
La droga siempre atrae. En el último año, algunos adictos porteños comenzaron a gravitar alrededor de la villa Fraga en Chacarita, a pocos metros de la esquina de las avenidas Lacroze y Corrientes. Se los ve en el subte B antes de descender, en las calles aledañas, amanecidos un domingo, fumando sus pipas de paco en los pasajes cercanos de Villa Ortuzar, frente a la pizzería El Imperio, en las entradas de los edificios... Algunos llegan desde lejos. Un joven con estrabismo y un tatuaje de Homero Simpson fumando porro en la pantorrilla derecha, alto y flaco, suele tomarse colectivos en Álvarez Thomas y Lacroze para ir a comprar al asentamiento.
La relación es obvia: los adictos van donde hay dealers. Hasta ese entonces, la Fraga era un territorio básicamente sin explotar, que no había sido sometido a las mismas reglas narco que en otros asentamientos como la 31 bis o la Villa 1-11-14, donde capos peruanos se instalaron con producto y con plomo para comerciar bajo un estado de temor.
Y entonces llegó Karla Yanireth Sarmiento, alias “Shakira”.
Esta semana, Karla Yanireth, de 25 años, oriunda de Perú, fue arrestada junto a cinco cómplices por la División Antidrogas Norte de la Policía de la Ciudad. La encontraron en su cueva en uno de los nuevos edificios de la calle Teodoro García, en el ingreso del asentamiento. Le hallaron 146 bolsitas de cocaína, un cuaderno de anotaciones y una balanza. Había un poco de marihuana guardada dentro de un hornito eléctrico. Así, se la llevaron.
La causa en su contra, a cargo de la UFEIDE de la fiscal Cecilia Amil Martín, incluyó filmaciones con drones que mostraban transas de droga a cielo abierto. Fuentes policiales afirmaron que la investigación comenzó en noviembre pasado, luego de denuncias de vecinos.
Entonces, se iniciaron tareas de campo con filmaciones que revelaron dos organizaciones. Una estaba ubicada en la manzana 9 del asentamiento, liderada por dos hermanos. La otra era la banda presuntamente encabezada por “Shakira”, con, supuestamente, varios dealers y soldaditos a su cargo.
Karla Yanireth, según información policial, también se encargaría de las ventas con un guardaespaldas a su lado, con dosis de “alta” y “baja”, cocaína de buena o mediocre calidad, el mismo sistema que “Marcos” Estrada González usó durante casi 20 años en el Bajo Flores.
Hay detectives que, incluso, hablan de enfrentamientos armados entre ambas bandas.

El nombre de Karla Yanireth no figura en condenas de primera o segunda instancia en el sistema porteño como imputada, como miembro de bandas o en cualquier otra actividad ilícita. Es inusual que una joven sin historia evidente en el hampa llegue a jefa en un asentamiento porteño, si es que es culpable. Es inusual, pero no imposible.
En marzo de 2022, la Policía Federal se llevó a Martha Luz Gómez Pacheco, acusada de ser la jefa de los dealers de la villa La Carbonilla, el asentamiento porteño ubicado junto a las vías del tren San Martín, a la altura de Paternal, cerca de la Fraga. El Departamento de Inteligencia contra el Crimen Organizado que depende de la Superintendencia de Inteligencia Criminal allanó siete puntos y logró otras seis detenciones: a Martha Luz le incautaron polvo, computadoras y efectivo. Años antes había sido condenada por hacer de campana en un robo.
Hubo otras señoras dealers en La Carbonilla, peruanas como ella. A Magalí Vázquez Huamán la arrestaron en abril de 2021 por menudear droga en su kiosco de golosinas, pero Martha Luz era una ruda. Su banda amenazó a dos vecinos a punta de pistola, lo que disparó la causa en su contra en el Juzgado N°48. También era una estratega.
Con su sobrino Edward como lugarteniente, Martha —madre de tres hijos, nacida en Lima en 1975, alias “La Tía Mari”— se dedicaba a coordinar y a contratar a los miembros de su banda y a contar billetes en la cueva donde sus asistentes ataban las bolsitas y atendían compradores por WhatsApp. Entre sus dealers hubo, por ejemplo, un barra del club Comunicaciones. Tuvo choferes y mandaderos, tanto argentinos como peruanos. También le detectaron una flota de seis autos, no a su nombre, ya que al parecer tenía un testaferro.
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