
En una sociedad marcada por la hiperconexión digital y la constante disponibilidad, un fenómeno comienza a cobrar fuerza: el regreso a los teléfonos móviles sin internet, conocidos como dumbphones o “teléfonos tontos”. Lejos de ser una tendencia nostálgica, estos dispositivos están siendo una respuesta concreta ante la preocupación por la adicción al celular y sus efectos sobre la salud mental, la productividad y la calidad de vida.
Según datos recientes, publicados por La República, los españoles pasan en promedio un 35 % de su tiempo diario utilizando el teléfono móvil. En muchos casos, se trata de un uso inercial, sin un objetivo definido, lo que intensifica una sensación de dependencia difícil de controlar.
Como destaca la psicóloga Gabriela Paoli, autora de Claves para un uso saludable de la tecnología, “es fundamental tomar conciencia del tiempo que pasamos en el móvil”, y a partir de ahí aplicar medidas como “limitar el uso de aplicaciones, desactivar notificaciones innecesarias y establecer momentos y espacios de desconexión”, por ejemplo, evitando el uso del móvil en el dormitorio.

Qué son los dumbphones
Los dumbphones representan la antítesis del smartphone. Son teléfonos que no disponen de conexión a internet ni permiten la instalación de aplicaciones. Su funcionalidad se reduce a realizar y recibir llamadas, enviar mensajes SMS y, en algunos modelos, usar funciones básicas como calculadora o radio.
“El término dumbphone hace referencia a un tipo de dispositivo básico, con un nombre relacionado con el concepto de teléfono tonto, para hacer una distinción clara con los smartphones”, explica Silvia Martínez, profesora de la UOC y directora del máster universitario de Social Media.
A pesar de que algunos modelos puedan contar con pantalla a color o incluso táctil, su carencia de conectividad elimina de raíz los vínculos con las redes sociales, las aplicaciones de mensajería y los entornos de trabajo digitales como el correo electrónico. Esto convierte a estos dispositivos en una herramienta eficaz para quienes buscan reducir su exposición a las pantallas y los estímulos digitales constantes.

Un estudio reciente de Statista señala que cerca del 50 % de los usuarios españoles de smartphones están conectados entre una y cuatro horas diarias a internet desde su móvil, y más del 4 % supera las ocho horas. Frente a ese escenario, un 75,5 % de los jóvenes españoles entre 18 y 35 años afirma que quiere usar menos el móvil, mientras que un 56,5 % ha contemplado la posibilidad de iniciar una “desintoxicación digital”.
César Córcoles, profesor de la UOC y director del máster en Desarrollo de Sitios y Aplicaciones Web, sostiene que los dumbphones también podrían ser una solución para familias preocupadas por el uso temprano del móvil en la infancia. “Un segundo mercado que está surgiendo [...] es el segmento de edad que va de los doce a los dieciséis años, con padres que preferirían aplazar el uso del smartphone hasta los dieciséis, pero que sí quieren que sus hijos tengan un teléfono móvil”, señala.
¿Una moda pasajera o un cambio de paradigma?
Aunque su penetración en el mercado sigue siendo reducida, el debate en torno a los dumbphones se ha instalado incluso en las políticas públicas. El Gobierno español ha recogido las recomendaciones de un grupo de expertos que sugiere, entre otras medidas, prohibir el uso de móviles inteligentes en menores de dieciséis años y exigir que los dispositivos incluyan advertencias sobre el riesgo de adicción.

Estas sugerencias coinciden con los lineamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que establece la prohibición total del uso de pantallas en menores de un año y un máximo de una hora diaria hasta los cinco años. También se plantea elevar la edad mínima para registrarse en redes sociales de los catorce a los dieciséis años.
En este contexto, los dumbphones aparecen como un recurso viable para fomentar una relación más saludable con la tecnología. Permiten a los usuarios mantener la comunicación básica sin quedar atrapados en la lógica del scroll infinito o las notificaciones permanentes. Silvia Martínez apunta que “el hecho de carecer de estas opciones de conectividad les ayuda a marcar distanciamiento y a disfrutar mejor de su tiempo”.
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