
El 23 de octubre de 1906 fue una jornada histórica para la incipiente aviación que nacía a fuerza de cabezas duras, porrazos y muchos accidentes. El brasileño Alberto Santos Dumont, de 33 años, radicado en Francia, voló sesenta metros a una altura de entre dos y tres metros sobre el campo de Bagatelle, en París, distante unos siete kilómetros de la Torre Eiffel.
Fue el primer vuelo verificado en Europa, por el Aeroclub de Francia de un aparato más pesado que el aire, con una máquina autopropulsada. Tuvo que lidiar con los norteamericanos, quienes reivindicaban a los célebres hermanos Orville y Wilbur Wright, quienes volaron el 17 de diciembre de 1903, pero usando una rampa para propulsarse, en un vuelo que no fue algo oficial que pudiese ser registrado por una entidad autorizada.
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Santos Dumont nació en Palmira, Brasil, a unos 240 kilómetros de Belo Horizonte, en 1873, una ciudad que actualmente lleva su nombre. Desde chico lo atrajo la mecánica y se maravilló cuando llegaron de Francia los primeros globos aerostáticos.

En un viaje que hizo junto a su padre a París en 1891, conoció el motor a gasolina y compró uno.
Su papá, dueño de una considerable riqueza, le legó parte de ella para que fuese a estudiar ingeniería en Francia. También lo haría en Gran Bretaña mientras se metía de lleno en el mundo de las máquinas, de los globos y hasta de las carreras de automóviles. Al punto tal que, en 1897 construyó un motor a explosión de dos cilindros, al que adaptó a un triciclo.
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El 23 de marzo de 1898 voló por primera vez en globo, compró uno y supervisó su armado. En julio de ese año voló en su país.
El 20 de septiembre de ese año llevó a cabo la primera travesía en un globo autopropulsado por un motor. La prueba fue en los cielos de París y para demostrar su eficacia voló a favor y en contra el viento.

El 19 de octubre del 1900 asombró a todos los parisinos. Durante la exposición que se realizaba en esa ciudad, voló en un globo que los periodistas atinaron a bautizar “buque aéreo”. Era un prototipo muy particular ya que carecía de barquilla o cosa que se la pareciese.
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Santos Dumont enseguida percibió su punto débil: su timón, de tela, no podía ser debidamente mantenido y solía desprenderse. El aparato se propulsaba con un motor tipo Buchet de dos cilindros enfriados por aleta, que tenía una potencia de seis o siete caballos de fuerza. Como le resultó insuficiente, lo reemplazó por otro de 16 caballos.
El 13 de julio de 1901 asumió el desafío de volar con su globo sobre París para ganar un premio de cien mil francos que ofrecía Henry Deutsch, un magnate francés, empresario del petróleo y un entusiasta de todo lo que se hiciera para volar. Pero cuando estaba a unos 150 metros de altura, el motor se le plantó. Entonces Santos Dumont rasgó la envoltura de seda que cubría el armazón metálico para hacer un descenso, que no sería controlado.
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El globo —bautizado como el Santos Dumont Nº 5— cayó en los jardines de la mansión del Barón de Rothschild y quedó enganchado en un árbol. Era de forma cilíndrica, cuyas puntas terminaban en cono. Tenía un largo de 34 metros y poseía una capacidad de 150 metros cúbicos. Adentro de ese globo iba otro que se inflaba con una hélice de aluminio.

Como no pudo obtener el premio, el 8 de agosto hizo un segundo intento. El reto era despegar de Saint Cloud —una comuna en los suburbios de París— ir hasta la Torre Eiffel, rodearla y regresar. A ese monumento llegó en nueve minutos y medio y en su regreso, sobre el río Sena, lo sorprendió una fuerte ráfaga de viento, que hizo inclinar el aparato y retroceder.
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Santos Dumont apagó el motor y el globo comenzó a bajar. Impactó contra una saliente del Hotel Trocadero y su estallido produjo un fuerte sonido. El armazón quedó enganchado en un balcón y el pobre Dumont permaneció una media hora atrapado en la barquilla. Todo esto ocurría mientras miles de personas seguían atentamente las peripecias y las crónicas periodísticas informaban que hubo mujeres que se desmayaron de la impresión.
Lejos de bajar los brazos, el brasileño mandó a construir en los talleres de Enrique Lachambre otro aparato, el Nº 6. Finalmente el 19 de octubre pudo cumplir con el desafío y, a pesar de que lo hizo con unos treinta segundos de retraso, obtuvo los cien mil francos. La mitad lo donó a la gente humilde de París y la otra al equipo que lo había ayudado.
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Sin lugar a dudas, el martes 23 de octubre de 1906 sería un día clave. En el campo Bagatelle, con un avión cuadrado biplano de hélice estilo canard, que él clasificó como el “14 Bis”, pero que su nombre era “ave de rapiña”, consiguió lo imposible: despegar por sus propios medios. Tenía el timón en la parte delantera y la hélice en la trasera, propulsado por un motor Antoinette, del que hizo modificar su potencia, elevándola a 50 caballos. El avión consistía en una estructura de madera y bambú, unidos con juntas de aluminio; una cesta era la cabina del piloto, donde tenía una palanca y una rueda para hacer girar el timón, y el tren de aterrizaje consistía en dos ruedas de bicicleta. En total, la máquina pesaba casi unos 300 kilos.

El 13 de septiembre había hecho un primer intento pero a los siete metros de recorrido, cayó a tierra. Ese 23 de octubre hizo un total de nueve despegues y se mantuvo en el aire por 21 segundos.
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Logró volar una distancia de unos sesenta metros a unos tres del suelo, una verdadera hazaña para entonces.
Construiría innumerables dirigibles y se caracterizó por no patentar ninguno de sus inventos, y alentaba a inventores a que se animasen con sus propios prototipos.
Cuando le diagnosticaron esclerosis múltiple, prefirió aislarse, reduciendo notoriamente sus actividades. Aún en vida, Francia lo homenajeó con dos monumentos, uno levantado en 1910 en Bagatelle y otro en Saint Cloud, en 1912.
El 18 de septiembre de 1909 fue su último vuelo. Lo hizo sobre una verdadera multitud. En un momento soltó los comandos y de sus manos dejó caer dos pañuelos en señal de despedida.
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El estallido de la Primera Guerra Mundial lo deprimió al comprobar que las máquinas que él había contribuido a crear, se usaban para generar muerte y destrucción. Estudió astronomía, se pasaba largas noches observando el cielo, y el alto mando francés llegó a confundirlo con un espía. Cuando aclaró su situación, regresó a Brasil. En 1932 apareció muerto, tres días después de haber cumplido los 59 años. Las causas de su deceso no quedaron del todo claras.
En el campo de Bagatelle, hoy convertido en un área de recreación y esparcimiento, hay un monolito que recuerda la hazaña de ese piloto que repetía “dadme un motor y una hélice, que, sentado en una silla, iré donde me lleve”.
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