Luego de la Segunda Guerra Mundial, Italia impactó al mundo con grandes películas reunidas bajo el nombre de neorrealismo italiano. A la crudeza de esos títulos le siguieron otros grandes realizadores, siendo Federico Fellini el más prestigioso de todos. Y allí detrás, con una mirada tan filosa como brillante, aparecieron las comedias italianas, que reinarían durante un par de décadas.
A fines de los 50 el género encontraba en Los desconocidos de siempre (1958), de Mario Monicelli, el tono exacto que sería una marca indeleble en la historia del cine. El veterano actor Totó se cruzaba con los jóvenes Vittorio Gassman y Marcello Mastroianni. A partir de esa banda de perdedores que soñaban con dar un gran golpe Italia hizo un cruel y desopilante retrato de sus habitantes.
La comedia italiana se destacaría por esos actores a los que hay que sumarle a Alberto Sordi y Ugo Tognazzi. Muchos otros nombres merecen un apartado, pero en el cuarteto Gassman, Mastroianni, Sordi y Tognazzi la comedia encontraría un póker de ases que se convertiría en leyenda. Fueron mundialmente famosos, pero inmediatamente Argentina los adoptó como propios. Junto a Nino Manfredi, otro maestro de la comedia, Vittorio Gassman llegó a filmar en nuestro país la comedia Un italiano en Argentina (Il Gaucho, 1964), prueba cabal de esa conexión directa.

El director de este título fue Dino Risi, uno de los verdaderos artífices de este género, el director de Los monstruos y, junto Mario Monicelli y Ettore Scola, de Los nuevos monstruos. Este trío de realizadores son piezas claves de este fenómeno tan particular que se volvió tan cercano a nuestra identidad como sociedad. Para bien o para mal, sus películas nos resultaron muy cercanas y el público argentino se rio con la certeza de que algo propio había en cada uno de los personajes.
Los monstruos es una película de una enorme libertad. Las viñetas, los sketches que conforman la trama tienen una duración variable: algunos son historias complejas y otros, sutiles y veloces, pasan volando. Un padre que rompe todas las reglas de tránsito frente a su hijo, dándole lecciones de inmoralidad sin ningún problema, es el arranque de 20 historias de humor negro, crítica social, sátira política y hasta comedia sexual. Vittorio Gassman y Ugo Tognazzi hacen una docena de papeles cada uno, como una versión cinematográfica de la comedia del arte italiana. El espectador los reconoce y les permite este juego durante toda la película.
En estas historias vemos personajes muy argentinos, boxeadores, políticos, miembros de la iglesia, pícaros, traicioneros, engañadores que terminan engañados, cínicos sin arreglo, en un mapa muy gracioso pero también algo angustiante. No se trata de un filme amoral: la película se toma el tiempo para mostrar las consecuencias de esos actos en varios casos. La historia final es demoledora, logrando Tognazzi y Gassman el punto más alto del patetismo como dos perdedores que con el boxeo planifican un triunfo que termina en desastre.

Los nuevos monstruos, una secuela que llega 14 años después, tiene menos historias y un tono aún más oscuro. La década del 70 trajo, para Italia y -casualidad o no- para Argentina un clima más oscuro y pesimista, incluso más que el filme anterior. La mirada sigue siendo descarnada, pero el mundo se ha vuelto aún más peligroso y violento. Para probarlo están allí los dos personajes que interpreta Ornella Mutti, cuyos finales dejan al espectador sin aliento. Y se suma a Gassman y Tognazzi, los dos protagonistas, la presencia de Alberto Sordi, encargado de darle un cierre a la película para que no sea tan abrumador. Nuevamente los chantas, los snobs, los cobardes, todo con el marco de una sociedad que parece haber empeorado.
El histriónico Gassman y el sobrio Tognazzi ganaron por Los monstruos el premio a mejor actor, compartido, en el Festival de Cine de Mar del Plata, otra demostración del enorme cariño que provocaron sus trabajos en nuestro país. Ya eran leyenda en la década del 70, pero siguieron disfrutando de una enorme popularidad. Los italianos, cuya herencia llegó a la Argentina con lo bueno y con lo malo, y que siempre parecen estar hablando de nosotros al mismo tiempo que hablan de ellos mismos. En particular cuando se trata de comedias, donde la italianidad y la argentinidad parecen fusionarse en una misma identidad durante el tiempo que duran las películas.

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