
El nombre de la exjueza Julieta Makintach revolotea cual fantasma por los tribunales de San Isidro. Las referencias y los chistes sobre el escándalo del documental que intentó hacer en 2025 se repiten cada martes y jueves durante el juicio por la muerte de Maradona. Quedó como un mal recuerdo. Y a pesar del esfuerzo de todos por dejarlo atrás con risas tímidas, todavía hay una sensación constante de alerta que no cesa.
El antecedente dejó un gran daño y sembró la semilla del “miedo a que pueda pasar cualquier cosa” en esta causa. Ahora, la sala del debate oral tiene más policías que antes, nadie puede entrar sin identificarse y se reforzó el control sobre dispositivos electrónicos. Un trípode a la vista o un celular fuera de lugar puede provocar la interrupción de la jornada ásperamente.
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Este nuevo juicio por Maradona tiene otra dinámica y se desarrolla en un ambiente distinto a pesar de ser físicamente en el mismo lugar. Y la principal diferencia con el anterior es que ahora hay reglas claras que son pregonadas ni más ni menos que por los propios jueces. Parece una obviedad, pero antes no pasaba.
Alberto Gaig, Alberto Ortolani y Pablo Rolón se muestran, desde el primer día, radicalmente diferentes al tribunal anterior: dejaron en claro que resolver el caso Maradona es su trabajo, que no les interesa ningún sobresalto que los haga llegar a la tele y advirtieron que no darán lugar a nada que pueda obstaculizarlo. También afirmaron que su intención es que el juicio finalice a mediados de este año pase lo que pase.
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A diferencia de los anteriores, a los magistrados del TOC N°7 de San Isidro no les hizo falta imponer distancia o frialdad con el resto de las partes -abogados, fiscales, víctimas, imputados, periodistas y custodios- para hacerse respetar. Por el contrario, supieron poner límites al principio para el desarrollo del debate y crear un clima ameno para convivir entre todos durante los cortes.
A pesar de que no son todos integrantes naturales del tribunal y no suelen trabajar juntos, durante las audiencias los tres actúan como un bloque sin fisuras. Ninguno demuestra querer ser protagonista: se respetan para hablar, no hacen caras cuando el otro toma la palabra y, si hay diferencias, van a un cuarto intermedio para resolverlas prolijamente. No exponen tensiones ni ningún policía cuenta por los pasillos que se escuchan gritos en sus reuniones, como sí pasaba en 2025.
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Lo más distintivo: en los cortes, los jueces muchas veces se quedan en la sala y conversan con quienes estén presentes. Y no estrictamente sobre la causa, también sobre banalidades que los ayuda a distender.
Este equilibrio, por ahora, es un éxito. Y se puede graficar con una escena que se vivió el jueves pasado, cuando hubo un contrainterrogatorio intenso de Francisco Oneto, defensor de Luque, al forense que hizo la autopsia de Maradona: el abogado expuso muchas contradicciones en las conclusiones del testigo, el querellante Fernando Burlando quiso interrumpirlo con quejas y los jueces debieron intervenir para poner orden y pedir que se moderen los tonos. Fue un momento tenso.
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Sin embargo, unas horas después de la áspera discusión, hubo un cuarto intermedio en el que los mismos magistrados se quedaron charlando distendidamente desde el tribunal con Oneto y parte del equipo de Burlando. El tema de conversación: el recuerdo del histórico robo al Banco Río en San Isidro.
El fantasma de Makintach

El escándalo que protagonizó la exmagistrada Julieta Makintach terminó manchando la Justicia y condicionando este juicio. Si bien el nuevo debate oral por la muerte de Maradona fluye con normalidad, siempre es necesario remarcar que es así “por ahora” ya que el miedo a que surja cualquier inconveniente que lo frene quedó muy latente.
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En la primera audiencia de este proceso se especuló con que fuera a asistir. En los tribunales de San Isidro, se instaló una imagen de ella como de obsesión por la causa, más allá de que la exmagistrada dejó en claro en 2025 que no quería saber más nada con la Justicia ni con el caso.
En la última semana incluso corrió el rumor de que había estado por la cuadra del palacio judicial de la calle Ituzaingó mientras se desarrollaba la audiencia y la prensa esperaba en la vereda por novedades. “Estuvo Makintach por acá”, se repitió muchas veces el día que declaró la expareja del Diez, Verónica Ojeda. Un comerciante de la zona luego deslizó: “Era muy parecida y puede ser porque vive cerca. Pero capaz era la hermana”.
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