Una experiencia mística la llevó a entregarse a los más necesitados y marcó a la humanidad: la historia de la Madre Teresa de Calcuta

El 5 de septiembre de 1997, con 87 años, moría Agnes Gonxha Bojaxhiu, la mujer que dedicó su vida a aquellas personas en los márgenes del mundo y enseñó que la verdadera gloria reside en el amor entregado sin reservas. Su vida, la llamada que cambiaría su destino, los lazos con grandes personalidades, y un legado que trasciende el tiempo y las fronteras

Madre Teresa Calcuta - Lima - visita - Perú - historias - 1 abril
La santa de origen albanés dejó una huella de amor y esperanza, demostrando su compromiso inquebrantable con los más necesitados (El Peruano)
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Un día como hoy, 5 de septiembre, pero de 1997, a las 17:00 horas de la India y con 87 años, moría una mujer cuya existencia no se mide por la extensión de los años vividos, sino por el surco indeleble que dejó en la memoria de los hombres y en la conciencia del mundo. Cuando una frágil dama de poco más de un metro cuarenta de estatura, encorvada por el peso del sufrimiento ajeno y con las manos curtidas por el roce constante con las heridas de la miseria humana, caminaba por los callejones nauseabundos de la India, pocos podían imaginar que esa figura diminuta transformaría para siempre la noción moderna de la caridad cristiana.

Su nombre secular era Agnes Gonxha Bojaxhiu, nacida el 26 de agosto de 1910 en Uskub, un enclave de la actual Skopie, en Macedonia del Norte, que por aquel entonces formaba parte de las postrimerías del convulso Imperio Otomano. Creció en el seno de una familia de etnia albanesa profundamente católica, acomodada y ligada al comercio de la construcción. Su padre, Nikollë, un hombre de convicciones firmes y activa participación cívica, falleció repentinamente cuando la pequeña Agnes apenas contaba con nueve años, dejando a la familia en una situación de vulnerabilidad económica que cambiaría radicalmente la dinámica del hogar. Fue su madre, Dranafile, una mujer de fe inquebrantable, quien impregnó en el alma de la joven la premisa de que la mesa familiar debía estar abierta siempre para los desamparados.

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A los doce años, durante sus constantes visitas al santuario de la Virgen del Buen Consejo en Letnice, sintió por primera vez la punzada de la vocación religiosa. Aquellas cartas leídas en la parroquia local, escritas por jesuitas que contaban sus duras misiones en Bengala, encendieron en su corazón un fuego misionero que jamás volvería a apagarse. A la edad de dieciocho años dejó su hogar natal sabiendo que nunca más volvería a ver a su familia. Viajó a Irlanda para ingresar en las Hermanas de Loreto, donde adoptó el nombre de Teresa en honor a Santa Teresa de Lisieux, la joven carmelita patrona de las misiones de la Iglesia.

Poco tiempo después desembarcó en las playas de Calcuta, esa ciudad inmensa y febril donde la riqueza victoriana coexistía trágicamente con la extrema indigencia de las castas más desfavorecidas. Allí fue destinada al colegio Saint Mary, una institución educativa para niñas de familias acomodadas, donde impartió clases de geografía e historia durante casi dos décadas, llegando a asumir la dirección del establecimiento. Eran años de aparente tranquilidad entre los muros protegidos de la comunidad religiosa, pero el destino tenía reservado para ella un giro trascendental que quebraría la calma conventual para arrojarla de lleno al abismo de la extrema necesidad humana que devastaba los suburbios de la gran metrópoli india y sus desamparados habitantes.

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Su nombre secular era Agnes Gonxha Bojaxhiu, y había nacido el 26 de agosto de 1910 en Uskub, un enclave de la actual Skopie, en Macedonia del Norte, que por aquel entonces formaba parte de las postrimerías del convulso Imperio Otomano

El 10 de septiembre de 1946, mientras viajaba en tren hacia Darjeeling para realizar sus ejercicios espirituales anuales, la hermana Teresa vivió una experiencia mística que ella misma definiría más tarde como la llamada dentro de la llamada”. En medio del sofocante calor del vagón de tercera clase y el murmullo incesante de los pasajeros descalzos, una voz interior la conmovió hasta las lágrimas al escuchar la desgarradora súplica de Cristo en la Cruz: Tengo sed. No era una sed de agua material lo que el Crucificado clamaba, sino la sed insaciable de amor por los más abandonados de la tierra que morían olvidados como basura en la vía pública.

