La edad que sentimos no siempre coincide con los años que tenemos y la ciencia empieza a explicar por qué

Nuevos estudios muestran que la edad subjetiva cambia incluso de un día para otro. Pero mientras vivir más permite romper antiguos mandatos sobre cómo comportarse después de los 60, la industria de la longevidad construye otros: estar saludable, activo, joven y productivo durante cada vez más tiempo

Imagen de una abuela admirando su reflejo, reflejando el cuidado de la piel y el cuerpo, y el amor propio. Su expresión serena transmite una profunda conexión con su bienestar físico y emocional, destacando la importancia de la salud y la autoestima en la tercera edad. (Imagen ilustrativa Infobae)
La edad subjetiva es la edad que sentimos tener más allá de la que figura en el documento (Imagen ilustrativa Infobae)
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Me sé de memoria el camino, aunque nunca estuve aquí. La escalera que se achica, el techo que parece rozar las cabezas y ese murmullo de copas y risas y charlas, hasta que arranca la banda. La Caveau de la Huchette se llena de jazz como aquellas noches de la canción de Georges Brassens, y el barrio Latino entra y sale por las hendijas de la roca blanca, o gris. Como blanco o gris es el cabello de las que bailamos junto al escenario. ¿Qué edad tenemos cuando bailamos? ¿Qué edad tenemos cuando suena la música que nos gusta? La edad no es solamente la cantidad de años desde que nacimos. Es también lo que nos permitimos hacer y lo que dejamos de hacer.

La ciencia tiene un nombre bastante poco poético para esto: edad subjetiva. Es la edad que sentimos tener, más allá de la que figura en el documento. Durante mucho tiempo se la estudió casi como una cédula de identidad emocional: fija, definitiva, la misma toda la vida. Las investigaciones más recientes muestran algo más interesante: la edad subjetiva se mueve. Podemos tener una edad el lunes y otra distinta el jueves.

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Patrick Klaiber, de la Universidad de Tilburg, y Theresa Pauly, de la Universidad Simon Fraser, siguieron durante dos semanas a 108 personas de entre 65 y 92 años y les hicieron, cada noche, una pregunta elemental: ¿qué edad sentís que tenés hoy? En promedio se sentían ocho años más jóvenes que su edad cronológica. Pero lo notable no era la brecha de ocho años: era que esa cifra temblaba de un día para otro. Los días en que se percibían mayores aparecían más acontecimientos estresantes, menos experiencias positivas y peor estado de ánimo. La edad subjetiva, concluyeron los investigadores, no es una cifra fija sino una experiencia dinámica. Ni siquiera hace falta un mes de viaje: alcanza con un mal día.

La pregunta que habría que hacer, entonces, no es solamente por qué algunas personas se sienten más jóvenes que otras, sino qué nos pasa durante esos días, semanas o meses en que nosotros mismos nos sentimos más jóvenes.

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En vacaciones puede pasar algo muy simple: caminamos durante horas por una ciudad, subimos escaleras, cargamos valijas, tomamos un tren equivocado, llegamos tarde a dormir y al día siguiente volvemos a salir. Si estamos recorriendo un lugar que queremos conocer y terminamos caminando cincuenta kilómetros por día, no pensamos en qué dice la aplicación que cuenta los pasos. Simplemente estamos viviendo. Viajar ofrece además una pequeña suspensión de los papeles habituales: en una estación, una calle o un museo nadie sabe de antemano qué edad tenemos, qué profesión ejercemos, qué hacemos bien o qué se supone que ya no deberíamos hacer. Durante un rato, la biografía deja de precedernos.

Pareja mayor sonríe y ríe en bicicletas por un sendero costero con palmeras. Al fondo, el mar con veleros y un atardecer dorado.
Las investigaciones más recientes muestran que la edad subjetiva no es una cifra fija sino una experiencia dinámica (Imagen ilustrativa Infobae)

La edad también se actúa

Hay una idea que me sigue resultando incómodamente fértil: la edad también es performática. El concepto viene de más lejos. Judith Butler propuso hace décadas que algunas identidades que vivimos como naturales se construyen mediante actos repetidos hasta volverse invisibles. La dramaturga y gerontóloga Anne Davis Basting llevó esa perspectiva al terreno del envejecimiento: si una sociedad repite suficientemente qué aspecto tiene una persona vieja, qué hace, cómo se mueve, qué desea y qué deja de desear, terminamos confundiendo ese repertorio aprendido con una sentencia biológica.

Basting estudió justamente la representación de la edad y las posibilidades que aparecen cuando las personas mayores ocupan papeles distintos de los que la cultura les asignó. Su trabajo sirve para entender algo bastante más amplio que el teatro: no llegamos a determinada edad y entonces empezamos naturalmente a comportarnos de acuerdo con ella, sino que también aprendemos cómo se supone que debemos comportarnos porque llegamos a esa edad.

