
Las balas que lo mataron llevarían inscripto un nombre que no era el suyo. Una vez disparadas, esas tres balas (dos ingresaron a su cabeza, la restante hizo blanco en el centro del pecho) obedecían a una certeza impropia: no les importa a quién son dirigidas, no obedecen argumento alguno; solo buscan asesinar. Y así fue cómo Facundo Cabral cayó muerto a los 74 años, por estar donde no debía, en el sitio en el cual no lo esperaban, por ser víctima de un ataque que no había sido pergeñado para él.
A las cinco de la mañana del 9 de julio de 2011, luego de tres recitales a sala llena en el Teatro Roma de Qetzaltenango, Guatemala, Cabral dejó el hotel en el cual se alojaba -Tikal Futura- en el auto de Henry Fariñas, el productor que lo había contratado.
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Unas pocas horas antes se habían cruzado en el lobby. “¿Cómo vas a ir al aeropuerto?”, le preguntó el hombre. “En ómnibus. O en taxi”, respondió el músico. “¡Olvídate! Te llevo en mi auto. Salimos a primera hora”, fue la invitación. Facundo aceptó, y se dirigió a su habitación a descansar. Ni él -no tenía por qué- ni nadie notaría entonces que un par de camionetas ya estaban dispuestas en las cercanías del Tikal Futura: a esa altura al minucioso plan para atentar contra la vida de Fariñas no se le escapaba ningún detalle. Salvo la presencia del notable poeta argentino.
La lluvia y un calor pesado acompañaban al auto cuando ingresó en la Avenida Libertador y las camionetas le cerraron el paso. Dos hombres, dos mercenarios, descendieron del vehículo con armas automáticas: vaciaron sus cargadores en el coche de Fariña. Y esas tres balas -serviles, letales, confundidas- que alcanzan a Cabral, quien muere en el acto. En cambio, el productor apenas sufre una herida leve.
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El jefe del atentado era el costarricense Alejandro Jiménez González, alias El Palidejo. Hombre de confianza del Cartel de Sinaloa en Centroamérica. Hombre del Chapo Guzmán.
Fariñas no era inocente. La Policía aseguró por entonces que se había quedado con un envío de drogas destinado al Chapo. Además, días atrás había aceptado una propuesta de El Palidejo para comprarle un cabaret que poseía en Costa Rica. Acordaron el precio, pero no se pusieron de acuerdo con el modo de pago: el narco quería abonarlo en efectivo en billetes de veinte dólares, pero el productor pretendía una transferencia bancaria. Ese artilugio legal echaba por tierra la maniobra de lavado, que quedaba trunca.
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Jiménez González consideró que ya era demasiado y juró venganza. Anotó su apellido. Pero no el de Cabral. Puede que su ignorancia de matón hasta lo desconociera...
Facundo (Rodolfo Enrique Cabral) dejó un vasto legado de música, poesía, paz. 35 discos: Facundo el Creador (1971) fue el primero, Bicentenario (2010) sería el último, pasando por el notable Cortezías y Cabralidades (1998), en un dúo con Alberto Cortez que agregaría la zeta. En el medio, su inolvidable tema: “No soy de aquí, ni soy de allá”.
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“Escribí unos 22 libros sin títulos y sin mi firma, gané tres discos de oro y dos de platino, y se los regalé a un taxista. Pesaban demasiado y yo nunca tuve casa: siempre viví en hoteles”, solía decir Facundo, a quien la vida le colocaría escollos desde su nacimiento: un día antes del parto su padre huyó -vaya uno a saber dónde- y nunca más volvió.

El abuelo paterno echaría a la madre de Facundo, con sus seis hijos a cuesta. La mujer, como pudo, primero se estableción en Berisso, más tarde en Tierra del Fuego. Cabral se iría de allí a los nueve años. “Quise llegar a Buenos Aires –contó– para conocer al presidente Perón, porque le daba trabajo a los pobres”.
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Supo que el General visitaría La Plata y cambió su rumbo. Durmió junto a la Catedral y al día siguiente eludió el cerco policial para llegar al auto presidencial. Un efectivo quiso impedirlo; tuvo que obedecer una orden: “El presidente le dijo que me dejara avanzar. Subí al auto y hablé con los dos. Con Perón y Evita. Me preguntaron que quería. ‘Trabajo’, dije. Y ella dijo algo inolvidable: ‘Por fin alguien que pide trabajo y no limosna’. Gracias a ese encuentro mi madre tuvo trabajo, y todos nos mudamos a Tandil”.
Las dificultades no terminarían. Suponiendo que así escaparía de una infancia de carencias, se abrazó al alcohol con apenas 10 años. Lo encerraron en un reformatorio. Huyó. A los 14, otra vez adentro. Mea culpa. “Era violento, indominable. Pero allí, entre rejas, conocí al cura jesuita Simón, que me enseñó a leer y a escribir, me impulsó hacia los buenos libros, cursé la primaria y el secundario, y un día –otra vez vagabundo– oí el Sermón de la Montaña, y nací de nuevo. Corrí a escribir una canción: ‘Vuele Bajo’, y me convertí en El Indio Gasparino”.
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En el 70 grabó “No soy de aquí, ni soy de allá”. El hombre, que siendo un niño había crecido en el rincón austral del mundo, recorrería 170 países con su guitarra. Trovador solitario, se definía como “violentamente pacifista, vagabundo firstclass, anarquista filosófico y contemplativo”. Leyó -y frecuentó- a Jorge Luis Borges. Cantó con Julio Iglesias, Pedro Vargas (el rey mexicano del bolero) y Neil Diamond.
Transparente, indiscutible en lo suyo, acólito del despojamiento y la síntesis –vivir y viajar con lo justo–, en los últimos años empezó a torturarlo “esa larga siesta de verano”, como Borges llamaba a la ceguera. En la mañana del 9 de julio de 2011, la oscuridad sería absoluta.
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El Palidejo sería condenado a medio siglo de prisión por incitación al crimen, lo mismo que los cuatro atacantes: los dos que dispararon y los dos que cubrieron su escape: Elgin Vargas, Wilfred Stokes, Juan Hernández y Audelino García. Henry Fariñas cumple una pena de 18 años por narcotráfico.
Solo las crónicas policiales y los prontuarios repararán en esos nombres. Por el contrario, Facundo Cabral permanecerá indeleble en la memoria popular.
Porque la grandeza no es producto del azar. Tampoco lo son las leyendas.
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