El mandato divino era tajante e ineludible: debía abandonar la seguridad del claustro, despojarse del hábito tradicional y sumergirse en los tugurios para servir a Dios en la persona de los desheredados, enfermos y moribundos. Tras obtener el permiso del Papa Pío XII en 1948, vistiendo por primera vez un humilde sari blanco de algodón con tres franjas azules en el borde, salió a las calles con apenas cinco rupias en el bolsillo. Abrió una escuela al aire libre para niños pobres y comenzó a visitar a los enfermos. En 1950, la Santa Sede aprobó la congregación de las Misioneras de la Caridad, estableciendo el célebre refugio Nirmal Hriday para acoger a los olvidados que agonizaban en la miseria.

Una célebre anécdota muestra su desapego absoluto por el protocolo frente al dolor humano. En diciembre de 1964, con motivo de la visita del papa Pablo VI a la India, las autoridades organizaron una recepción oficial donde todos esperaban ver a la religiosa. Sin embargo, mientras la comitiva papal realizaba su recorrido, la Madre Teresa se encontraba arrodillada en un oscuro callejón limpiando las llagas infectadas de un hombre agónico. Cuando le preguntaron por qué no había asistido a saludar al pontífice, respondió que Cristo la necesitaba más en el cuerpo de aquel indigente. Profundamente conmovido, el papa le regaló el automóvil Lincoln Continental que le habían obsequiado, el cual ella rifó para financiar la construcción de una colonia para enfermos leprosos necesitados.

Con el paso de los decenios, la labor de las Misioneras de la Caridad comenzó a multiplicarse por los cinco continentes, abriendo casas de acogida para enfermos de SIDA, huérfanos y víctimas de catástrofes. En 1979, el Comité Noruego le concedió el Premio Nobel de la Paz. Fiel a su desprecio por las vanidades terrenales, suspendió el tradicional banquete de gala y solicitó que los fondos fueran entregados íntegramente para alimentar a miles de hambrientos. Al recibir la medalla, pronunció un memorable discurso donde denunció el egoísmo de las sociedades opulentas, calificó el aborto como la mayor amenaza para la paz mundial y afirmó que el amor verdadero comienza en el seno del propio hogar familiar diariamente.

El 10 de septiembre de 1946, mientras viajaba en tren hacia Darjeeling, vivió una experiencia mística: un mandato divino que la instaba a abandonar la seguridad del claustro y sumergirse en los tugurios para servir a Dios en la persona de los desheredados, enfermos y moribundos (AFP)
El 10 de septiembre de 1946, mientras viajaba en tren hacia Darjeeling, vivió una experiencia mística: un mandato divino que la instaba a abandonar la seguridad del claustro y sumergirse en los tugurios para servir a Dios en la persona de los desheredados, enfermos y moribundos (AFP)

Argentina tampoco estuvo al margen del magnetismo espiritual de esta gigante de la fe. En septiembre de 1979, tras una invitación oficial, la Madre Teresa pisó por primera vez suelo argentino. Durante aquella histórica estadía visitó la diócesis de Zárate-Campana e impulsó la creación de las primeras comunidades en el país, como las instaladas en San Francisco Solano y en la villa miseria de La Cava, en San Isidro. Años más tarde volvió a recorrer la geografía argentina con su andar cansino pero incansable, conversando con obispos y rezando con los fieles. Quienes la trataron de cerca recordaban la intensidad penetrante de su mirada y su constante actitud de profunda oración silenciosa y humilde.

