
José César Rodríguez conoció a Érica Flores cuando ella tenía 14 años y él 31. Ella pertenecía a la familia catamarqueña con la que los Rodríguez mantenían una vieja disputa. Después de que la adolescente decidió terminar la relación, él amenazó con vengarse de sus familiares.
Un año más tarde, el 26 de septiembre de 2013, cumplió con su promesa: escondió una bomba en el garaje de la casa de su suegra y la hizo volar por los aires.
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La investigación descubrió explosivos en su casa, un circuito dibujado en un cuaderno y una coartada que, lejos de salvarlo, terminó siendo parte de la estrategia que la Justicia consideró planificada. En 2017, José César fue condenado a prisión perpetua.
Los Nacimientos, un pueblo dividido por una vieja disputa
Los Nacimientos es una pequeña localidad del departamento Belén, en el interior de Catamarca. Ubicado a unos 300 kilómetros de la capital provincial y atravesado por la Ruta Nacional 40, el pueblo está rodeado de sierras y tiene una población reducida, con pocas viviendas y servicios básicos.
En ese lugar, durante años, dos familias mantuvieron un enfrentamiento que parecía no tener fin: los Rodríguez y los Flores. El origen de la disputa estaba relacionado con los animales. Los Flores sostenían que parte de su ganado desaparecía de sus tierras y aparecía en terrenos pertenecientes a los Rodríguez. La sospecha de que alguien estaba detrás de esos movimientos fue alimentando una rivalidad que con el tiempo se convirtió en un conflicto familiar.
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Los Rodríguez, además de dedicarse a actividades vinculadas con la cría de animales, tenían una pequeña despensa. Allí vendían alimentos y productos básicos a los vecinos.
La enemistad era tan profunda que los Flores preferían recorrer unos cien kilómetros hasta Santa María para hacer sus compras antes que ingresar al negocio de sus rivales.
José César Rodríguez trabajó como camionero y posteriormente como operador de máquinas viales. Durante sus períodos de descanso colaboraba con el negocio familiar. Su vida transcurría entre el trabajo, la familia y las actividades del pequeño pueblo.
Hasta que apareció Érica Flores.
Una relación que nació entre dos familias enfrentadas
En mayo de 2012, José César conoció a Érica, la hija menor de Justina Flores, la matriarca de la familia enfrentada con los Rodríguez. La relación tenía, desde el comienzo, dos obstáculos enormes. El primero era la diferencia de edad: él tenía 31 años y ella apenas 14. El segundo era todavía más significativo en aquel contexto: Érica pertenecía a la familia Flores.
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Justina se enteró de la relación y se opuso inmediatamente. La adolescente, sin embargo, continuó viendo al hombre.
José César comenzó a insistirle para que se fuera a vivir con él. Finalmente, después de una fuerte discusión con su madre, Érica escapó de su casa y se instaló con él en una vivienda alquilada en Belén.
Pero Justina no se resignó. La mujer inició una búsqueda junto con sus otros hijos hasta encontrar a Érica en una plaza, semanas después de la fuga. La llevó a una comisaría y denunció a José César por abuso sexual de una menor. El hombre fue detenido e imputado, aunque finalmente fue sobreseído por falta de pruebas.
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La causa, sin embargo, tuvo consecuencias sobre la relación. Érica regresó con su familia y comenzó a alejarse de José César.
La separación y las amenazas
La ruptura no fue aceptada por Rodríguez. Según la reconstrucción de la investigación, comenzó a buscar nuevamente a Érica y a insistir para que regresara con él. Le habría ofrecido casamiento y una nueva vida lejos de Los Nacimientos.
Érica le dijo que no quería volver a verlo. Y, según su testimonio, José César respondió con una frase que terminaría convirtiéndose en una de las piezas centrales de la causa: “Yo me voy a vengar más porque te voy a quitar a cualquiera de tu familia, a tu vieja, a tu hermano”.
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Y agregó: “Cualquier cosa le voy a hacer a tu familia”. Después lanzó otra amenaza que adquiriría un significado estremecedor tras el crimen: “Me voy a convertir en tu peor pesadilla”.
Érica logró escapar. Pero un año después, la amenaza se convertió en una tragedia.
La mañana de la explosión
El 26 de septiembre de 2013, Justina Flores salió temprano de Los Nacimientos rumbo a Santa María. Uno de sus hijos la llevó en moto hasta la Ruta Nacional 40. Desde allí tomó un colectivo. La mujer llegó a Santa María alrededor de las 9 de la mañana.

Tenía varias cosas que hacer: pagar algunas boletas, comprar provisiones y pasar por una vivienda que alquilaba para retirar bolsas de mercadería que después llevaría de regreso a su pueblo. Su intención era tomar el ómnibus de las 13.
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Cerca del mediodía salió de la casa para dirigirse a la terminal. En ese momento pasó un remis. El conductor era Neri Ángel Santos, de 26 años. Justina le hizo señas y le pidió que ingresara con el vehículo a la propiedad para ayudarla a cargar las bolsas.
Santos aceptó. Condujo su Volkswagen Polo azul marcha atrás hasta la entrada de la vivienda, abrió el baúl y se acercó para ayudar a la mujer. Fue entonces cuando ocurrió la explosión.
El estallido fue tan fuerte que se escuchó en distintos puntos de la localidad. Cuando llegaron los primeros rescatistas encontraron una escena devastadora. El Volkswagen Polo había quedado sobre la rampa de acceso, mientras que dentro del garaje se encontraba un Ford Fiesta gris. Entre los restos de mampostería, chapas y plásticos aparecieron los cuerpos de las dos víctimas. Neri y Justina estaban muertos.
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En un primer momento surgió una hipótesis accidental: se pensó que el remisero podía haber provocado una explosión al manipular algún sistema de gas del vehículo que estaba dentro del garaje. Pero esa posibilidad quedó rápidamente descartada. El Ford Fiesta funcionaba únicamente con nafta.
Entonces los peritos comenzaron a analizar otra hipótesis: ¿si en lugar de un accidente fue un atentado?

