“Soy veterinaria y tengo un consultorio flotante”: la mujer que atiende a sus pacientes a bordo de su lancha en el Delta

Leila Peluso recorre el Delta, en el partido de Tigre, para brindar atención médica a perros, gatos y animales de la fauna autóctona, transformando la compleja logística de la isla en una vocación de servicio única

A bordo de su consultorio flotante, Leila Peluso recorre el Delta, en Tigre para brindar atención médica a perros, gatos y animales de la fauna autóctona, transformando la compleja logística de la isla en una vocación de servicio única.
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Leila Peluso, veterinaria de profesión y conocedora del río desde su infancia, decidió transformar la manera tradicional de ejercer la medicina veterinaria para dar respuesta a una comunidad con necesidades específicas.

Su historia con el agua comenzó mucho antes de recibir su título universitario. Leila conoce y visita el Delta desde que es chica porque su familia tiene un local de deportes náuticos. Sin embargo, fue tras graduarse cuando su camino dio un giro decisivo. Lo que inició como una asistencia informal a vecinos que buscaban evitar el complejo traslado de sus mascotas hacia el continente, pronto reveló una demanda latente. Comenzó visitando a sus pacientes a bordo de la lancha colectiva, que muchas veces implicaba horas de espera en los muelles para atender a un único paciente, pero la necesidad de contar con una logística propia e independiente se hizo notar. Adquirió su primera embarcación menor y, tiempo después, la llegada de la pandemia de COVID-19 aceleró la decisión de radicar definitivamente su residencia y su trabajo en el Delta. El cambio de rutina fue estructural: dejó atrás la atención en clínicas tradicionales de Tigre continente para sumergirse en una práctica médica donde la relación con los tutores y los animales se da a bordo de la lancha o en el propio hogar de los pacientes.

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Trabajar en el Delta exige conocimientos que van más allá de la clínica veterinaria tradicional. La rutina diaria de la profesional está estrictamente condicionada por las variables meteorológicas, la dirección de los vientos, las sudestadas y los cambios de marea. Niveles de agua extremadamente bajos pueden dejar arroyos intransitables, mientras que las crecientes dificultan el acceso a los muelles. Asimismo, las patologías que aborda incluyen problemáticas particulares de la zona, desde afecciones parasitarias graves causadas por el consumo de agua de río o picaduras de mosquitos, hasta accidentes por interacción con la fauna autóctona, como mordeduras de carpinchos o cuadros de emergencia por picaduras de víboras.

A lo largo de los años, su labor también la enfrentó a situaciones atípicas que exceden el cuidado de mascotas domésticas. En su embarcación ha atendido y trasladado desde animales de granja hasta ejemplares heridos de la fauna local, además de colaborar en operativos de rescate y guía de especies marinas desorientadas en los cauces del río. A través de este compromiso cotidiano, la labor de la veterinaria isleña se consolidó como un eslabón fundamental para garantizar la salud y el bienestar de los animales en una de las geografías más singulares de la provincia de Buenos Aires.

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Informe - Veterinaria Isleña
Leila y Chochi, su chancho, a bordo del consultorio flotante

- ¿Cuando estabas en la facultad pensabas que ibas a terminar trabajando de esta manera?

- No, nunca. Nunca me imaginé trabajar acá en el Delta. Ni bien me recibí yo sí venía los fines de semana desde chica al Delta, y los vecinos se empezaron a enterar que yo ya me había recibido. Entonces me dijeron: “Bueno, la próxima vez que vengas el fin de semana, ¿por qué no me mirás al animal en vez de llevarlo a la ciudad?”. Y así fue surgiendo. Me fui dando cuenta de la necesidad que había acá en la isla. Al principio lo tomaba como algo lindo, ir como un plan distinto a atender a los animales, no tan profesional. Después fue creciendo la demanda y dije: “No, pará, me gusta trabajar ahí y quiero empezar a hacerlo más días seguidos”.

- Antes de ser veterinaria isleña, ¿dónde trabajabas?