A lo largo de su vida entabló profundas amistades con grandes figuras de su tiempo. Su relación con el papa Juan Pablo II fue la de dos almas gemelas quemadas por el mismo celo apostólico; el pontífice la consideraba una confidente espiritual y una profeta de la era moderna. Asimismo, tuvo una entrañable y mediática amistad con la princesa Diana de Gales, quien veía en la monja una guía moral en medio de las tempestades personales. El destino de ambas quedó unido para siempre: Diana falleció el 31 de agosto de 1997, apenas cinco días antes de que la Madre Teresa partiera hacia la eternidad en Calcuta el 5 de septiembre del mismo año 1997.

También se cruzó en el camino del entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio, el futuro papa Francisco, durante un Sínodo de Obispos en 1994. Sentado a su lado, Bergoglio observó la firmeza con la que la religiosa intervenía en las discusiones eclesiales, diciendo la verdad sin rodeos. Con su característico humor, el pontífice argentino comentó años más tarde que le habría dado mucho miedo tener a la Madre Teresa como su superiora debido a la determinación implacable con la que defendía sus convicciones religiosas y su visión sobre la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo frente a las injusticias de la sociedad actual y el olvido de los marginados.

La muerte de la Madre Teresa a los 87 años conmovió al mundo. El Gobierno de la India le otorgó un funeral de Estado con honores militares, transportando su féretro en la misma cureña utilizada para Gandhi y Nehru, mientras cientos de miles de personas abarrotaban las avenidas de Calcuta para despedir a la “Santa de las Alcantarillas”. El papa Juan Pablo II obvió el plazo de cinco años para iniciar su beatificación, proclamándola beata en octubre de 2003 ante más de trescientos mil peregrinos. Finalmente, el 4 de septiembre de 2016, el papa Francisco la canonizó oficialmente como Santa Teresa de Calcuta en la misma Plaza de San Pedro.

La Madre Teresa murió a los 87 años y el Gobierno de la India le otorgó un funeral de Estado transportando su féretro en la misma cureña utilizada para Gandhi y Nehru. El papa Juan Pablo II la proclamó beata en octubre de 2003 y el 4 de septiembre de 2016 el papa Francisco la canonizó oficialmente como Santa Teresa de Calcuta (AFP)
La Madre Teresa murió a los 87 años y el Gobierno de la India le otorgó un funeral de Estado transportando su féretro en la misma cureña utilizada para Gandhi y Nehru. El papa Juan Pablo II la proclamó beata en octubre de 2003 y el 4 de septiembre de 2016 el papa Francisco la canonizó oficialmente como Santa Teresa de Calcuta (AFP)

Hoy en día, las Misioneras de la Caridad continúan su entrañable e incansable labor en cientos de hogares extendidos por más de 130 países, manteniendo intacto el carisma de aquella mujer menuda que desafió la indiferencia del siglo XX con la única arma del amor en acción. En las paredes de cada una de sus casas de acogida, al lado de los sencillos crucifijos de madera sin adornos, permanecen grabadas con letras indelebles las dos palabras que cambiaron para siempre la historia de la caridad contemporánea y el destino de millones de almas necesitadas en todo el planeta: “Tengo sed”.

Ese clamor espiritual que resonó en el tren a Darjeeling sigue inspirando a hombres y mujeres de todas las culturas a entregar sus vidas al servicio generoso de los desamparados. Santa Teresa de Calcuta no solo enseñó a mirar las heridas del prójimo con profunda compasión, sino a reconocer en cada ser sufriente la presencia misma de Dios. Su testimonio de fe, humildad y entrega incondicional permanece como un faro de esperanza iluminando las oscuridades de un mundo marcado por la soledad, el desinterés y la indiferencia hacia el dolor ajeno y la marginación.

En un tiempo donde la grandeza suele medirse por el poder, la riqueza o el éxito personal, la vida de esta diminuta religiosa albanesa recuerda a la humanidad que la verdadera gloria reside en el amor entregado sin reservas ni cálculos. Su legado trasciende el tiempo y las fronteras, recordando que siempre es posible transformar el sufrimiento en dignidad y transformar las lágrimas en sonrisas vivas. Su luz continuará guiando los pasos de quienes buscan construir un mundo verdaderamente más humano, solidario, fraterno y lleno de verdadera paz.

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