
De espaldas a los tres féretros y frente a unas 50 personas, un cura despidió este miércoles en el cementerio de Chacarita los restos de Pamela Cobbas (52), Roxana Figueroa (43) y Andrea Amarante (42), las tres mujeres asesinadas en una pensión del barrio porteño de Barracas a inicios de mayo pasado.
“A partir de ahora, ellas tres tienen vida eterna y serán felices para siempre. Qué los ángeles salgan a su encuentro”, rezó el sacerdote. Minutos después, tras una caravana a pie de unos 600 metros, los tres cuerpos fueron enterrados en el mismo sector, el 4, y casi uno pegado al otro. Una ronda de hombres y mujeres agarrados de las manos las envolvió en la despedida. Alguien puso desde un teléfono el clásico Puerto Pollensa, de Sandra Mihanovich, y todas cantaron en un susurro.
Allí estaba Sofía Castro Riglos, la única sobreviviente del incendio intencional por el que está detenido y acusado como autor otro inquilino de la pensión: Justo Barrientos. Sofía, que era pareja de Amarante, llegó al velatorio de su novia y de sus amigas, y luego al entierro, con las manos vendadas por las secuelas del ataque del que se salvó porque su compañera -sobreviviente de Cromañón- se le tiró encima de ella para cubrirla de las llamas.

La sobreviviente declarará el 30 de julio como testigo en la causa en la que se acusa a Barrientos de haber cometido el delito de “homicidio doblemente agravado por ensañamiento y alevosía” contra cada una de las tres víctimas fatales. Además, pesa sobre él la acusación por “lesiones” contra Sofía, aunque su abogada, Gabriela Conder, remarca que “no fueron lesiones, fue intento de homicidio”.
Sofía es la única persona de la causa que puede describir cómo se dieron las cosas. Fue dada de alta hace menos de un mes y está permanentemente acompañada. Vive en un departamento que le alquila un grupo del colectivo LGBTQ. Antes de vivir en la pensión de Barracas junto a las víctimas había estado bastante tiempo en situación de calle. Tiene un hijo que no la acompañó este miércoles.
Las cuatro compartían una habitación sin baño desde hacía un par de meses. Seguramente Castro Riglos narrará al juez que investiga el hecho, Edmundo Rabbione, quien subroga el Juzgado N°14, cómo era la relación con los vecinos hombres del alojamiento y especialmente con el detenido y cómo se desencadenó el fuego la madrugada del 5 de mayo.

En la despedida de las tres mujeres hubo decenas de integrantes de la comunidad LGBTQ. También estuvo la hija de Pamela, que vive en Mar del Plata y se mantuvo algo distante de la pequeña multitud que se acercó a la despedida.
“Esto no es libertad, es odio. Mataron a tres lesbianas”, decía uno de los varios carteles que llevaban algunas mujeres en la caravana desde la capilla de Chacarita hasta el entierro. Este martes, la Federación Argentina De Lesbianas, Gays, Bisexuales Y Trans (FALGBT+) presentó un escrito a la Justicia para conformar una querella por las cuatro víctimas, en el que pide que se encuadren estos delitos como crímenes de odio hacia cuatro lesbianas.
María Rachid, presidenta de la Federación, le comentó a Infobae: “Buscamos que se califiquen los hechos con el agravante de crimen de odio y femicidio. El juez no tuvo en cuenta, ni siquiera llamó a declarar, a las personas que dieron cuenta del hostigamiento que había por parte de Barrientos y de otras personas del hotel contra ellas por ser lesbianas”.

“Nosotros entendemos que incluso el hecho de ser lesbianas no sea el único motivo que generó los hechos, pero sí consideramos que probablemente haya sido un motivo determinante. Nos preguntamos: si hubieran sido cuatro varones cis heterosexuales, ¿los hubiera matado, los hubiera matado de esa manera? Nosotros consideramos que no”, amplió Rachid, quien asegura que Sofía relató en la intimidad el miedo que las mujeres tenían cada vez que compartían los espacios comunes, como la cocina, con Barrientos y otros hombres.
Y concluyó: “Sofía es bastante elocuente en narrar cómo las acosaban previamente”, coincidió Marta Dillon, periodista y activista lesbiana transfeminista. “Digamos que las agredían porque la cocina quedaba más limpia, más sucia, pero había un ensañamiento. Eso no hubiera pasado con un hombre en esas condiciones”.

Las mujeres vivían en condiciones precarias y tenían trabajos informales. Vendían cosas en la calle, desde medias a cosméticos. Cuando Sofía y Andrea se sumaron a la habitación, la violencia creció. Las cuatro mujeres compartían un cuarto pequeño y, eventualmente, recibían las visitas de sus hijos. Según el relato de Sofía al colectivo LGBTQ, Barrientos las acusaba de sucias, de “engendros” y de lesbianas.
Dillon brindó detalles de la investigación que hizo luego el colectivo LGBTQ: “Fuimos recabando testimonios de otras personas del hotel donde también decían lo mismo, que había un ensañamiento particular con ellas, que por supuesto está agravado por condiciones habitacionales, que tienen que ver con una convivencia muy cercana”.
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