La revolución de la longevidad está haciendo estallar buena parte de ese libreto. Millones de personas llegaron a los sesenta, setenta y ochenta años haciendo cosas que una generación atrás parecían excepcionales. Trabajan, viajan, se enamoran, se separan, empiezan carreras, cuidan nietos y padres al mismo tiempo, viven solas, arman parejas nuevas, hacen deporte, crean empresas o descubren que quieren pasar las tardes leyendo novelas. Todavía no hay un personaje social suficientemente definido para esa etapa, porque estamos viviendo años que antes existían para mucha menos gente.

Hace una semana entrevisté a Mercedes Morán para Mil Horas, la comunidad digital que llevo adelante para visibilizar y repensar las nuevas longevidades en América Latina. La actriz tiene setenta años y dice que se siente de cincuenta. No porque quiera borrar veinte años del documento ni porque crea que los cincuenta sean una versión biológicamente superior de sí misma: se siente de cincuenta porque fue entonces cuando empezó a sentirse plena y bien, y nunca dejó de hacerlo. Es la edad en la que reconoce el poder de la experiencia sin el atolondramiento de la juventud. La edad subjetiva funciona, tal vez, así: no siempre elegimos una cifra porque queramos volver atrás, sino porque asociamos una etapa de la vida con una forma de estar en el mundo que todavía sentimos propia. Hasta acá, buenas noticias.

Imagen de un abuelo vibrante, sumergido en el ritmo de la salsa durante una fiesta, destacando el valor del entretenimiento y el ejercicio en promover una tercera edad activa y feliz. Su danza, un puente entre generaciones, realza la riqueza cultural y el espíritu comunitario. (Imagen ilustrativa Infobae)
Hoy, millones de personas llegan a los sesenta, setenta y ochenta años haciendo cosas que una generación atrás parecían excepcionales. Trabajan, viajan, se enamoran, se separan, empiezan carreras, cuidan nietos y padres al mismo tiempo, viven solas, arman parejas nuevas, hacen deporte y crean empresas (Imagen ilustrativa Infobae)

Del mandato de ser vieja al mandato de no parecerlo

El problema es que el mercado es extraordinariamente rápido para convertir cualquier libertad recién conquistada en una obligación. Después de décadas intentando escapar del mandato de ser viejos, empezamos a recibir el mandato de no parecerlo. La diferencia parece pequeña y es enorme.

Ya no se espera necesariamente que una mujer de sesenta años se retire discretamente de la vida social, se corte el pelo de determinada manera y empiece a vestirse como una señora. Ahora puede esperarse exactamente lo contrario. Tiene que estar activa, informada, delgada pero musculosa, sexualmente disponible, tecnológicamente alfabetizada, emocionalmente equilibrada, económicamente autónoma y llena de proyectos. Tiene que hacer fuerza para conservar masa muscular, consumir suficiente proteína, cuidar la microbiota, dormir ocho horas, mantener buenos niveles de vitamina D, meditar, aprender algo nuevo para preservar el cerebro, sostener una red social estimulante y, por supuesto, encontrar un propósito. No alcanza con vivir más. Hay que hacerlo impecablemente.

El problema no está en ninguna de esas recomendaciones por separado. Hacer ejercicio es bueno. Comer bien es bueno. Tener amigos es extraordinariamente bueno. Dormir, aprender, enamorarse, caminar y tener proyectos probablemente hagan nuestra vida mejor, tengamos veinte u ochenta años. El problema aparece cuando el conjunto deja de ser una posibilidad y empieza a funcionar como un examen moral.

Un hombre mayor con barba gris y una mujer mayor con cabello blanco realizan estiramientos en un gimnasio con máquinas de ejercicio al fondo.
Hay una paradoja extraordinaria en este momento cultural. Conseguimos demostrar que la vejez no equivale necesariamente al deterioro y podemos terminar convirtiendo el deterioro en una culpa (Imagen ilustrativa Infobae)

El envejecimiento como examen

La gerontología conoce bien esa discusión. A fines del siglo pasado se popularizó el concepto de successful aging, envejecimiento exitoso, asociado sobre todo al trabajo de John Rowe y Robert Kahn. Fue una ruptura importante frente a una medicina que había pensado la vejez casi exclusivamente como deterioro. Permitió mostrar que cumplir años no conducía inexorablemente a enfermedad, dependencia y declive.

Pero con el tiempo aparecieron las críticas. Robert Rubinstein y Kate de Medeiros señalaron que el paradigma podía tener una afinidad incómoda con la lógica neoliberal: trasladaba al individuo buena parte de la responsabilidad por la manera en que envejecía. Si existe un envejecimiento exitoso, inevitablemente existe otro que fracasó. Y entonces conviene mirar alrededor, no solamente hacia adentro.