Una bomba preparada para matar
La investigación determinó que la explosión había sido provocada por un artefacto explosivo colocado dentro de una caja de herramientas. El dispositivo había sido dejado sobre el capó del Ford Fiesta perteneciente a la familia Flores.
Los investigadores encontraron evidencias de que la bomba contenía material explosivo y elementos metálicos destinados a multiplicar el poder destructivo mediante la proyección de fragmentos.
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El capó del vehículo había quedado prácticamente destruido. La explosión había atravesado el metal y afectado incluso componentes del motor. Los daños en el parabrisas, los faros, el radiador y la estructura del automóvil mostraban la violencia de la detonación.
La conclusión fue contundente: Justina y Neri no habían muerto producto de un accidente. Alguien había preparado una trampa explosiva. Y la había dejado esperando durante días.
José César, el principal sospechoso
Los investigadores comenzaron a revisar quién podía tener motivos para atacar a Justina Flores. El nombre de José César Rodríguez apareció rápidamente. Pero había un problema. El día del crimen, José César parecía estar muy lejos de Santa María.
Trabajaba en la mina Farallón Negro, un complejo minero cercano a Los Nacimientos, donde se extraían minerales como oro y plata. Sus turnos podían durar varios días.
Según los registros laborales, había trabajado allí entre el 19 y el 25 de septiembre. El 26 por la mañana había salido de la mina alrededor de las 9, en una combi de la empresa. Luego había regresado a Los Nacimientos.

Según su versión, atendió el negocio familiar, almorzó con sus familiares y permaneció acompañado por distintas personas. Santa María quedaba a más de cien kilómetros. Su coartada parecía sólida.
Pero había algo que los investigadores todavía no habían explicado: si José César había estado en la mina durante la semana del crimen, ¿cuándo había podido colocar la bomba?.
La investigación dio un giro cuando la policía allanó la vivienda de Rodríguez. Allí encontró tres cartuchos de gelignita amónica, un explosivo utilizado en actividades mineras. También aparecieron fragmentos y varillas de hierro de seis milímetros de diámetro, similares a los elementos encontrados en la escena de la explosión.
Pero hubo otro hallazgo que llamó especialmente la atención. Los investigadores encontraron un cuaderno de espirales marca Éxito. En una de sus hojas había un dibujo hecho a mano de un circuito electrónico. El hallazgo reforzó las sospechas sobre la posibilidad de que Rodríguez tuviera conocimientos para fabricar un artefacto explosivo.
El hombre fue detenido. Sin embargo, no aceptó las acusaciones.
Los testigos que complicaron a José César
Una joven que era novia de uno de los hijos de Justina declaró que había estado en la casa el 20 de septiembre, seis días antes de la explosión. Dijo que ese día había visto una caja alargada sobre el capó del Ford Fiesta.
El detalle no le había parecido particularmente extraño. El vehículo llevaba tiempo sin funcionar y era utilizado prácticamente como un objeto más dentro del garaje. Por eso, nadie había sospechado que aquella caja pudiera contener una bomba.
Para los investigadores, ese testimonio fue decisivo. Si el artefacto ya estaba allí el 20 de septiembre, José César no necesitaba encontrarse en el pueblo el 26 para activar el dispositivo. La bomba podía haber sido colocada días antes. Y allí apareció la grieta en su coartada.

Los fiscales volvieron a revisar los movimientos laborales de Rodríguez. Descubrieron que había estado de descanso entre el 13 y el 19 de septiembre. Es decir, durante los días anteriores a la semana en la que se produjo la explosión, José César no estaba en la mina.
Un vecino aportó otro dato. Durante esos días, según recordó, Rodríguez prácticamente no había atendido la despensa familiar. “Estaba solo la mamá”, señaló.
Así, su ausencia de la escena durante la semana del crimen, que inicialmente parecía favorecerlo, pasó a ser interpretada como parte de una estrategia.
La bomba había quedado preparada. Solo había que esperar.
Prisión perpetua y un final que nadie imaginó
Los jueces Juan Carlos Reynaga, Adolfo Guzmán y José Quiroga Uriburu no aceptaron la versión defensiva “por carecer de asidero y sustento”, y concluyeron que José César Rodríguez había preparado y colocado el artefacto explosivo con el objetivo de matar a miembros de la familia Flores.
El resultado fue una condena a prisión perpetua. Además, se estableció una indemnización de un millón de pesos para la familia de Justina Flores.
Más allá de que el fallo judicial trajo alivio para todo el pueblo, la tragedia no terminó con la muerte de Justina. Para Érica Flores, aquella relación que había comenzado cuando era adolescente terminó asociada para siempre con la destrucción de su familia.
Según la reconstrucción del caso, la joven quedó profundamente afectada y tiempo después murió por suicidio.
Actualmente, José César pasa sus días en el penal de Miraflores, en Catamarca. Recién podrá acceder a la libertad condicional el 26 de septiembre de 2048, cuando se cumplan 35 años del atentado.
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