- Ni bien me recibí trabajaba en una veterinaria en Tigre Continente, donde aprendí un montón de la profesión y la práctica de todos los días. Una veterinaria de barrio normal. Le pedí al dueño: “Los miércoles me voy a ir a la isla, no voy a poder venir a trabajar acá”. Y así fue que los miércoles era mi día de isla. Me iba en la lancha colectiva, me subía y le decía a qué arroyo tenía que ir, según quién me había llamado. Para hacerlo así estaba bien, porque me llevaba quizás todo el día para ver a uno o máximo dos pacientes. Depende del arroyo, la lancha tarda una hora y media para llegar, tenés media hora de atención y quizás la próxima lancha pasa en dos horas. Entonces estaba dos horas ahí sentada en el muelle. Al principio con pocos pacientes lo podía hacer, pero después creció la demanda y necesitaba una movilidad propia, independencia para conectar distintos arroyos. Así surgió mi primera embarcación, que era un gomón semirrígido de cuatro metros, bien chiquitito, pero me dio un montón de independencia para movilizarme por todo el Delta.

Informe - Veterinaria Isleña
Leila atendiento a una oveja a bordo del consultorio flotante

- ¿Cómo cambió tu vida desde que trabajabas en un local a la calle hasta que empezaste a trabajar acá en el Delta?

- Cambió al cien por cien. Creo que ese cambio tan grande fue en pandemia, cuando había riesgo de que cierren las guarderías náuticas. En un principio no se sabía bien qué iba a pasar y yo todavía no vivía en el Delta, solo trabajaba. Entonces dije: “Bajo la lancha y me voy a la casa de mi familia”. Era muy lejos de la zona en la que siempre tenía en mente vivir pero me daba miedo irme sola a los veintipico de años. Pero quería seguir trabajando y, como era personal de salud, lo podía hacer. Bajé la lancha, me fui con un bolsito con ropa para 15 días para vivir allá y ahí me cambió la cabeza. Vivir realmente en el Delta y trabajar acá fue lo mejor que me pasó, fue un miedo que se me destrabó. Vivir sola en el medio del río, donde quizás no había muchos vecinos, me pareció increíble y me sentí súper segura. Mis vecinos justo tenían 80 años, así que era su nieta adoptiva. Cambiaron al cien por cien todos mis lazos. Mi familia obviamente conoce el Delta, pero siempre estaban preocupados porque estaba sola navegando todo el día. Ahora ya saben que no tomo riesgos y que siempre utilizo todas las medidas de seguridad posibles.

- ¿Cuánto interfieren el clima y el estado del río en tu trabajo?

- Mi trabajo está ligado al clima y al pronóstico. Lo primero que hago cuando abro los ojos es ver el pronóstico del día y de los siguientes. Obviamente, si hay una urgencia, hay casos que no pueden esperar dos horas. Por ejemplo, la mordida de yarará, que requiere un suero antiofídico dentro de las cuatro horas para intentar salvar al animal. Salvo que pase una urgencia así, me fijo en el pronóstico para ver que sea apto para navegar: primero por mi seguridad y para poder llegar a atender al paciente, y segundo para no comprometer a nadie. No solo me afecta la lluvia, sino también los vientos, las sudestadas y las mareas. Cuando hay agua muy baja hay arroyos o ríos que están secos y no puedo navegar; no hay forma de que pueda llegar a sus casas ni de que ellos puedan salir.

- ¿La única manera de acceder a sus hogares es por agua, no se puede acceder con auto?

- No. En la segunda sección hay un arroyo donde te cruzan en balsa, pero vive poca gente, es más zona ganadera o de producción. Pero acá en la primera sección no accedés de otra forma que no sea por agua: nadando, remando o en lancha.

- Además de ser veterinaria, tuviste que aprender a manejar una lancha. ¿Cómo fue eso?

- Para poder manejar una embarcación se saca un registro, como con el auto. Acá se llama Conductor Náutico o Timonel de Yate a Motor. Hay distintas categorías según el motor o si es a vela, y es un curso teórico-práctico. Yo aprendí con mi primera embarcación; ya sabía algo, pero para rendir y tener el registro practiqué con esa. Después, como en el auto, la práctica te la dan las horas arriba de la lancha. Al principio cuesta, pero después de andar varios años sabés cómo agarrar una ola, no entrar de costado sino de frente y bajar la velocidad. Todo eso te lo da la práctica.

- ¿Cuál es la diferencia entre los perros de ciudad y los perros del Delta?