¿Fracasó quien llegó a los setenta con artrosis y no puede correr una maratón? ¿La mujer que cuidó durante quince años a sus padres y después a su marido administró mal su longevidad porque no construyó una red de amigos? ¿Envejeció incorrectamente quien trabajó toda su vida en un empleo físico y llega a los sesenta con el cuerpo deteriorado? ¿Qué hacemos con quien no tiene dinero para suplementos, gimnasio, alimentos orgánicos, controles preventivos, vacaciones estimulantes y todos los productos que ahora promete la industria de la longevidad?

Hay una paradoja extraordinaria en este momento cultural. Conseguimos demostrar que la vejez no equivale necesariamente al deterioro y podemos terminar convirtiendo el deterioro en una culpa.

La vieja vejez tenía sus propios mandatos y eran feroces. Había que retirarse, hacerse invisible, aceptar que algunas experiencias ya no correspondían. Especialmente las mujeres aprendimos muy temprano el catálogo de cosas que empezaban a quedar ridículas después de determinada edad: una pollera, un pelo largo, un novio joven, una noche demasiado larga, una ambición demasiado grande. La nueva vejez promete liberarnos de todo eso. Pero viene acompañada de su propio catálogo.

Eso es distinto de lo que pasa apenas se pisa una ciudad nueva. Ahí no se trata de que nadie sepa la edad: es que deja de hacer falta usarla como explicación de cada decisión. Caminar, quedarse, salir de noche o volver temprano —nada de eso necesita justificarse por los años que una tiene—. Quizás eso sea lo extraño que puede producir un viaje: no sentirse más joven sino pasar largos períodos sin pensar qué edad se tiene. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Porque si el objetivo de la nueva longevidad consiste en permanecer jóvenes durante el mayor tiempo posible, seguimos aceptando la misma jerarquía que organizó el siglo XX: juventud arriba, vejez abajo. Sólo estamos tratando desesperadamente de permanecer del lado correcto. La verdadera ruptura sería otra: que la edad perdiera parte de su capacidad para ordenar nuestras posibilidades.

Poder caminar veinte kilómetros un día y querer quedarse leyendo en la cama al siguiente. Bailar hasta las tres de la mañana y pedir una silla porque duelen las rodillas. Empezar una empresa a los setenta o decidir que no queremos producir absolutamente nada más. Enamorarnos. No enamorarnos. Tener sexo. No tenerlo. Aprender mandarín o mirar durante cinco horas una serie espantosa sin convertir ninguna de esas elecciones en evidencia de que estamos envejeciendo bien o mal.

Cuatro adultos mayores sentados en una mesa de picnic con tazas de café y un cesto de frutas, conversando y riendo en un parque.
La pregunta quizá no sea cómo conseguir sentirnos siempre jóvenes sino cómo dejar de rendir examen sobre nuestra edad (Imagen ilustrativa Infobae)

Quién llega mejor parado a esta carrera

Porque hay algo especialmente perverso en convertir la longevidad en una nueva carrera meritocrática. Quienes llegan mejor posicionados a esa carrera son, previsiblemente, quienes acumularon mejores condiciones durante toda su vida: ingresos, educación, vivienda, alimentación, acceso a la salud, trabajos menos destructivos, tiempo libre y redes afectivas. La desigualdad que atravesó sesenta años de una vida no desaparece cuando alguien cumple sesenta. Se acumula en el cuerpo. Por eso la discusión sobre la nueva longevidad no puede reducirse a enseñarnos cómo vivir cien años. También tiene que preguntarse en qué sociedad vamos a vivirlos.

La industria puede vendernos relojes que registren nuestro sueño, análisis capaces de medir decenas de biomarcadores, suplementos, tratamientos, retiros de bienestar y programas personalizados de ejercicio. Nada de eso construye una vereda por la que pueda caminar alguien con movilidad reducida. No crea un sistema de cuidados. No garantiza una jubilación suficiente. No construye viviendas adaptables ni transporte accesible ni lugares públicos donde las generaciones puedan encontrarse. Y, sobre todo, no resuelve la desigualdad brutal entre quienes pueden convertir su envejecimiento en un proyecto de optimización y quienes están ocupados tratando de llegar a fin de mes. La longevidad es uno de los grandes logros de nuestra época. Pero vivir más años no debería obligarnos a convertir cada uno de esos años en una prueba de rendimiento.

Hay días en que nos sentimos bastante más jóvenes que la edad que dice el documento, y otros en que no. Después de pasar un tiempo caminando por ciudades desconocidas, la pregunta quizá no sea cómo conseguir sentirnos siempre jóvenes. Consista en dejar de rendir examen sobre nuestra edad.

La imagen que queda no es la de una proeza física ni la de alguien desafiando su edad. Es apenas la de un sótano lleno de humo y cerveza, una banda tocando y un grupo de mujeres de pelo blanco bailando junto al escenario mientras algunos jóvenes miran. Nadie necesita explicar cuántos años tiene para seguir bailando.

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