“Se cerró la puerta y empezó el infierno”. Así sintetizó Romina Orthusteguy, ex Gran Hermano, la convivencia con su expareja y padre de su hija Mía, Eduardo Carrera después de salir del reality en 2003. Por primera vez, decidió contar en detalle el calvario que vivió: “La palabra que yo uso es que fue un infierno”, admitió en una charla a corazón abierto con Matías Bagnato en Después de Todo, el ciclo de entrevistas de Bondi Live, donde el eje fue el dolor, la soledad y la violencia que atravesó tras las cámaras y lejos de los reflectores.
Todo comenzó dentro de la casa, donde la relación con Carrera parecía encantadora a los ojos del público, pero ya mostraba señales de alarma. “La violencia comenzó dentro de la casa”, reconoció Romina. Recordó la noche en la que, tras una discusión por unos cigarrillos, Eduardo le gritó “te quedás acá o te mato” y le tiró una copa de vidrio a los pies. “Me reí, pero era de los nervios”, confesó, explicando cómo su cuerpo respondía frente a la tensión. “La producción lo dejó y lo puso en placa para que la gente decida. Es la gente la que lo expulsó una semana después”, contó.
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Al salir del programa, Romina describe que todo estuvo armado para que siguieran juntos. La producción los ubicó juntos en el reencuentro familiar y hasta se montó un falso compromiso en televisión: “El anillo que le dan a él para que me ponga se lo sacó Marisa Brel en el momento, que ni me entraba… Todo eso fue en vivo. Yo descolocada”, recordó. Durante los primeros meses, el vínculo se sostuvo casi por inercia, entre apariciones públicas y obligaciones contractuales.
La convivencia marcó el inicio de la etapa más oscura. “Yo decido alquilar para irme a vivir sola, pero él viene a vivir a mi casa. La idea era irme a vivir sola”. Apenas se cerró la puerta del departamento, todo cambió: “Se cerró la puerta y empezó el infierno. Había un cumpleaños, yo quería ir y él no quiso. Le dije ‘voy igual’ y me fui a maquillar al baño. Ahí empezó a gritar ‘puta’ y todo eso. Me seguí maquillando, pero ya la relación…”, relató con la voz quebrada. El actual jugador de Gran Hermano: Generación Dorada estallaba por cualquier cosa: “Eran reacciones desmedidas por cosas mínimas. Si sonaba el teléfono, rompía todo a las patadas”, graficó.
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El control era absoluto. “Me echaba mucho de mi casa. Si me maquillaba o si no me ponía jogging, porque yo tenía que usar jogging. Pavadas”, enumeró. Cuando la echaba, Romina se refugiaba en hoteles familiares, esperando el momento para volver y tocar el timbre: “Si me abría, estaba todo bien. Si no, me iba de nuevo”.
Nunca contó nada. “No, jamás. Él me echaba mucho de mi casa, no sé por qué… Yo esto no se lo decía a nadie”, se lamentó. El aislamiento era total, y el miedo, una presencia constante: “Solo yo trabajaba. El ingreso económico fuerte era mío. El alquiler lo pagaba yo”.
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El momento más brutal quedó grabado por la crudeza de la frase que Carrera le dijo cuando ella le contó que estaba embarazada: “Me miró fijo y me dijo: ‘Esto me caga la carrera’”. A pesar del contexto, Romina nunca dudó en continuar con el embarazo: “A mí inmediatamente me enteré que estaba embarazada y me agarró un amor que no…”, expresó.

El nacimiento de su hija, Mía, no modificó la actitud de Carrera. Apareció en la clínica al día siguiente del parto. “Lo primero que dijo es que él no estaba, que tuvo que venir en micro 12 horas, como quejoso de eso. Se tiró a dormir. La enfermera entró y se lo llevó”. Luego, recordó el episodio en el que Eduardo tomó a la beba recién nacida y la arrojó sobre la cama, luego de escucharla llorar, diciendo: “Esta pendeja nos tomó de hijos”.
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La crianza fue en soledad: “A los 45 días ya tenía dos laburos. Me cuidaban a Mía mis viejos. Él apareció una vez, a los dos meses, y después nunca más”. El abandono fue total: “Nunca más. Durante todos estos 20 años, nunca más”.
Cuando Mía creció, la ausencia de su padre la atravesó, pero no la definió. “Yo desde muy chica, cuando iba al jardín, veía a mis compañeritos con madre y padre. Yo al principio no entendía por qué yo nada más tenía solo uno. Pero después, nunca lo necesité. Ella hizo de madre, padre, todo junto”, contó Mía, sentada junto a Romina en la entrevista.
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El regreso de Carrera a Gran Hermano removió todo. “Me enteré de que tenía un hermano, y que él iba a entrar”, reveló Mía. “Yo conocí todo de él en la tele. Le conocí la cara, la voz, todo. Apenas lo veo entrar, me impactó. Me quedé en shock. Después me agarró mucha bronca y después mucho dolor. Lo único que me dolió fue que no me nombrara, que haga como si yo no existiera”.
Romina explicó por qué decidió hablar después de tantos años de silencio: “Nos está afectando. Es un límite. Yo nunca más salí. Cada vez que empieza un Gran Hermano, siempre me llamaron para ver qué es de la vida de… pero nunca hablé. Hoy, lo hago porque esto me supera”, sentenció.
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