Alguien puede habérselo cruzado, quizá, en alguna esquina. O lo pudo haber visto cantando en un colectivo o en un subte sin imaginar la historia que lo llevó a decidirse a luchar por sus sueños. Se llama Kiven Fortezzini, tiene 32 años y nació en Laferrere. “Yo tenía una vida linda: papá, mamá, casa, perro... Pero después se derrumbó todo”, dice este joven que de un día para el otro se vio sumido en la más profunda depresión. Y al que solo su pasión por la música le permitió ver la luz al final del camino.
—¿Qué fue lo que marcó ese quiebre en tu vida?
—Fue en 2020. Y, en realidad, me pasaron muchas cosas en muy poco tiempo. Tuve a mi mamá, María, postrada en una cama por el cáncer durante dos años. En ese tiempo, mi papá, Raúl, con quien ya no tengo trato, la abandonó y se fue con otra mujer. Para esto yo me había separado hacía poco de la madre de mi hijo, Felipe, quien hoy tiene 9, así que estaba viviendo con ella. Pero, a dos semanas de su muerte, se incendió la casa familiar por un accidente doméstico y, después de eso, mi padre decidió alquilarla. Así que me quedé en la calle. Hasta ese momento estaba trabajando como impresor flexográfico en una fábrica. Pero caí en una depresión muy profunda, dejé el laburo y tuve dos intentos de suicido.
—¿Y cómo hiciste para superar esa situación?
—Durante un tiempo dormí en el hospital, en estaciones de servicio... Estaba muy mal anímicamente como para salir a enfrentar la vida. Me sentía vencido. Pero, como a los tres meses, mis amigos se dieron cuenta de lo que me estaba pasando y me dieron una mano. Incluso, me dieron un techo hasta que yo pude empezar a pagarme un alquiler. Pero todo fue gracias a la música. Cuando me di cuenta de que con mi voz podía generar dinero y solventar mis gastos, fue como un renacer para mí.

—¿Alguien te incentivó para que salieras a cantar en los transportes o en la vía pública?
—Un amigo. Él ya lo venía haciendo y me invitó a ir con él. Me dijo que yo tenía talento, que tenía que intentarlo porque podía vivir de eso. Yo me había volcado a la música desde chico. Así que lo empecé a acompañar hasta que me animé a salir solo. Y ya hace dos años, más o menos, que me dedico a esto de cantar a la gorra.
—¿Cómo es la dinámica?
—Al principio salía con un instrumento, pero después me di cuenta de que era mejor ir con una pista en un parlante, porque eso me permitía generar más. Y la verdad es que, aunque trabajo de lunes a lunes y no tengo franco, de esta manera logro sacar un sueldo sin depender de ningún patrón. Obviamente, mi sueño es algún día poder llegar a algo con la música. Pero no es que la quiero pegar para ganar plata, solamente. Yo quiero ser reconocido por lo que hago, porque muchas veces a los artistas callejeros se los ignora. Así que mi objetivo es mostrar lo que sé hacer. Y sé que, después, va a venir lo económico como consecuencia de eso.
—¿Cuáles son los lugares donde cantás habitualmente?
—Me pueden ver en los colectivos de la línea 34 o de la 80. Y, después, me voy repartiendo por distintos puntos de la Capital Federal.
—¿Luego de actuar pedís la colaboración de la gente?
—Claro. Muchos me han dicho que la gente aporta, pero yo trato de remarcar que no aporta, que me ayuda. La gente abre su corazón y me ayuda.

—Y, al margen de esta iniciativa, ¿intestaste volver a tener un empleo estable?
—Lo intenté, la verdad. Y sí, me interesa porque no es lo mismo tener un trabajo en blanco y un sueldo fijo. Pero, una vez que empecé con este emprendimiento, no hubo nada que pudiera superar lo que me da la música. Hace poco, por ejemplo, me ofrecieron un trabajo por 15 mil pesos por día. Y yo eso lo hago en dos horas en el colectivo si tengo suerte.
—¿Es decir que con esto puede tener una vida digna?
—Sí, totalmente. Hay que trabajar, pero te puede ir muy bien. Yo ahora estoy alquilando y vivo solo. Pero mi idea es poder casarme con mi compañera desde hace un año, Sofía, que me apoya en todo. El tema es que, con esto del canto callejero, vivo el día a día. Y, cuando por ahí tengo una racha mala, me bajoneo. Pero ella es la que me da aliento para darle siempre un poquito más y no frustrarme. Porque, en definitiva, todo depende de mí mismo y, si no estoy bien, el resultado no puede ser bueno.
—¿Y cómo te las arreglás con la manutención de su hijo?
—Es complicado. Porque, como te digo, por ahí tenés un día que te va espectacular y otro que terminás llorando porque no pudiste hacer nada de dinero. Y bueno, eso es lo que me distancia un poco de la mamá de Felipe. Pero mi mayor frustración es no poder darle a él lo que quisiera. Él me ha acompañado a los colectivos y hasta a vender por la calle. Y me admira por lo que yo hago. Pero me gustaría poder darle todo lo que le daba antes, cuando mi mamá estaba bien, yo tenía laburo y era feliz. Para mí cambió todo en menos de dos meses. Y el nene vio todo. Por eso, me duele que me juzguen. Pero estoy seguro de que, si algún día me va bien con la música y termino llenando un teatro o un estadio, mi hijo va a decir: “Ese es mi papá, que después de que se le murió su madre, se le incendió la casa y se quedó sin trabajo, pudo salir adelante y cumplir su sueño”.
—Hay muchos artistas que comenzaron actuando en la calle: Facundo Arana tocaba el saxo en el subte y Ricardo Arjona cantaba en Florida, por dar dos ejemplos...
—Lo sé. Y por eso es que no pierdo la fe. Solo espero que Dios me siga dando la energía suficiente como para seguir intentándolo. Es verdad que, a veces, no tengo ganas de salir a exponer mi cara frente a la gente. Y tampoco me gusta que nadie piense que estoy dando lástima. Sé que es difícil el mundo de la música y que hay mucha competencia. Por eso, los dos mánagers que tuve en algún momento se terminaron yendo. Pero yo no pierdo la esperanza de que la gente escuche mis canciones. Tengo algunos covers en Youtube. Pero también escribo mis propios temas. Y hay uno que se llama Me quedo con tu risa, que está dedicado a mi mamá. Y te puedo asegurar que, cada vez que lo canto, pasa algo especial. Porque, cuando termino de hacerlo, siempre veo a más de uno llorando.
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