Las cámaras captaron el brutal ataque a una familia
Una familia de González Catán vivió una madrugada de terror el viernes pasado cuando cuatro delincuentes armados ingresaron a su casa trepando por los techos, redujeron al matrimonio y amenazaron a su hijo de apenas cuatro años mientras revolvían cada rincón de la vivienda en busca de dinero y objetos de valor. El brutal asalto terminó con el dueño de la propiedad herido de un martillazo en la cabeza y con la familia completamente conmocionada. Horas después, dos de ellos fueron detenidos y los otros dos permanecen prófugos.
Las cámaras de seguridad de la propiedad, donde también funciona un kiosco, registraron parte de la secuencia: los ladrones descendieron desde un techo lindero hacia el patio delantero de la propiedad y luego comenzaron a patear violentamente una puerta hasta lograr entrar.
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“Fue horrible. Yo escuchaba que le estaban haciendo algo a mi pareja y no podía ayudarlo. Mi hijo estaba escuchando todo”, contó Natalia a TN, dueña de la casa, todavía conmocionada por lo ocurrido.
Según relató la mujer, los delincuentes actuaron con extrema violencia desde el primer momento. Primero sorprendieron a Hernán, su marido, que estaba cerca de la entrada de la casa. Mientras tanto, ella permanecía encerrada en una habitación junto a su hijo pequeño bajo la amenaza constante de uno de los asaltantes.
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“Había un jovencito con un arma en la puerta de la pieza de mi hijo y no dejó de apuntarme nunca. Yo le pedía por favor que no lo hiciera”, recordó.

Natalia contó que los ladrones tenían el rostro cubierto con gorros y barbijos, y que aparentaban ser menores de edad. Dijo que mientras uno la vigilaba a ella y al nene, otros dos ingresaron a la habitación y comenzaron a revolver todo. “Entraron a tirar y revolear todo en la pieza de mi hijo. Yo lo tenía upa y levantaron el colchón de la cama donde estaba sentada. Les pedí que esperaran aunque sea que me levantara porque estaba con mi bebé”, relató.
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Mientras la desesperación aumentaba minuto a minuto, Natalia aseguró que los delincuentes les hablaban de manera agresiva mientras destruían pertenencias delante del niño. “Mi hijo veía todo. Yo le decía que no mirara, pero era imposible manejar esa situación”, explicó.
El robo duró alrededor de 25 minutos. Durante ese tiempo, los asaltantes exigían dinero, dólares y oro. Sin embargo, la familia asegura que no tenía nada de eso. “Pedían dólares, oro. Nosotros no tenemos nada. No llegábamos ni a tener 50 mil pesos. Era lo que se había trabajado esa tarde en el negocio”, explicó la mujer.
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La insistencia de los delincuentes hizo sospechar a la familia que pudieron haber actuado a partir de una información equivocada o de una “batida”. “No sabemos si nos entregaron a nosotros o si se equivocaron de casa”, dijo Natalia.
En medio del robo, Hernán intentó explicarles que no tenía dinero, pero los delincuentes reaccionaron con más violencia. “Me pedían dólares y oro. Como no no tenía, me pegaron un martillazo en la cabeza”, contó el hombre.
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El golpe le provocó una importante herida y abundante sangrado, aunque en ese momento, según explicó, casi no sintió dolor por la adrenalina. Aun así, decidió no ir inmediatamente al hospital porque no quería dejar sola a su familia después del ataque.
La situación cambió cuando llegó la Policía. Los delincuentes escucharon movimientos en el exterior de la vivienda y comenzaron a desesperarse para escapar. “Se chocaban entre ellos porque no sabían qué hacer. Ahí empezaron a irse como ratas”, recordó Natalia.
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Los asaltantes huyeron nuevamente por los techos. Incluso, uno de ellos llegó a preguntarle a la propia víctima cómo podía salir de la casa. “Me dijo ‘¿por dónde puedo salir?’. Yo solo quería que se fueran y le indiqué por dónde estaba la escalera”, relató con impotencia.
Cuando finalmente pudo salir de la habitación, Natalia encontró a su marido tirado en el piso y cubierto de sangre. “Pensé que lo habían matado”, dijo entre lágrimas.
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La escena también quedó grabada en la memoria de su hijo de cuatro años, que vio a su padre herido y toda la casa destruida. “Decía que los chicos malos habían lastimado a su papá y miraba sus cosas rotas. Estaba muy triste”, contó.

Ahora, además del miedo, la familia enfrenta la incertidumbre de seguir trabajando en el barrio. El kiosco sigue funcionando, pero Natalia reconoce que viven con temor constante. “Nos da miedo abrir y quedarnos hasta tarde. No sabemos si van a volver armados o qué pueden hacer”, concluyó.
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