llegó después de esa etapa, fue, como señala, “una producción cien por ciento nuestra”, en referencia a Illya Kuryaki, el dúo que formó con Emmanuel Horvilleur.
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Muchos jóvenes artistas enfrentan el dilema entre la educación formal y la vocación. En el caso de Dante Spinetta, la presión familiar no fue para abandonar, sino para redoblar el compromiso con la música. Su padre, lejos de oponerse, exigió dedicación total: si la guitarra no ocupaba su día, el banco escolar lo esperaba nuevamente.
La historia personal de Dante muestra que, para algunos, la escuela puede ser la música misma, siempre que exista una guía firme y una entrega completa. Las largas horas de práctica, la tendinitis y la obsesión por explorar nuevos sonidos terminaron forjando no solo a un instrumentista sino a un productor inquieto y multifacético.
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