- Los perros de la isla están en un ambiente libre, controlado, pero libre. No tienen tantos problemas de conducta o ansiedad por separación por quedar encerrados todo el día en un departamento, y tienen más desgaste físico. Hay otros problemas por estar tan libres, como que se van de su terreno, se pelean con el vecino o hay una perrita en celo. Pero no suelen tener problemas de comportamiento, son todos súper amables; cuando te acercás al muelle ya vienen, te saludan y tienen su instinto natural a flor de piel. En la isla se le suman algunos problemas por estar en contacto con la naturaleza, como mordidas de carpinchos por competición de territorio. El perro defiende su terreno y, si un animal autóctono se sube, se generan conflictos. Otra patología típica de la zona ribereña son dos parásitos: uno afecta al corazón y se transmite por picadura de mosquito, y el otro se contrae por consumir agua de río. Este último pasa por el aparato digestivo y se aloja en el riñón, pudiendo crecer hasta un metro y medio. Son parásitos muy grandes que consumen el riñón, generalmente el derecho, y el signo clínico típico es la orina con sangre. La única forma de tratamiento es quirúrgica; hay que extraerlos operando, no se eliminan con un antiparasitario común.

- ¿Cuáles son las problemáticas principales o las más comunes por las que te suelen llamar?

- Depende la época y la temporada. En verano, quizás más otitis. Los perros se tiran mucho al agua y les genera infecciones en oídos, problemas dérmicos de estar muy húmedos, problemas de bicheras que cuando tienen alguna herida en la piel viene una mosca y pone huevos y genera gusanos en la zona. También puede pasar en la ciudad, pero acá el estar en contacto con el agua zonas más húmedas pasa más. Después en invierno hay mucha tos, problemas respiratorios por esos cambios bruscos de temperatura.

- ¿Qué tipo de animales atendés?

- Principalmente mi estudio fue hacia perros y gatos. A lo largo de estos años aprendí a tratar otros animales por necesidad, porque no tenían otra opción. No es mi foco de estudio, pero sí he atendido animales de granja, animales autóctonos que estaban heridos y un vecino, por ejemplo, me trajo un lobito de río que estaba herido. Le limpiamos bien la herida, le dimos antibiótico y lo liberamos porque este es su ambiente. Me pasó de estar así navegando y de golpe me salió una cara gigante del agua que era un elefante marino que estaba perdido, obviamente no es de acá, pero el río está conectado con el mar y cada tanto suelen aparecer. Fue un domingo, pleno verano al medio día, lleno de gente, de embarcaciones. Y yo les iba diciendo: ¡Bajen la velocidad, bajen la velocidad! ¡Hay un elefante marino, bajen la velocidad! Hace unos meses apareció una ballena que lamentablemente no tuvo un buen desenlace. En otras ocasiones me tocó subir a la lancha a un ternero deshidratado para pasarle suero, u ovejas y cerdos para trasladarlos a la veterinaria.

- ¿A qué paciente estamos yendo a ver ahora?

- Ahora estamos yendo a ver a Ceci, una golden que va a recibir su última sesión de quimioterapia. Tenía un tumor venéreo transmisible (TVT), que es de los pocos tumores que con esta medicación se resuelve al cien por cien. Para ella las sesiones son de mimos porque se acuesta boca arriba para que le acaricien la panza. Hace un año que la adoptaron ya de grande y se adaptó muy bien a la isla y a la familia.

Informe - Veterinaria Isleña

Los perros acá son muy sociables y afectuosos. Te esperan hasta que te vas del muelle. Están todo el día en contacto con la naturaleza, libres, jugando y gastando energía mental y física. Eso es salud y se demuestra en su comportamiento. Acá es más fácil que los perros sean más felices. Allá, en la ciudad, hay que trabajar un poquito más. Hay que sacarlos a pasear, quizás uno, por la rutina, está cansado o llueve y no quiere sacarlos.

Lo que más me gusta de mi trabajo es que todos los días son distintos. A veces un imprevisto climático o una urgencia te cambia los planes, pero estar en contacto con la naturaleza y que los pacientes te reciban con alegría es muy gratificante. Me siento muy privilegiada de poder hacerlo todos los días.

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