
El 19 de julio de este año, en horas del mediodía, una oficial de la Comisaría 9C ingresó a la habitación número 7 del segundo piso del hotel Solange, un albergue de pasajeros en la calle Ibarrola de Liniers. El dueño del lugar la esperaba en la puerta, un manojo de nervios.
El dueño contó cómo dos hombres habían entrado a la habitación poco más de 24 horas antes. Sus nombres estaban allí en el registro de pasajeros con sus correspondientes números de documento. Eran Julio César Roque Yavira y Alejandro Farfán. Su turno ya se había acabado a las 10 AM de ese martes, ya era hora del check out, pero nadie respondía. Solo uno de ellos había salido. Quedaba, entonces, el acompañante. El dueño del lugar insistió con la recepcionista, golpeó la puerta una y otra vez, sin respuesta. Abrió la puerta con una llave y vio la cama. Había un cadáver boca abajo, que despedía un olor nauseabundo, su cara cubierta por el cubrecama, con la remera puesta, sin ropa interior.
El caso quedó en manos de la jueza Alejandra Provitola, que designó a la Policía de la Ciudad para investigar el hecho. El hotel contaba con cámaras. Las identidades estaban allí. Los rostros de ambos en el registro fueron cotejados. Yavira y Farfán fueron vistos ingresando. Pero solo se vio salir a Yavira.
No había que pensar demasiado. El acompañante se volvió un sospechoso elemental.
Así, fueron por él. Hoy, Yavira, de 21 años, en concubinato con una mujer embarazada al momento del crimen, nacido en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, está detenido por el hecho. Esta semana, la Cámara Criminal y Correccional confirmó su procesamiento con prisión preventiva dictado por Provitola, con un embargo de diez millones de pesos. La calificación del caso llama poderosamente la atención: es homicidio, pero criminis causa, en concurso ideal con el delito de robo.
El análisis forense en el expediente es uno de los más completos de los últimos tiempos. La escena era particularmente grotesca, pero el cadáver guardaba un misterio mayor.

Había sangre, un rocío en la pared y la cabecera de la cama. Había gotas también sobre la mesa de luz, el colchón y las sábanas. La víctima todavía tenía sus anillos puestos, un rosario blanco le colgaba del cuello, con su cruz. Junto a la cama había un par de zapatos marrones, un par de latas de cerveza, un trozo de un diente. El cadáver fue retirado y llevado a la Morgue Judicial. Las manos fueron protegidas con sobres de papel madera; los genitales fueron cubiertos con un pañal descartable.
La autopsia marcó que el diente, el incisivo superior izquierdo, había sido roto a golpes. La putrefacción había avanzado. Sin embargo, había evidencias. Se encontraron restos que indicaban que la víctima había tenido relaciones sexuales antes de morir.
Había golpes en el cuerpo, compatibles con un puño, pero no fueron considerados la causa de muerte, diagnosticada como producto de una cardiopatía previa, notablemente avanzada. Farfán, según determinó la Justicia, fue atacado violentamente, pero lo mató su corazón, más pesado que lo normal, una forma muy inusual de morir. También se hicieron hisopados para determinar una posible causa de origen tóxico.

Los policías fueron por Yavira. Encontraron su domicilio registrado en Villa Lugano, calle Murguiondo. Había un bar allí, frecuentado por personas de la comunidad boliviana. Nadie conocía al sospechoso. Fueron también por el domicilio de Farfán, un hotel de pasajeros en la calle Gallo. Nadie lo conocía allí tampoco, no sabían nada de víctima o presunto victimario.
Las celdas de los teléfonos hicieron el resto. El caso luego llegó a manos de la Policía de la Ciudad, que halló a Yavira viviendo en Villa Celina a mediados de agosto y lo arrestó. Allí, descubrieron que había robado el DNI de su víctima y que hasta intentó usar su celular con datos móviles. Eso, precisamente, fue lo que lo vendió: las antenas que impactaron fueron las de las inmediaciones de la casa que ocupaba. También se descubrió que guardó un memento macabro: los calzoncillos de Farfán.

Al contrario de la mayoría de los sospechosos imputados por hechos de este tipo, Yavira aceptó hablar. Se negó a responder preguntas e hizo un monólogo. Dijo, básicamente, que conocía a Farfán hace un tiempo, 6, 7 meses, que se juntaba a beber con él, con amigos. Aclaró que en la noche del crimen, se encontró con Farfán y se fueron a beber, tal vez demasiado. Le pidió a Farfán que lo cubriera, que estaba tan borracho que no podía llegar a su casa así. Entonces, según su relato, la víctima le ofreció ir a dormir al hotel en Liniers.
Allí, dijo que Farfán le propuso tener sexo. Yavira se negó, le dijo que estaba equivocado y se fue en colectivo de vuelta a casa. Al día siguiente, encendió el televisor y vio que habían matado a su amigo. En su monólogo, el mensajero no explicó cómo su amigo terminó muerto y golpeado, con el diente roto y cubierto en sangre, su corazón explotando. Luego, explicó qué hacía con el DNI de Farfán en una ampliatoria a pocos días, pero nada sobre el crimen, al que negó una y otra vez.
Sin embargo, una testigo fue su ruina. Era una vieja amiga de Farfán, que había estado con ellos en la última noche. Aseguró que el imputado, lejos de una borrachera incontrolable, había ido a una discoteca frecuentada por la comunidad LGBTQ en Palermo. Las antenas de los teléfonos también lo ubicaron allí.
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